Alexia llegó al parque con Ona y Mapi, su mente llena de una mezcla de esperanza y preocupación. El parque, que debería haber sido el lugar donde finalmente podría encontrar a Yara, ahora parecía vacío y desolado. Miró el reloj repetidamente, cada segundo que pasaba aumentaba su ansiedad. Media hora después, la desesperanza se hizo evidente. La falta de actividad y la ausencia de cualquier señal de Yara hicieron que Alexia comenzara a entender que algo no estaba bien.
—No hay nadie —dijo Alexia en voz baja, su tono quebrado por la frustración. Se dio cuenta de que el parque no era más que una trampa.
Ona y Mapi, al notar el cambio en el estado de Alexia, compartieron una mirada de comprensión. Sabían que la decepción y el dolor que Alexia estaba sintiendo eran profundos. La tristeza la envolvía y la impotencia era evidente en su andar. Durante el camino de vuelta, Alexia permaneció en silencio, sin fuerzas para hablar. Sus pensamientos eran un torbellino de dolor y confusión.
Al llegar a la entrada del edificio, Alexia se detuvo frente a Ona y Mapi. Su voz, aunque quebrada, era firme.
—Gracias por estar aquí —dijo, intentando mantener la compostura—. Pero creo que necesito estar sola por un día para procesar todo esto. Si no os importa, me vendría bien un poco de tiempo para estar conmigo misma.
Ona y Mapi, comprensivas y solidarias, asintieron. Se despidieron de Alexia con palabras de aliento.
—Si necesitas algo, no dudes en llamarnos —dijo Ona con una sonrisa triste.
—Lo mismo digo —agregó Mapi—. Estamos aquí para ti.
Alexia les agradeció con un gesto de cabeza y, con el corazón pesado, subió al piso. Mientras abría la puerta de su apartamento, un aroma familiar la envolvió. Era el perfume de Yara, un aroma que había llegado a asociar con momentos de ternura y cercanía. El olor, en lugar de confortarla, solo intensificó su dolor.
Al mirar alrededor, vio que había una nota en la mesa de la cocina. El corazón le dio un vuelco al reconocer la escritura de Yara. Se acercó temblando y la leyó con la esperanza de que todo fuera un malentendido. La nota decía que Yara se iba porque ya no quería estar con ella, que no iba a responder a más mensajes y que prefería no tener contacto.
La incredulidad se transformó en dolor. Alexia sintió cómo las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. No podía comprender cómo Yara podía hacerle esto. Las palabras en la nota eran un golpe cruel a sus esperanzas y sueños compartidos. Se preguntaba cómo alguien a quien amaba tanto podía escribir algo tan devastador sin dar más explicaciones.
El dolor la llevó a buscar un escape inmediato. Fue a su habitación y se tiró en la cama, tratando de evitar pensar en todo lo que había sucedido. En lugar de abrazar el peluche del delfín, el cual solía ser su consuelo, Alexia se dio cuenta de que no podía encontrar la paz. La traición y el dolor la abrumaban. La imagen de Yara y el sentimiento de desilusión pesaban demasiado sobre ella.
En su mente, una duda persistía: ¿acaso Yara había sentido realmente lo que ella había sentido? ¿O todo había sido una ilusión, un engaño para ocultar lo que realmente estaba ocurriendo? La duda y la traición la hicieron cuestionar cada momento que habían compartido.
Finalmente, con la mente nublada y el corazón roto, Alexia se obligó a cerrar los ojos para dormir. El sueño llegó, no como un alivio, sino como un escape temporal del dolor que la acosaba. En su mente, las imágenes y preguntas no dejaban de girar, pero al menos en ese momento, el sueño la envió a un mundo donde el dolor era menos palpable, aunque la realidad esperaría a la mañana siguiente.
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𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔
AcakYara, una jugadora de fútbol poco conocida, se une a la selección española, deseando conocer a sus mayores inspiraciones, pero encuentra a Alexia Putellas muy distante con ella. A medida que Yara busca su lugar en el equipo, descubre que la frialda...
