Capitulo 91

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Anastasia:

Dos semanas. Catorce días desde que volví a esta mansión que se siente más como una cárcel de cristal que como un hogar.

Estoy tirada sobre una manta en el jardín trasero, bajo el árbol grande que da la mejor sombra del mundo. Gael y Aitana están a los lados, y Peluche está acostado a unos centímetros de mi pierna, masticando una rama.

Gael me mira con los ojos bien abiertos, y la boca manchada de chocolate, sosteniendo una zanahoria que claramente no piensa comer.

—¿Y Peluche sabe hablar conejo o humano? —pregunta serio.

—Habla los dos. —Le respondo, sentándome con cuidado. Todavía me duele, no tanto como antes, pero lo suficiente como para recordar que ya no soy la misma.

—¿Entonces entiende cuando le hablo? —salta Aitana con una trenza medio deshecha y las rodillas raspadas.

—Te entiende más que tu tío Massimo. —Les guiño el ojo, y ambos sueltan una risita.

Peluche levanta las orejas, como si estuviera de acuerdo.

Me echo hacia atrás, apoyando las palmas en el césped. Respiro hondo, dejando que el viento me revuelva el cabello.

—¿Por qué se llama Peluche si es un conejo? —pregunta Aitana, acariciándole la oreja.

—No sé, fue el único nombre que se me ocurrió. —Sonrío un poco.

Esos dos no se dan cuenta, pero me han salvado. Son los únicos con los que he querido tener contacto. No quiero ver a nadie más. No quiero sonrisas falsas, ni palabras de consuelo que suenan vacías, ni miradas de lástima.

Sólo ellos. Y Peluche, claro.

—¿Te duele la pierna todavía? —pregunta Gael de la nada, señalándola.

Bajo la mirada a mi pierna. El vendaje ya es más pequeño. No hay silla de ruedas desde hace unos días, solo bastón cuando me siento inestable.

—Un poco. Pero ya puedo caminar sola más o menos. —Respondo.

—¿Y puedes correr? —insiste con emoción.

—Solo en mis sueños, Gael. —Le revuelvo el pelo—. Pero pronto, tal vez.

Aitana me abraza por la espalda y me deja el cuello lleno de margaritas que recogió del césped.

Peluche salta sobre mis piernas y se acomoda.

—¡Aitana, Gael! —grita Ann desde la terraza. —¡Los necesito ahora!

Gael y Aitana resoplan a la vez, como si ir a sus clases de canto fuera el peor castigo del universo. Aitana me abraza por última vez y corre detrás de su hermano.

Me quedo sola con Peluche, que se me sube encima sin ninguna invitación, y trato de levantarme del césped. Me apoyo en la pierna buena, haciendo fuerza con los brazos. No es tan fácil como parece. La herida del abdomen todavía jode más de la cuenta, y cuando por fin me incorporo, siento que algo me punza por dentro.

No es un dolor físico nada más. Es raro. Como si me faltara algo. Como si, desde ese día, algo dentro de mí hubiera desaparecido y me hubiera dejado vacía. Pero no sé el qué.

Camino con lentitud hacia la mansión. Erick y Samuel se mantienen cerca, como si temieran que me vaya a desmoronar a mitad de trayecto. No les digo nada. No me nace. Cojeo un poco más con cada paso, y me aprieto el abdomen con una mano por reflejo.

Subo al ascensor nuevo. Lo mandaron a instalar la semana en que llegamos. Según el señor Lombardi, era para “facilitar mi movilidad”. Lo único que facilitó fue que no tuviera que cruzarme con nadie. Nadie en la escalera, nadie en los pasillos. Y eso me viene bien.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora