Capitulo 53

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Massimo:

El salón de reuniones huele a cigarro. La mesa larga está ocupada por mis hombres de confianza.

-El cargamento desde Marruecos llegó sin problemas. Armas listas para la distribución en Europa del Este -dice Marco, uno de mis hombres más antiguos.

-Y el de los Balcanes está por salir. El pago ya se hizo, solo hay que mantenerlo fuera del radar de la UIR -añade Lois, cruzado de brazos.

Asiento con la cabeza.

-Y los puertos de Sicilia, ¿seguros?

-Sí, jefe. El almirante ya nos debe tres favores. No va a joder -responde otro, dándole un sorbo a su whisky.

-Perfecto. Manténganlo vigilado igual. No me fío de nadie.

Uno de los más jóvenes, pero con lengua rápida, suelta lo que todos estaban evitando.

-Los clanes de Torino y Verona están en conversaciones con los rusos.

Levanto la vista despacio. Mi ceja se arquea.

-¿Con Karasu?

-Sí. Se rumorea que Dereck les prometió el control del norte si se cambian de bando. Algunos quieren resultados rápidos...

Lo miro. Él baja la vista.

-¿Qué hay de los clanes del sur?

-Fieles. Al menos por ahora. Calabria, Nápoles y Cerdeña siguen bajo nuestra protección. La familia Ricci pidió una reunión para reforzar la alianza -informa.

-Agradézcanles el gesto -digo mientras paso los dedos por el anillo que usé en la última ceremonia del consejo.

Todos asienten

-¿Y las alianzas externas? -pregunto-. Quiero saber si las triadas siguen en pie con nosotros o también están tentados por los malditos rusos.

-Por ahora siguen con nosotros. Les gusta cómo movemos las armas y respetan nuestras reglas. Pero si la guerra se intensifica...

-Buscarán al que tenga más poder -termino la frase.

Respiro hondo. El problema no es solo que el Consejo de los Trece se esté resquebrajando. El verdadero problema es que el hijo de puta de Nikolai Karasu está jugando ajedrez con cabezas humanas y algunos bastardos están encantados de hacerle de peones.

-Muy bien -digo al fin, poniéndome de pie-. El que quiera irse con los rusos, que se largue ahora. Pero no va a volver. Y si vuelve ya saben lo que pasa con las ratas traidoras.

Las miradas se endurecen.

Camino por el pasillo más oscuro del complejo. La luz es tenue, roja, casi fantasmal. Dos de mis hombres me siguen en silencio, hasta que uno abre la pesada puerta de hierro al fondo.

La habitación está helada. El metal de los ganchos, cadenas, sierras y herramientas brilla como si acabaran de ser limpiadas.

En las paredes hay vitrinas. Algunas con cuchillos, otras con frascos. Me acerco a uno. Flota un ojo verde, perfecto. Hermoso. Cada frasco está marcado con un número y una letra.

-¿Cuántos van? -pregunto sin apartar la vista.

-Cuatrocientos, jefe. Dos nuevos esta semana -responde uno de los hombres, el más joven. Su voz tiembla apenas.

Asiento.

Aparece entonces Gioacchino, el ingeniero de armas, flaco como un muerto y con una bata que parece sacada de un laboratorio clandestino. Siempre tiene la mirada ida, como si su mente estuviera a tres pasos delante del presente.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora