Dicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira.
Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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Massimo:
Palermo, Sicilia — 4:47 p. m
Muevo mis dedos de arriba abajo en la estúpida mesa. Todo esto es estúpido, empezando por el ridículo florero en el centro con esas flores medio muertas que tengo enfrente.
—Deberías prestar más atención, Massimo —gruñe la voz rasposa de mi abuelo.
Sigo recostado en la mesa, con la cabeza apoyada en una mano y la otra tamborileando contra la madera. Escucho su monólogo sobre el honor, la familia, el negocio y toda esa mierda que he oído desde que tengo memoria. Ni siquiera me esfuerzo en fingir interés. A él no le importa si le respondo o no, solo quiere hablar.
Y yo solo quiero largarme de aquí.
El soido de carcajadas interrumpe su discurso. Un grupo de niñatas entra riendo, su voz chillona perfora mis oídos y me produce náuseas.
—¿Vas a seguir ignorándome? —insiste mi abuelo
—Sí —respondo sin despegar la mirada de la mesa.
El hombre suelta un suspiro largo, pero no dice nada más.
Me acomodo, aún recostado en la mesa, y dejo que la voz del viejo se mezcle con el ruido de fondo. Hasta que algo me obliga a alzar la mirada.
Levanta la vista y me descubre observándola. Debería apartar los ojos para que no se incomode, pero no lo hago. Hay algo en los suyos que me mantiene inmóvil. Son verdes. Ridículamente verdes. Durante un segundo llego a pensar que la luz me está jugando una mala pasada, pero no. Ese color es real y, por alguna extraña razón, no consigo dejar de mirarlo.
No entiendo por qué mi corazón se emociona sin razón alguna.
La rubia se queda quieta frente a mí. Sus labios, de un rojo imposible de ignorar, se entreabren sin llegar a formar una palabra. Su piel parece porcelana bajo la luz y cada rasgo de su rostro es tan perfecto que resulta difícil no mirarla un segundo más de la cuenta. Hay algo en ella que no termina de sentirse real.
Me olvido de respirar.
Joder.
Sus pestañas tiemblan antes de que una de las niñas que la acompañan le toque el brazo.
— Wistanley, ¿vienes?
Solo parpadea y rompe el contacto. Así de simple. Como si no acabara de revolver algo dentro de mí que llevaba años completamente quieto.