¿Qué siente un hombre que lo tiene todo y lo único que le falta es un imposible?
Franco jamás conoció el amor verdadero.
Evangelina lo conocía a la perfección.
Una propuesta laboral. Una confusión. Una buena amiga y un enamorado luchando por sacar a...
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—Dos semanas, dos semanas y te lo sacás de encima.
Evangelina refunfuñaba para sí misma al ver que eran las siete y cuarto de la mañana, y La Escondida ya tenía sus puertas abiertas. Pero grande fue su sorpresa al entrar y ver a Alan al otro lado de la barra, preparándose un café.
—¡Alan! No me digas que... —El muchacho solo afirmó con la cabeza y una amplia sonrisa en sus labios—. ¡Ay! ¡Felicitaciones!
Evangelina corrió hasta su posición y lo abrazó con cariño, Alan respondió al gesto y permanecieron así unos largos segundos.
—¡Guau! ¿Tanto me extrañaste? —bromeó separándose un poco, pero todavía abrazado a ella.
—Dale las gracias a tu primo Claudio. Que chabón más insoportable, boludo. Pero contame todo, ¿cómo se lo tomó?
—Para la mierda —intervino Patricio, que estaba llegando al restaurante—, porque encima se dejó en evidencia solo. Isidro y él llegaron a darle la noticia cuando yo estaba corriendo para atender la barra y la caja, mientras él leía un libro tomando café en una de las mesas, como si fuera un cliente más.
—¡Jodeme! —exclamó Evangelina, llevándose una mano a la boca—. Pero yo le había seleccionado una cajera para que me cubriera, la que iba a quedar definitiva cuando me fuera, ¿qué pasó?
—Duró dos horas con él —recordó Patricio mientras se acomodaba en la barra—, lo mandó a la mierda antes de las diez de la mañana y se fue. No soportó sus malos tratos.
—Ese fue el detonante para mi papá. La chica se fue enojada y dejó una mala reseña en Google Maps, papá la vio, se contactó con ella, se disculpó, y le pagó con creces las dos horas trabajadas. Le ofreció volver cuando Claudio se fuera, pero no quiso, solo borró la reseña como muestra de agradecimiento por las disculpas.
—¿Y Claudio qué dijo a todo esto? —quiso saber Evangelina.
—Negaba todo, al menos eso es lo que alcanzamos a escuchar desde acá, porque Alan se quedó conmigo dándome una mano para descomprimir el trabajo.
—Eso mismo —completó Alan—, que todo lo que hacía era para darle a La Escondida el prestigio que se merecía, que él sentía que los verdaderos dueños del restaurante eran ustedes tres. Estaba indignado porque no podía creer que tres empleados manejaran el negocio. Igual, lo que pasó acá no es nada comparado al quilombo familiar que se armó.
»Mi tía y mi papá se mataron, porque Claudio distorsionó todo con su madre. Habló mal de ustedes tres, y hasta Franco cayó en la volteada. Decía que se tomaba atribuciones que no le correspondían solo por ser «el amiguito millonario de la cajera». Que usaba el restaurante para seguir engordando su fortuna mientras él no recibía un centavo a cambio. Fue entonces cuando papá le mostró lo que Franco le pagó como compensación, y cuando exigió la parte de mi tía, papá lo sacó cagando. Franco fue vivo, y en los papeles figuraba su nombre, no el del restaurante. No sé cómo lo supo, pero...