Alexia se despertó al día siguiente con los ojos hinchados y el cuerpo entumecido. La noche anterior había sido un torbellino de emociones, y aunque había logrado conciliar el sueño, las imágenes y pensamientos dolorosos no la habían dejado descansar en paz. El perfume de Yara aún impregnaba el aire de su apartamento, recordándole constantemente lo que había perdido.
Se quedó en la cama un rato más, sin ganas de enfrentar el día, pero sabiendo que no podía seguir evadiendo la realidad. Finalmente, se levantó y se dirigió a la cocina. La nota de Yara seguía sobre la mesa, tal como la había dejado el día anterior. Alexia la miró con resentimiento, intentando asimilar las palabras que habían destrozado su corazón.
Sin pensarlo demasiado, cogió su teléfono y marcó el número de Ona. Tenía que hablar con ella y con Mapi, tenía que compartir lo que había descubierto, aunque no sabía si eso haría que las cosas fueran más fáciles de llevar. Después de un par de tonos, la voz de Ona sonó al otro lado de la línea, serena pero preocupada.
—¿Alexia? —preguntó Ona, notando el silencio al otro lado.
—Sí, soy yo… —contestó Alexia, su voz quebrada—. ¿Podríais venir tú y Mapi a mi casa? Necesito hablar con vosotras.
—Claro, estamos en camino —respondió Ona sin vacilar—. No te preocupes. Estaremos allí pronto.
Alexia colgó el teléfono y suspiró profundamente, intentando calmar la ansiedad que sentía en su pecho. Se dirigió al sofá y se sentó, abrazando una almohada mientras esperaba. Sabía que tenía que ser fuerte, pero en ese momento se sentía más frágil que nunca.
Pasaron unos treinta minutos antes de que escuchara el timbre de la puerta. Se levantó lentamente, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo monumental. Cuando abrió la puerta, Ona y Mapi estaban allí, con expresiones llenas de preocupación y cariño.
—Alexia… —comenzó Mapi, acercándose para darle un abrazo. Alexia se dejó envolver por el gesto, sintiendo cómo una pequeña parte de su dolor se aliviaba al sentir la calidez de su amiga.
—Gracias por venir —dijo Alexia con la voz apenas audible mientras se apartaba del abrazo—. Hay algo que necesito enseñaros.
Las tres caminaron hacia el sofá, donde Alexia se sentó en medio de ellas. Luego, con manos temblorosas, les entregó la nota que Yara había dejado. Ona la cogió primero, leyendo en silencio mientras sus ojos se agrandaban de incredulidad. Mapi, impaciente, miraba por encima del hombro de Ona, intentando asimilar las palabras que se desplegaban ante ellas.
Cuando Ona terminó de leer, dejó la nota sobre la mesa, sus ojos llenos de una mezcla de tristeza y confusión.
—No puede ser —murmuró Ona, negando con la cabeza—. Esto no tiene ningún sentido.
—Eso mismo pensé cuando la leí —admitió Alexia, su voz temblando—. Pero ahí está, con su letra, su forma de expresarse… No sé qué pensar.
Mapi cogió la nota y la leyó nuevamente, como si al hacerlo pudiera descubrir algo que se les escapaba.
—Alexia, esto no parece algo que Yara haría —dijo Mapi, intentando ser lo más suave posible—. El día en que desapareció, parecía tan feliz… Incluso nos dijo lo afortunada que se sentía de tenerte en su vida.
—Exacto —intervino Ona, con un tono firme—. Yara no haría algo así, no sin una buena razón. Esto no es natural… no es ella.
—Pero, ¿qué otra explicación podría haber? —replicó Alexia, su frustración comenzando a aflorar—. Todo apunta a que ella se fue por su cuenta. ¿Cómo podría alguien obligarla a hacer algo así?
Ona suspiró y tomó la mano de Alexia, apretándola con cariño.
—No lo sé, pero lo que sí sé es que Yara no habría hecho esto por voluntad propia. Había algo en la manera en que hablaba de ti, de lo que sentía… No era solo una fachada. Recuerdo cómo se iluminaba cada vez que hablaba de ti. Es como si esta nota fuera de otra persona, alguien que no la conocía realmente.
Alexia miró a Ona, sus ojos llenos de confusión.
—¿Crees que alguien la obligó a escribir esto? ¿Qué… que alguien la está controlando?
Mapi se unió a la conversación, asentando con determinación.
—No estamos diciendo que sepamos exactamente lo que pasó, pero no podemos ignorar lo raro de todo esto. Sabemos lo mucho que te quería, lo feliz que era contigo. Algo más debe estar pasando.
—No sé qué pensar —repitió Alexia, soltando la mano de Ona y llevándose las suyas al rostro, cubriéndolo—. Quiero creer que lo que decís es cierto, pero esta nota… es tan cruel, tan directa. Parece que no deja lugar a dudas.
—Lo entendemos —dijo Mapi suavemente—. Pero recuerda que no tienes que decidir nada ahora mismo. Solo queremos que sepas que estamos aquí para ti, y que creemos que hay más detrás de todo esto.
Alexia apartó las manos de su rostro y miró a sus amigas. Sabía que querían ayudarla, que querían encontrar una razón detrás de lo que parecía ser una decisión fría y calculada. Pero el dolor que sentía era tan abrumador, tan penetrante, que no podía ver más allá de la devastación que sentía.
—Tal vez —comenzó, su voz apenas un susurro— lo mejor sea dejar que el tiempo cure la herida. No quiero seguir preguntándome qué pasó, por qué me dejó. Solo quiero… olvidar, si eso es posible.
Ona y Mapi se miraron, compartiendo una mirada llena de tristeza. Sabían que Alexia estaba sufriendo profundamente, y aunque querían hacer algo para aliviar su dolor, entendían que a veces, el tiempo era lo único que podía ayudar.
—No tienes que decidir nada ahora —dijo Ona, tomando nuevamente la mano de Alexia—. Pero si en algún momento decides que quieres investigar más, o si necesitas hablar de lo que sea, estamos aquí. No tienes que cargar con todo esto sola.
Mapi asintió, apoyando las palabras de Ona.
—Estamos contigo, pase lo que pase. No importa cuánto tiempo necesites, no importa si quieres hablar o si prefieres silencio. Te apoyaremos en lo que decidas.
Alexia intentó sonreír, aunque el gesto se desvaneció rápidamente. Apreciaba el apoyo de sus amigas, pero el dolor seguía siendo abrumador, como una sombra que se negaba a disiparse. Sabía que el camino hacia la sanación sería largo y lleno de obstáculos, pero con Ona y Mapi a su lado, al menos no tendría que enfrentarlo sola.
—Gracias —dijo finalmente, su voz apenas audible—. No sé qué haría sin vosotras.
Ona y Mapi se acercaron, rodeándola con sus brazos en un abrazo reconfortante. Las tres se quedaron así por un momento, en silencio, compartiendo un dolor que, aunque no podían borrar, al menos podían llevar juntas.
Después de un rato, Alexia se separó de ellas y respiró hondo, intentando recuperar un poco de su compostura.
—Quizás lo mejor sea que intentemos hacer algo para distraernos —sugirió, aunque su voz aún cargaba el peso del dolor—. No quiero seguir pensando en esto, al menos por un rato.
—Por supuesto —respondió Mapi, intentando inyectar algo de energía en la situación—. Podemos ver una película, o salir a caminar… lo que necesites.
—Sí, lo que quieras, Alexia —agregó Ona con una sonrisa suave—. Estamos aquí para lo que necesites.
Alexia asintió, agradecida por tenerlas a su lado en un momento tan difícil. Sabía que el dolor no desaparecería de inmediato, pero con el apoyo de sus amigas, quizás, solo quizás, podría empezar a sanar.
Las tres se acomodaron en el sofá, encendiendo la televisión en busca de una distracción, cualquier cosa que pudiera ofrecer un respiro, aunque fuera temporal. El dolor de Alexia no se disiparía con facilidad, pero al menos, por ese momento, no estaba sola en su sufrimiento. Y en ese pequeño acto de compañía, encontró una chispa de esperanza que podría, con el tiempo, ayudarla a superar la tormenta que la envolvía.
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𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔
AcakYara, una jugadora de fútbol poco conocida, se une a la selección española, deseando conocer a sus mayores inspiraciones, pero encuentra a Alexia Putellas muy distante con ella. A medida que Yara busca su lugar en el equipo, descubre que la frialda...
