Antes de que pudiera reaccionar más, la puerta se volvió a abrir, y la chica del callejón entró, con una actitud de mando que parecía contrarrestar la del hombre.
—Déjala en paz y vete —ordenó con firmeza.
El hombre la miró con una mezcla de desprecio y resignación, pero sabía que no podía desafiar la orden. Dando un último vistazo lleno de odio a Yara, se giró y salió, dejando tras de sí un silencio perturbador.
La chica, se acercó y tomó una silla. La colocó justo frente a Yara y se sentó con un aire de superioridad, cruzando las piernas y observándola con una mirada que parecía disfrutar del control que tenía sobre la situación.
—¿No te acuerdas de mí? —preguntó , su tono cargado de una arrogancia deliberada.
Yara la miró fijamente, intentando conectar los fragmentos de su memoria. Su cara le resultaba vagamente familiar, pero no lograba ubicarla en ningún contexto inmediato. Negó con la cabeza, su voz quebrada por el miedo y la confusión.
—No, no me acuerdo —dijo Yara, su voz temblando.
La chica sonrió con desdén, pero su expresión era la de una persona que simplemente disfrutaba de la crueldad. Había algo más en su mirada, algo que parecía estar esperando.
—Déjame refrescarte la memoria —dijo, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Recuerdo un día en el que estabas en el baño, llorando. Habías visto a Alexia besándose con otra chica. ¿Te suena?
Las palabras golpearon a Yara como un martillo. El recuerdo de ese día, el dolor y la traición que había sentido, volvieron con una claridad desgarradora. Ella había visto a Alexia, a la mujer que amaba, con otra persona, y había sentido que su mundo se desmoronaba. El hecho de que esa chica conociera estos detalles privados era perturbador.
—Eres… —murmuró Yara, mientras las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos—. Eres Olga, ¿verdad?
La sonrisa de Olga se desvaneció, reemplazada por una expresión de frialdad.
—Sí, soy Olga —confirmó, con un tono seco—. Me alegra ver que finalmente lo recuerdas.
Olga se levantó de su silla, acercándose a Yara con una determinación fría en sus ojos. Sus palabras eran como cuchillos afilados, cortantes y precisos.
—No quiero hacerte daño —dijo Olga, su voz dura—. No tengo intención de hacerlo físicamente, pero hay ciertas reglas que debes seguir si quieres salir de aquí sin más problemas.
Yara la miró, confundida y aterrorizada. Las lágrimas caían libremente ahora, mientras el peso de la situación la abrumaba.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Yara, su voz llena de desesperación—. ¿Por qué haces esto?
Olga cruzó los brazos, observando a Yara con una mezcla de desprecio y determinación.
—Quiero que te vayas —dijo Olga, con una frialdad calculadora—. Tienes que dejar el equipo y a Alexia. Sin dar ninguna explicación, ni un adiós. Ya he arreglado un contrato para ti con el Manchester United, así que solo tienes que irte cuando quieras. Pero asegúrate de recoger tus cosas un día en el que Alexia tenga entrenamiento, para que no esté en casa. Luego, escríbele un mensaje diciendo que ya no quieres estar con ella, sin más detalles.
El dolor en el pecho de Yara se hizo más intenso mientras escuchaba las demandas de Olga. La rabia y la impotencia se mezclaban en sus lágrimas, mientras intentaba procesar el hecho de que Olga estaba dispuesta a destruir su vida con tal de recuperar a Alexia.
—¿Por qué? —preguntó Yara, su voz quebrándose—. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas con esto?
Olga la miró con una frialdad casi emocional.
—Es simple —dijo Olga—. Quiero recuperar lo que siempre ha sido mío. Alexia y yo tuvimos algo especial, y siempre creí que podríamos haber sido felices juntos. Pero ella te eligió a ti. Ahora, quiero que todo vuelva a como era antes. Lo que era mío, siempre lo será.
Las palabras de Olga resonaron en la mente de Yara como una sentencia de muerte. La comprensión de que todo esto era por los celos y la incapacidad de Olga para dejar atrás el pasado la llenó de un dolor profundo y desgarrador. El sueño de Yara, su futuro en el Barça, su amor por Alexia, todo se estaba desmoronando por la egoísta y cruel venganza de una persona que no podía superar su pasado.
Olga se levantó, dándole una última mirada a Yara antes de salir de la sala. La puerta se cerró con un sonido sordo, dejándola sola en la oscuridad. Yara sintió cómo el dolor la inundaba, cómo su corazón se rompía en mil pedazos. No solo estaba perdiendo a Alexia, sino también a sus amigos, a su equipo, a su sueño de jugar en el Barça. Todo estaba en ruinas.
Se permitió llorar, sollozando en la fría y desolada sala. Las lágrimas caían sin parar, mientras la tristeza y la desesperación la envolvían. Sabía que al día siguiente tendría que recoger sus cosas y marcharse, dejar todo lo que amaba detrás. La idea de irse sin despedirse, de escribir un mensaje a Alexia que rompería su corazón sin ninguna explicación, la hacía sentir aún más impotente.
Mientras el tiempo pasaba, Yara se sentía más vacía. Sabía que no tenía otra opción. Olga había ganado, y su vida en esa ciudad, su amor por Alexia, su carrera en el Barça, todo se desmoronaba por los celos y la amargura de una mujer que no podía dejar atrás su pasado. El futuro que había imaginado se desvanecía, y el dolor de dejar todo lo que amaba atrás era insoportable.
Finalmente, se recostó contra la silla, su mente llena de recuerdos dolorosos y el corazón roto. Mañana sería otro día, uno lleno de despedidas y decisiones imposibles, y todo lo que podía hacer ahora era enfrentar el dolor y prepararse para lo que vendría.
Ya no podía hacer nada.
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𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔
RandomYara, una jugadora de fútbol poco conocida, se une a la selección española, deseando conocer a sus mayores inspiraciones, pero encuentra a Alexia Putellas muy distante con ella. A medida que Yara busca su lugar en el equipo, descubre que la frialda...
