Capitulo 16

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Massimo:

Apoyo la cabeza contra la pared, exhalando con fastidio. Dos jodidas horas. Dos horas esperando a que se duerma, pero sigue despierta, riéndose y hablando con esas dos que no hacen más que meterle ideas en la cabeza.

Aprieto la mandíbula. Ya he escuchado suficiente de su conversación insulsa, suficiente de sus risas y sus tonterías. ¿Es que no pueden callarse de una maldita vez?

Cruzo los brazos, impaciente. Es casi la medianoche cuando finalmente la llamada terminam Solo necesito esperar un poco más y será mi turno.

Me río entre dientes, sacando de mi bolsillo las llaves nuevas. Lo único que hizo fue facilitarme el trabajo. Apenas contrató al cerrajero, lo busqué y le pedí una copia de las llaves. Y, ¿qué hizo él? Me las dio sin hacer preguntas. Un poco de dinero y la gente se vuelve muy cooperativa.

Paso los dedos por el filo metálico de la llave, observando la puerta cerrada frente a mí.

Deslizo el dedo por la pantalla de mi celular, cambiando de una cámara a otra. Cada ángulo me muestra lo mismo: Anastasia, moviéndose entre las sábanas.

Su cuerpo se relaja con cada exhalación, hundiéndose en la cama hasta que, finalmente, se queda quieta.

Qué fácil es hacerte creer que puedes cerrarme la puerta en la cara, Piccolo elfo.

Deslizo la llave en la cerradura. Entro en su apartamento en completo silencio, cerrando la puerta detrás de mí. El lugar huele a vainilla y algo más dulce.

Camino hacia la cocina y hay una tanda de galletas recién hechas, dejadas sobre un plato,.

Sonrío con burla. Qué detallista.

Cierro los ojos, disfrutando el sabor.
Camino hacia su habitación. la adrenalina me recorre el cuerpo con cada metro que acorto.

Saco el pequeño paquete y lo dejo sobre la silla de su escritorio. No hay forma de que no lo vea cuando despierte. No puedo esperar a verla con ella.

En un principio, mi intención es irme sin más. Tengo cosas que hacer, sitios a los que ir. Pero cuando voy a dar la vuelta, algo me llama la atención.

Uno de sus cuadernos está sobre la mesita de noche, a medio cerrar, con un bolígrafo aún encajado entre sus páginas. Lo tomo y lo abro.  Paso las hojas, deteniéndome en las pequeñas marcas de tinta donde ha corregido algo.

Me gusta saber cómo funciona su mente, cómo estructura sus pensamientos. Es curioso.

Después de un momento, dejo el cuaderno en su sitio, acomodo el bolígrafo donde estaba y le dedico una última mirada. Luego me marcho.

Salgo del apartamento de la misma forma en la que entre. Subo a mi auto, encendiendo el motor en silencio.

Mi teléfono vibra en el asiento del copiloto.

—¿Qué pasó? —pregunto al contestar, apoyando el codo en la ventanilla mientras acelero.

—Malas noticias. Haz como que no te lo esperabas e intenta adivinar de quién estoy hablando.

Aprieto la mandíbula.

—¿Blackwood?

—Que buen adivinador. Han atacado una de nuestras bases. La redujeron a escombros y ejecutaron a los pocos hombres que seguían con vida.

Mis dedos tamborilean contra el volante. Esa zorra no sabe cuándo parar.

—Va a conseguir que le abra un tercer ojo —murmuro con frialdad, mientras la ira empieza a hervirme por dentro.

Dante resopla.

—No sería una mala solución. El problema es que esa hija de puta siempre cae de pie.

Quién iba a decir que una sola noche con la hija de un ministro iba a complicarme tanto la vida.

Katherine Blackwood se abrió paso hasta mi cabeza, convirtió mis propias emociones en mi peor enemigo y, cuando por fin consiguió que la necesitara, me dejó solo.

Exhalo el humo con molestia.

—La próxima vez me aseguraré de romperle las piernas primero.

—Lo que arruina el plan es que alguien está haciendo todo lo posible para que nunca llegue a tocar el suelo. —su tono de voz no me gusta nada

Un balde de agua helada me cae encima.

No.

Ni de puta broma.

—¿Qué demonios insinúas?

—Que Katherine ya encontró a quien ocupe tu lugar y es el mismisimo Nikolai Karasu.

La traición vuelve a abrirse paso como si nunca hubiera cicatrizado y la simple idea de verla al lado de otro hombre me hace preguntarme si alguna vez signifique algo para ella o si fui un idiota que creyó.

—¿Perdón? —Necesito que lo repita porque estoy convencido de que acabo de escuchar cualquier cosa menos eso.

—Nikolai Karasu. El rey de los rusos. Al final tu ex sí que sabe escoger. No cambia un rey por un soldado, cambia un rey por otro.

—Dime que es un rumor de mierda.

—Ojalá pudiera. Los han visto juntos más de una vez y ninguno de los dos se ha molestado en esconderse.

—Trastornados de mierda. —Muerdo el cigarro, la nicotina no hace una mierda para calmarme. —Llamen a todos los capitanes. Quiero un informe de cada ciudad antes de que amanezca.

—Ya estoy en eso —responde sin titubear—. ¿Algo más?

—También quiero que empecemos a tomar el control de la ruta de la droga. No podemos darnos el lujo de perder el

— Rusia ya tiene varias conexiones en Sudamérica.

—Haremos que las pierda.

Cuelgo la llamada y dejo el teléfono a un lado, tamborileando los dedos en el volante.

—¡Mierda! —grito dentro del habitáculo cerrado, golpeando el volante una, dos, tres veces seguidas con la palma abierta y los nudillos

Clavo las uñas en el revestimiento del volante hasta hacerme daño

Desplomo el torso hacia adelante y recuesto la frente contra el centro del volante. El metal frío presiona mi piel mientras cierro los ojos con fuerza.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora