Capitulo 55

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Anastasia:

—Yo también me perdía —le digo, mirando al caballo como si aún recordara los pasillos eternos de mi antigua casa—. Teníamos una casa enorme en la capital, y cuando era niña siempre terminaba escondida en algún clóset o metida bajo alguna cama.

—¿Te asustabas? —pregunta el señor, cruzándose de brazos mientras se apoya contra la baranda.

—No tanto —respondo encogiéndome de hombros—. Más bien me gustaba. Sentía que era como estar en una misión secreta o algo así. A veces llevaba galletas y un libro y me quedaba horas en mis escondites. Mi niñera se volvía loca.

—Eras una pequeña fugitiva, entonces.

—Un poco —digo, sonriendo también—. Aunque siempre me descubrían por lo mismo… dejaba migas por todo el suelo.

—Típico error de principiante —asiente.

—Una vez hasta dormí dentro de un armario porque me enojé con mi papa. Tenía seis años y juraba que eso la iba a hacer recapacitar —suelto una pequeña risa—. Obvio que no funcionó. Solo me resfrié.

—¿Qué te había hecho tu padre?

—Me quitó un dibujo. Dijo que lo había rayado todo y lo tiró a la basura. Era mi obra maestra, ¿sabe? Estaba convencida de que algún día iba a ser pintora.

—¿Y ahora?

—Ahora apenas dibujo una casita con palitos —me río—. Supongo que uno crece y se le olvida cómo ser artista.

El señor asiente despacio, como si cada palabra mía le contara algo más de un mundo que no ha visto en mucho tiempo. Me escucha con atención.

—Debiste haber sido una niña muy curiosa.

—Demasiado. Y habladora —agrego, y levanto la mirada hacia él, divertida—. Como ahora.

—¿Y tus padres? —pregunta el señor, mientras acaricia al caballo más cercano—. ¿Cómo son?

Me tenso un poco. Dudo. Pero como no parece tener ninguna intención oculta, solo asiento y me encojo de hombros.

—Bien… supongo —miento a medias, girando un poco el rostro para no mirarlo directamente—. No son muy cariñosos, la verdad.

—¿No?

—No… Mi papá… bueno, mi papá es complicado —respondo, tratando de sonar neutral —. Tiene sus días. A veces es como si fuera dos personas distintas. Y hay que saber cuándo hablarle, cuándo no mirarlo a los ojos, cuándo fingir que no estás ahí. Mi mamá… mi mamá tampoco puede hacer mucho. Le tiene miedo.

No dice nada, solo sigue escuchando.

—Cuando era niña… —continúo sin pensar demasiado—, tenía una costumbre: me escondía debajo de la cama cada vez que escuchaba la puerta principal cerrarse muy fuerte. Porque eso significaba que él estaba enojado. Y cuando estaba enojado… bueno, mejor que no te vea.

Me río.

—Una vez, me escondí tanto rato que me quedé dormida ahí abajo. Me desperté con las piernas dormidas y con la mano de mi mamá tirándome del brazo, apurada. Me había hecho pipí encima. Tenía doce años.

El señor suelta un leve suspiro, pero no interrumpe.

—No es su culpa, ¿sabe? O sea… no creo que él quiera ser así. Quizás solo no sabe ser de otra forma. No es que sea malo todo el tiempo. Hay días en los que me compra cosas, Incluso me dejó estudiar en Italia, me da consejos… pero nunca sé cuánto dura eso.

Bajo tu Dominio [LIBRO #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora