Anastasia:
—A su derecha podrá ver la zona de entrenamiento, señora Lombardi —dice el tipo con voz grave que me guía.
¿Estoy en una mansión o en una mini ciudad con código postal propio?
Pasar la primera reja ya fue todo un evento. Tres filtros de seguridad, escáner de retina, perros olfateando por si traía explosivos (spoiler: no), y uno de esos sensores me hizo sentir como si me estuvieran desnudando sin tocarme. Y eso solo para entrar a la propiedad.
El lugar es inmenso. Gigante. Ridículamente impresionante. Tiene más hectáreas que el parque central de cualquier país decente.
Apenas cruzamos el portón principal, vi caballos. No uno o dos, no. Un maldito establo digno de un rey medieval. Blancos, negros.
Luego están las vacas. Porque sí, la familia Lombardi produce leche, aparentemente. Qué ternura.
Hasta que vi los perros.
En jaulas gigantes. Perros enormes. Rottweilers, Doberman, pastores belgas, y unos que ni sabía que existían. Todos con la mirada fija, como esperando la orden para atacarme.
—Allá es la zona de cetrería. A el señor le gusta entrenar halcones.
¿Halcones? ¿Qué sigue, dragones?
Pero no, lo más impactante no es eso. Lo más impactante son los hombres. Están por todos lados. Todos vestidos de negro, con radios, armas de todo tipo colgando del cuerpo, y perros al lado como si fueran parte del uniforme. Caminan como si estuvieran listos para disparar al primer parpadeo extraño. Me miran. Todos.
Trago saliva.
—¿Y eso de allá? —pregunto, señalando una especie de pista de entrenamiento con sacos colgando y estructuras metálicas.
—Campo de pruebas. Entrenan ahí los nuevos. Algunos no duran ni una semana.
Ah.
Genial.
Rio nerviosamente pero dejo de hacerlo con la mirada del chico.
Finalmente llegamos a la puerta principal de la mansión. No una puerta cualquiera. Una que parece pesar como un camión blindado y que se abre con huella digital. No supe de quién, porque antes de que me preguntara algo, ya estábamos adentro.
El lugar es impresionante. Mármol en el suelo, techos altísimos, columnas que parecen sacadas del Vaticano, cuadros gigantes, escaleras de caracol, lámparas como de castillo francés, todo huele a dinero y peligro.
—Su habitación está arriba. El ala este es solo para la familia. El Don pidió que la hicieran sentir cómoda.
El Don. Qué risa. Qué miedo.
Respiro hondo mientras subimos las escaleras.
Subimos al segundo piso y la vibra cambia. Ya no hay hombres armados ni perros salvajes. Hay silencio. Silencio y una decoración tan impecable que me hace querer caminar de puntitas por si acaso el suelo también cuesta millones.
Están tres mujeres paradas justo en el pasillo, como si me estuvieran esperando. Me detengo, tragando saliva.
La del medio —alta, rubia, con el maquillaje perfecto y una expresión de asco profesional— frunce la nariz apenas me ve.
La de la derecha —morena, de facciones duras y con cara de que te arruina el día por placer— me observa de arriba abajo como si yo fuera una cucaracha en su alfombra persa.
La de la izquierda... bueno, la de la izquierda parece demasiado ocupada revisando sus uñas como para notarme.
—Pueden dejarnos a solas —ordena la rubia, sin mirar al hombre que me acompaña.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomantikDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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