Capitulo 66

5.3K 293 32
                                        

Anastasia:

Los autos están esperando afuera.

Los guardaespaldas de Massimo están alineados con trajes oscuros y gafas de sol aunque ya no hay sol.

Samuel está al lado izquierdo de la puerta, con cara de fastidio y las manos en los bolsillos. Erick al otro lado, mascando chicle como si no le pagaran para parecer intimidante.

Massimo está amargado de brazos cruzados, apoyado contra el marco de la puerta. No dice nada. Ni una palabra desde que bajamos. Mira los autos como si uno de ellos fuera a tragárselo.

—¿A cuál nos subimos? —pregunto, sin mirarlo.

—Tenemos que esperar a Circe y a Calista —Responde, sin despegar la vista del auto negro del frente.

Parpadeo. Una. Dos veces. Circe y Calista.

Suenan como nombres de modelos. Europeas. Rubias. Me remuevo un poco incómoda, cruzando los brazos, pero me obligo a sonreír.

—Vale... —respondo.

Siento el vestido apretándome demasiado las costillas de lo tensa que me puse.

Dos hombres gigantes, fornidos como si vivieran en el gimnasio, caminan hacia nosotros. No se detienen ni saludan, simplemente abren paso.

Entre ellos vienen... ¿Dos panteras?

Negras, enormes. Caminan con una elegancia que da miedo. Una de ellas suelta un gruñido bajito, gutural, como si estuviera oliendo la carne de alguien que quiere comerse. La otra le sigue el paso con la cabeza agachada.

Me quedo paralizada.

Las dos panteras me miran. No me miran normal. Me analizan como si fueran carnívoras y yo un trozo de carne jugosa con moño. Una de ellas ladea la cabeza. La otra avanza un paso y juro que trago tan duro que me duele la garganta.

Retrocedo un poquito sin hacer ruido. Muy despacio. Como si estuviera en un documental de National Geographic y la voz en off dijera: “En su hábitat natural, la presa intenta no provocar a los depredadores.”

—¿No podías tener un perro? —murmuro entre dientes, sin dejar de mirar a las bestias esas—. ¿Un gato, un conejo, un pez? Algo que no quiera arrancarme la cabeza…

—Te harían más daño los peces —dice, sin voltear.

Una de las panteras olfatea el aire. Da otro paso. Doy uno hacia atrás. Samuel y Erick están cerca, pero no se inmutan.

—¿No hay correa? ¿Bozal? ¿Jaula con triple candado?

Massimo se agacha frente a la más grande y le acaricia la cabeza con total confianza. La pantera ronronea. Ronronea.

Me pego a la puerta. Ya estoy sudando frío y todo. Si pudiera, saldría corriendo en dirección contraria, pero tengo un poco de dignidad. Poquito.

—Relájate —dice, sin ni siquiera voltear—. No lastiman si yo no doy la orden.

Su tono es tan tranquilo que da más miedo.

—Estoy relajada  —susurro  —muy relajada

Massimo se incorpora, limpiándose las manos con el pantalón.

—Me gustas más cuando tiemblas desnuda —dice, sin vergüenza alguna, mientras le da una última caricia a Circe.

Siento cómo se me sube el color hasta la punta de las orejas. No. Hasta el cuero cabelludo. Hasta el alma.

Hay al menos diez hombres cerca. Todos armados. Todos mirándonos de reojo. Y entre ellos, Samuel. Que claramente escucha todo.

—Massimo… —musito entre dientes, más roja que un tomate.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora