Massimo:
No voy a rogarle.
No soy ese tipo de hombre.
No soy el idiota que suplica atención.
No soy el perro que mueve la cola esperando que le hablen.
No.
Soy Massimo Lombardi.
Y si ella quiere hacer un berrinche, allá ella.
Lleva los brazos cruzados, la mirada clavada en la ventana. No ha dicho una palabra. Ni una respiración fuerte. Ni un “estás loco” o un “vete al infierno”.
Me ajusto el cuello de la chaqueta y golpeo el volante con los dedos. He dicho ya tres comentarios al aire, todos ignorados. Le he preguntado si quiere parar a comer, si tiene frío, si quiere música.
Todo ignorado.
La princesa está en huelga.
—¿Vas a quedarte muda todo el maldito camino? —sueno más blando de lo que quiero, pero al menos no estoy suplicando.
Nada.
—Perfecto —bufo, girando bruscamente en una curva— Sigue así y vas a ganar mucho.
Silencio.
Qué jodido fastidio.
Aprieto los dientes, furioso conmigo, con ella, con los ojos verdes que me jodieron la cabeza y con su aire de mártir herida.
—No te estoy rogando que me hables, Anastasia —gruño —. Pero ya te saqué conversación tres veces. A este punto, si no hablas es porque te encanta hacer drama.
Veo cómo frunce apenas el ceño.
Estoy tan harto de este silencio que me empieza a doler el cuello de sostener tanto orgullo.
Y entonces lo hace.
Pone música. Así, sin mirarme, sin pedir permiso, sin decir una jodida palabra. Mi ceja se eleva. Mi ceño se frunce. Mis nudillos se aprietan sobre el volante.
¿Eminem?
¿En mi auto?
—¿Qué… —empiezo, sin poder evitarlo—, qué carajos crees que estás haciendo?
Ella sube un poco más el volumen. Como si no me oyera. Una canción antigua de Eminem retumba por los parlantes, agresiva, jodidamente ruidosa.
—¿En serio? ¿Eminem? —Sigue mirando por la ventana. —Este es mi auto, Anastasia.
Nada.
—Y estás escuchando Eminem sin preguntarme.
Silencio.
—Tienes unos ovarios del tamaño del Vaticano, ¿sabías? —escupo, más ofendido que otra cosa.
Se acomoda el cinturón como si no acabara de invadir mi auto, mi espacio, mi paz mental.
Esta mujer va a volverme loco.
No me importa su berrinche. O eso me repito.
Pero si algo tengo claro es que las mujeres son simples: con comida caliente bajan la guardia.
Paro en un puesto cualquiera, sin pensarlo demasiado. Papas fritas. Pollo. Algo con grasa, porque según lo que he visto, todas las mujeres se deshacen con eso cuando están molestas. ¿No? Así son. Lloran, gritan, hacen drama… y después se les pasa con papas.
Lo pago, regreso al auto y le dejo la bolsa en las piernas.
—Ten.
Ni la miro cuando me siento. Por fin, su voz. Seca, molesta, tan áspera como sus ojos desde que salimos.
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Bajo tu Dominio [LIBRO #1]
RomansaDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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