Capitulo 8

7.8K 423 29
                                        

Massimo:

No sé cuánto tiempo la observo dormir.

Está tan profundamente perdida en sus sueños que ni siquiera notó cuando entré.

El pecho le sube y le baja en un ritmo pausado. Su respiración es tan ligera que, por un segundo, me pregunto si realmente está dormida o si solo está fingiendo. Pero el libro abierto a su lado y la manera en que su mano se relajó sobre las páginas me dicen la verdad.

Es tan jodidamente inocente.

Camino por su apartamento en completo silencio, en la cocina, una bandeja llena de galletas recién horneadas descansa sobre el mesón. Me detengo frente a ellas, arqueando una ceja. ¿Hizo esto para ella? No parece alguien que coma demasiados dulces.

Agarro una y le doy un mordisco.

Es perfecta, como todo en ella.

Iba a detenerme en una. De verdad. Pero mis dedos ya están buscando otra antes de que pueda evitarlo.

Y luego otra.

Y otra.

Para cuando me doy cuenta, he comido más de la mitad. Exhalo, pasándome la lengua por los labios, y dejo el resto.

Mierda. Ahora quiero ver su cara cuando las pruebe. Quiero saber si sonríe cuando alguien le dice que están deliciosas. Quiero…

Me detengo antes de terminar ese pensamiento.

No.

Es hambre.

Si, eso.

Me acerco al sofá donde está dormida, envuelta en una manta que apenas cubre la delicadeza de su cuerpo.

Me agacho frente a ella, observándola más de cerca. Levanto una mano, apenas dudo antes de rozar con las yemas de mis dedos su mejilla.

Es la primera vez que la toco.

La primera vez que siento lo real que es.

Reprimo el impulso de apretar, de hundir mis dedos en su piel y lastimarla.

Mis dedos recorren el contorno de su mandíbula, trazan el arco de sus pómulos, la línea perfecta de su nariz. Me inclino un poco más, dejando que mi aliento roce su piel, que mi presencia se adhiera a ella como una sombra.

Deslizo la mirada hasta el libro que sostiene entre sus dedos. Sus manos son pequeñas y delicadas.

El título me arranca una sonrisa.

"Bajo la luna de París".

Romance.

Por supuesto.

Si supiera que el único hombre que la está observando ahora no quiere escribirle un final feliz, sino uno que ella nunca podrá olvidar.

La sostengo con facilidad. El sofá no se ve tan cómodo. No quiero que despierte con el cuello adolorido. Me convenzo de que es solo porque mi muñeca no puede estar adolorida por un sofá, solo por mi polla.

Camino con ella en brazos, empujando la puerta de su habitación con el pie.

De los cien ramos que envié, solo queda uno acomodado en un florero.

Algo en mi pecho se agrieta, es una pena que no le haya gustado. La dejo con cuidado sobre la cama, observándola unos segundos más.

Sus paredes están cubiertas de carteles de celebridades. Cantantes, actores, modelos. Rostros perfectos que me observan con expresiones congeladas.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora