Yara llevaba días sintiéndose atrapada en una mezcla de esperanza y desesperación. Después de ver la historia de Alexia en Instagram, se había aferrado a la idea de que su mensaje había sido comprendido. Cada pequeño gesto, cada “me gusta”, cada breve comentario que podía dejar en una rueda de prensa, eran sus maneras de intentar mantener el contacto, de hacer saber a sus amigas que estaba allí, luchando. Pero a pesar de todo, no podía dejar de preguntarse si realmente estaban entendiendo sus señales, si estaban captando el mensaje que ella les enviaba, o si todo su esfuerzo estaba siendo en vano.
Ese día, sin embargo, tenía que concentrarse en otra cosa: la semifinal contra el Chelsea. El partido era crucial, no solo por el puesto en la final, sino porque el fútbol era uno de los pocos lugares donde Yara aún sentía que tenía control, aunque solo fuera sobre el balón. Sabía que no sería un partido fácil, pero estaba decidida a darlo todo en el campo.
Desde el primer minuto, el partido estuvo reñido. Ambos equipos jugaban con intensidad, conscientes de lo que estaba en juego. Cuando el árbitro pitó el descanso, el marcador seguía en un 0-0, reflejando la dureza del encuentro. Yara se sentó en el vestuario, escuchando las instrucciones del entrenador, pero su mente seguía divagando, volviendo a sus preocupaciones. ¿Estarían Alexia, Mapi y Ona siguiendo las pistas? ¿Habrían captado lo que intentaba decirles?
La segunda parte comenzó, y pronto el Chelsea logró adelantarse en el marcador con un gol que dejó a todo el equipo del Manchester en tensión. Yara sintió el peso del partido sobre sus hombros, pero sabía que no podían rendirse. Los minutos pasaban y el Manchester no lograba empatar. Pero entonces, una falta al borde del área les dio una oportunidad.
Yara, quien normalmente sería la encargada de lanzar, miró a su compañera y, con una sonrisa, le dijo:
—Es tuyo. Confío en ti, sé que puedes hacerlo.
Su compañera, con determinación, se preparó y lanzó un tiro perfecto, un golazo que se coló por la escuadra, dejando sin reacción a la portera del Chelsea. El marcador estaba empatado, pero apenas quedaban dos minutos de partido. El empate no era suficiente; necesitaban ese gol que las llevara a la final.
El Manchester tuvo un último córner, y Yara sabía que esta podía ser su última oportunidad. Cuando el balón voló hacia el área, se lanzó con todo. Sintió el golpe del balón en su cabeza y, en un instante, vio cómo el esférico se estrellaba en el fondo de la red. Gritó de alegría mientras sus compañeras corrían hacia ella para abrazarla. El Manchester estaba por delante en el marcador y a solo segundos de conseguir su lugar en la final.
Yara celebró el gol de la misma manera que la última vez, besando su tatuaje de delfín para luego formar un corazón con las manos, pero esta vez, lo hizo rodeada de sus compañeras, sabiendo que, aunque estaba lejos de Alexia, Mapi y Ona, este gesto llevaba un mensaje directo para ellas. Esperaba que lo vieran, que entendieran que, a pesar de todo, ella seguía luchando, tanto dentro como fuera del campo.
El pitido final resonó en el estadio, y el Manchester United se aseguró un lugar en la final. Yara se dejó caer al césped, exhausta pero satisfecha. Ahora solo quedaba esperar para ver si su próximo rival sería el Olympique de Lyon o el Barcelona, pero en ese momento, todo lo que sentía era una mezcla de alivio y una renovada esperanza.
Mientras sus compañeras celebraban, Yara miró hacia las gradas, imaginando que Alexia, Mapi y Ona estarían viéndola, apoyándola desde la distancia. Por primera vez en días, sintió que las cosas podrían mejorar, que sus mensajes no estaban cayendo en saco roto. No estaba sola en esto. Ahora solo quedaba esperar, tanto el próximo partido como la siguiente señal de sus amigas.
ESTÁS LEYENDO
𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔
RandomYara, una jugadora de fútbol poco conocida, se une a la selección española, deseando conocer a sus mayores inspiraciones, pero encuentra a Alexia Putellas muy distante con ella. A medida que Yara busca su lugar en el equipo, descubre que la frialda...
