Massimo:
Siento algo tibio contra mi pecho. Algo... pequeño. Suave. Pegado como si intentara fundirse conmigo. Tardo un poco en abrir los ojos. Estoy medio dormido, mi mente está entre la oscuridad del sueño y el aroma a vainilla que me envuelve.
Anastasia.
Pegada a mí como si su vida dependiera de ello.
Tiene una mano aferrada a mi camiseta y la otra enroscada en mi torso. Su nariz roza mi clavícula y su pierna está, literalmente, sobre la mía.
¿Qué carajos...?
Intento moverme un poco, pero ella se pega más. Como si detectara mi intento de alejarme en pleno sueño.
Frunzo el ceño, todavía en silencio. ¿Tuvo una pesadilla? ¿La casa la asustó? ¿Se perdió camino al baño y decidió que abrazarme era la mejor solución espiritual contra los fantasmas?
Sí. Probablemente lo último.
Ella murmura algo inentendible y se aprieta más. Su respiración es lenta, calmada. Está profundamente dormida.
Me quedo quieto, sintiendo su cuerpo cálido contra el mío, su carita rozando mi cuello y ese perfume absurdo que me dan ganas de quedarme así toda la vida.
Estoy condenado.
Me lo dije desde el principio, ¿no? No te encariñes. No te metas. No te distraigas.
Y ahora estoy en una casa abandonada, con una cantante medio paranoica que habla con fantasmas, y que está abrazada a mí como si fuera su oso de peluche de la infancia.
Respiro hondo.
Quizá la próxima vez le diga que yo también tengo miedo a los fantasmas. Solo para que me abrace así otra vez.
Intento moverme. No mucho, apenas lo justo para apartarla y poder levantarme. Pero Anastasia no se inmuta.
La toco por el hombro con dos dedos, con la misma delicadeza que tendría al apartar una flor de su tallo. Nada.
Le hablo en voz baja:
—Cielo... suéltame.
Nada. Ni una pestaña se le mueve. Sigue abrazada a mí con esa cara de paz estúpida, como si el mundo no pudiera romperla.
Mi mandíbula se tensa.
No puedo con esto.
No con ella tan cerca. Tan tranquila. Tan... blanda.
Mi cerebro lanza ese zumbido agudo que conozco demasiado bien. El mismo que suena cuando alguien se mete donde no debe, cuando mi paciencia se deshilacha, cuando mi instinto se activa.
Podría empujarla. Despertarla bruscamente. Podría gritarle al oído. Podría...
Respiro.
Profundo.
Una. Dos veces.
Me obligo a volver a ese lugar mental donde no siento. Donde no actúo. Donde solo observo.
No debería estar tan cerca. No debería tocarme. No debería confiar tanto.
Maldita sea.
Suspiro con fuerza. Me quedo mirando el techo por un segundo más y luego dejo caer la cabeza contra la almohada cerrando los ojos.
Está bien.
Solo por hoy.
Solo porque está dormida.
Se remueve, medio dormida, y su cuerpo se acomoda más cerca del mío. Luego, sin aviso, queda cara a cara.
Demasiado cerca.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomanceDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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