Capitulo 50

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Anastasia:

El primer pensamiento que tengo al abrir los ojos es que el mármol no es buena idea para dormir. El segundo, que mi cuello probablemente me va a odiar toda la semana.

Gimo mientras me enderezo con cuidado. El cuerpo me duele hasta en partes que no sabía que podían doler. La espalda, las piernas, incluso los dedos. Siento como si hubiera dormido en una maldita coreografía de yoga mal ejecutada. Y para empeorar todo… la cabeza me late. Como si alguien estuviera tocando un tambor justo detrás de mis ojos.

Parpadeo un par de veces. Me toma unos segundos entender dónde estoy.

El salón de baile.

O bueno… lo que queda del salón de baile.

Copas vacías, flores marchitas y servilletas arrugadas tiradas por todas partes. Parece que una tormenta de gente con dinero y cero moderación pasó por aquí.

Massimo está tirado en el suelo, medio cubierto con el mantel de una de las mesas, una flor pegada en la manga de su camisa y el pelo revuelto sobre la frente.

Me froto las sienes mientras lo observo. Recuerdo por qué no nos fuimos anoche.

No quería que nadie lo tocara.

Nadie. Solo yo.

Y yo sola no podía con él. Estaba demasiado borracho, demasiado fuera de sí. Lo intentamos un rato, de verdad, pero después de que le gritó al chofer por acercarse y casi le da una patada al guardaespaldas, me rendí. Lo arrastré hasta aquí, usé mi vestido como almohada improvisada, y dormimos.

O bueno, él durmió.

Yo sobreviví.

Suspiro. El vestido está arrugado. Mis zapatos están en otra dimensión. Y mi alma… bueno, probablemente está escondida en algún rincón, viendo todo esto con una copa de vino y muchas preguntas existenciales.

Me levanto como puedo, tanteando el equilibrio. Me acerco a él, aún dormido. Me agacho a su lado, solo para asegurarme de que sigue respirando. Spoiler: sí.

—Genial —murmuro, arrastrando una silla a mi lado para sentarme—. Primer día de casada y ya estoy cuidando a un borracho con complejo de cactus.

Me paso una mano por la cara, arrastrando el cansancio, la noche, la incomodidad y probablemente la humillación de todo lo vivido. Siento la piel reseca, la boca pastosa y el alma en modo avión.

Necesito agua.

Necesito silencio.

Necesito dormir diez días seguidos.

Me levanto de la silla con torpeza, estirando los brazos como si fuera una anciana de ochenta años. Todo el cuerpo me grita que me acueste. Que me rinda. Que ya fue suficiente por hoy. O bueno, por ayer.

Camino entre los restos de lo que fue mi boda. Mi boda. Qué palabra tan fuerte para algo que se sintió más como una obra de teatro mal escrita. Paso entre flores pisoteadas, mesas vacías y servilletas con restos de pastel.

Encuentro el baño del salón —gracias a Dios no está tan lejos— y empujo la puerta con la cadera. El reflejo en el espejo no me sorprende, pero igual me saca un suspiro.

Mi maquillaje está corrido, mi cabello es un desastre, y tengo unas ojeras dignas de una estudiante en época de exámenes. Me acerco al lavamanos, abro el grifo y dejo que el agua corra mientras me apoyo en el borde de mármol.

Cierro los ojos por un segundo. Solo uno.

Mi cuerpo lo exige.

Mi mente lo suplica.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora