Massimo:
Una semana.
Siete días. Ciento sesenta y ocho horas. Diez mil malditos minutos.
Y ella sigue igual. Acostada, inmóvil, con la piel pálida y los labios partidos. La máquina que marca sus signos vitales es lo único que me recuerda que aún está conmigo.
No he salido del hospital ni un solo día. No he permitido visitas, no quiero que nadie la vea así. No quiero que la compadezcan. No quiero que hablen de ella como si ya estuviera muerta.
Estoy en esta silla dura desde que la trajeron. A veces cabeceo por el sueño, como ahora, pero no me muevo demasiado. No quiero que despierte y yo no esté. No quiero que abra los ojos y se sienta sola.
Mi chaqueta está tirada en el respaldo, mi camisa arrugada y manchada de café viejo. Me duele la espalda, la cabeza late como un tambor, y aún así no me quejo.
Ella está peor.
Inclino un poco la cabeza, el cansancio me gana unos segundos. Siento cómo me vencen los párpados pero no me duermo del todo. Mi cuerpo está acá, pero mi mente sigue alerta, como si no quisiera desconectarse por si llega ese milagro.
El de verla abrir los ojos.
El de escuchar su voz.
El de saber que sigue siendo ella.
La puerta se abre despacio, apenas un chirrido del metal contra el suelo. No necesito alzar la vista para saber que es Salvador. Él y Marlon son los únicos que han podido entrar a esta habitación además de mí. No porque confíe en ellos sino porque no tengo otra opción.
Se acerca con su maletín y un leve asentimiento de cabeza, como si eso bastara para romper el hielo. No lo hace. Me acomodo mejor en la silla, con los codos en las rodillas y la mirada fija en Anastasia.
Su respiración sigue leve, pausada. Casi imperceptible.
Salvador comienza a revisarla. Los latidos, la temperatura, la presión. Todo lo anota en silencio, como si supiera que cada ruido innecesario me altera. Luego Marlon entra también, con vendas nuevas y una bandeja con gasas y solución. Ambos hacen lo suyo sin decir nada. Y los observo. Atento. Como si en cualquier segundo alguno de los dos pudiera hacer algo mal. O algo que no me guste.
Nemesia y Danilo llevan días tocando los huevos con sus mensajes, queriendo entrar a verla, llorando que es su hermana. Patrick tampoco deja de llamarme. Ya ni leo sus mensajes. ¿Qué quieren? ¿Verla hecha mierda en una cama, llena de tubos?
No.
No la van a ver así. Ni su familia, ni nadie.
Salvador levanta con cuidado la sábana y empieza a destaparle el abdomen. Tiene las manos firmes, pero la forma en que la mira me crispa los nervios.
Marlon le pasa los instrumentos con agilidad y juntos le cambian las vendas. Una parte de la piel sigue morada, y aunque la herida está cerrando, la zona aún se ve sensible.
-La herida del brazo sanó bien -murmura Marlon -. El abdomen está respondiendo mejor de lo que esperábamos. Y la pierna...
-Va a tardar más -completa Salvador sin mirarme-. Pero no hay infección. Su cuerpo está peleando.
No contesto. Solo los observo en silencio, mientras le limpian las costras y le acomodan el suero. El monitor sigue pitando con ese ritmo lento y regular. A veces me dan ganas de arrancarlo, de tirarlo por la ventana. De hacer algo que saque a Anastasia de esta pausa en la que se quedó atrapada.
Terminan de cambiarle las vendas y Salvador guarda sus cosas. Marlon se queda un poco más, mirando los monitores, revisando los números en silencio. Me estoy cansando del silencio. De que se miren entre ellos como si supieran algo que yo no.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomanceDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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