Capitulo 80

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Las semanas habían pasado lentamente para Yara desde que llegó a Inglaterra. Los días transcurrían como una rutina insípida y predecible, con la misma repetición de entrenamientos y partidos, y aunque se había adaptado al estilo de juego del Manchester United, algo en su interior seguía sin encajar. El equipo era bueno, las instalaciones de primer nivel, y sus nuevas compañeras la trataban bien. Sin embargo, el vacío que sentía no se llenaba con nada. Su cuerpo estaba allí, en Inglaterra, pero su corazón había quedado atrapado en Barcelona, junto a las personas que realmente le importaban.

La añoranza por sus amigas se hacía más fuerte con cada día que pasaba. Recordaba las bromas de Mapi, la calma de Ona en los momentos difíciles, y, por supuesto, la presencia constante y reconfortante de Alexia. En sus entrenamientos en Manchester, sentía la ausencia de esas dinámicas que había compartido con ellas; el silencio en el vestuario del United le parecía ensordecedor en comparación con las risas y los comentarios rápidos que solían acompañar sus preparaciones en el Barça. Cada pequeña rutina que antes consideraba normal se había vuelto un doloroso recordatorio de lo que había perdido.

Con cada gol que anotaba, Yara solía celebrar con una sonrisa forzada, sintiendo que faltaba algo. Las felicitaciones de sus nuevas compañeras eran agradables, pero nunca lograban apagar la sensación de pérdida que la atormentaba. A menudo, después de los partidos, se encontraba revisando su teléfono, casi por reflejo, esperando un mensaje de Ona o Mapi, o, en los momentos más oscuros, un mensaje de Alexia, pero la pantalla siempre estaba en blanco. La orden de Olga había sido clara: no debía tener contacto con nadie del Barça, y Yara temía que sus amigas pensaran que las había traicionado deliberadamente. Esa idea la desgarraba por dentro.

El 10 de abril se acercaba rápidamente. Era una fecha que solía esperar con ilusión, un día que, en años anteriores, había sido sinónimo de alegría y amor... pero este año sabía que las cosas serían diferentes. Este cumpleaños sería uno de los peores, y ella era completamente consciente de ello. Sabía que no recibiría ningún mensaje de Alexia, ni de Ona, ni de Mapi, y ese pensamiento la llenaba de una tristeza insondable. La sola idea de pasar ese día sin las personas que significaban todo para ella era desoladora.

La noche anterior a su cumpleaños,  no pudo evitar sentirse invadida por la melancolía. Se tumbó en la cama de su apartamento, mirando el techo, mientras los recuerdos la asaltaban sin piedad. Pensaba en Alexia, en cómo solía hacer que cada cumpleaños de la gente que quería fuera especial, en cómo la hacía sentir querida. Pero este año, todo sería diferente. Este año, Alexia no estaría allí para darle un abrazo o sorprenderla con algún detalle. Este año, estaba sola.

Después de horas de insomnio, una idea se le ocurrió. Se levantó de la cama, se sentó en el borde, y encendió la lámpara de noche. Sabía que necesitaba algo que le ayudara a enfrentar la realidad, algo que la mantuviera conectada con el pasado, con la persona que más amaba. Decidió que al día siguiente, su regalo para sí misma sería un tatuaje, un símbolo que le recordara siempre a Alexia, un gesto permanente que llevaría consigo sin importar a dónde la llevara la vida.

El 10 de abril amaneció gris, como si el cielo reflejara su estado de ánimo. Yara se levantó temprano, sintiendo el peso de la soledad más fuerte que nunca. Después de ducharse y vestirse, salió del apartamento sin mucha prisa, caminando por las calles de Manchester con las manos en los bolsillos, su mente ocupada en pensamientos sombríos. Las calles estaban llenas de vida, pero ella se sentía desconectada, como si fuera una extraña en un lugar desconocido.

Cuando llegó al estudio de tatuajes, una pequeña tienda en una esquina discreta de la ciudad, su corazón latía con fuerza. No era la primera vez que se hacía un tatuaje, pero este tenía un significado especial, y la nerviosidad se mezclaba con la tristeza en su interior. El estudio estaba tranquilo, con un ligero olor a desinfectante que llenaba el aire. El tatuador, un hombre mayor con una larga barba blanca y ojos cansados, la recibió con una sonrisa amistosa.

—¿Qué puedo hacer por ti hoy? —preguntó con una voz grave pero amable.

Yara le explicó lo que tenía en mente, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Sabía que este tatuaje no era simplemente un dibujo en su piel, sino un símbolo de todo lo que había perdido, de lo que había sacrificado. Quería un pequeño delfín en el antebrazo derecho, con la letra “A” justo debajo. No explicó el significado detrás de la elección, pero el tatuador pareció entender que era algo importante para ella.

Mientras se preparaba para el tatuaje, Yara se sentó en una silla frente a una gran ventana que dejaba entrar la luz tenue del día nublado. Observó cómo el tatuador dibujaba con cuidado el diseño en su piel, trazando líneas suaves y precisas. El zumbido de la máquina de tatuar comenzó, y aunque sintió el dolor punzante de la aguja, Yara encontró en él un extraño consuelo. Era un dolor físico que podía soportar, una distracción de la agonía emocional que la había estado consumiendo desde que dejó Barcelona.

A medida que el tatuaje tomaba forma, Yara se dejó llevar por los recuerdos. Pensó en Alexia, en cómo habían compartido sus sueños y planes para el futuro. Soñaban con jugar juntas durante años, con conquistar el mundo del fútbol una al lado de la otra. Pero todo eso se había desmoronado, y ahora Yara se encontraba sola en un país extranjero, con solo el recuerdo de esos sueños para consolarla. El delfín que ahora se formaba en su piel simbolizaba tanto: los momentos felices, las risas, los pequeños detalles que hacían su relación única.

Cuando el tatuaje estuvo terminado, Yara miró su antebrazo con una mezcla de orgullo y tristeza. El pequeño delfín, tan delicado y detallado, parecía nadar en su piel, y la letra “A” debajo era un recordatorio constante de la persona que siempre llevaría en su corazón. Supo en ese momento que este tatuaje sería su forma de mantener a Alexia cerca, incluso si estaban separadas por la distancia y el tiempo.

—Es un buen tatuaje —dijo el hombre mientras limpiaba los restos de tinta y sangre—. ¿Tiene algún significado especial?

Yara solo pudo asentir, incapaz de expresar con palabras todo lo que ese pequeño símbolo representaba.

—Sí, lo tiene.

Pagó el tatuaje y salió del estudio, sintiendo la brisa fresca en su rostro mientras caminaba de vuelta a su apartamento. Había una cierta paz en su corazón, un alivio tenue al saber que, aunque había perdido tanto, algo de Alexia estaría siempre con ella. El tatuaje era una promesa silenciosa, un recordatorio de que, sin importar lo que ocurriera en el futuro, Yara siempre la recordaría.

Esa noche, cuando llegó a casa, el teléfono de Yara vibró con mensajes de cumpleaños de sus nuevas compañeras de equipo y de algunos antiguos conocidos. Agradeció cada uno, pero su mente estaba en otro lugar, en otra persona. Se quedó mirando el tatuaje una vez más, tocando suavemente el delfín con la punta de sus dedos. Ese pequeño símbolo era ahora su conexión más cercana con Alexia, un gesto permanente que llevaría con ella en cada partido, en cada gol.

A la mañana siguiente, Yara se despertó temprano, preparándose para un nuevo día de entrenamiento. Mientras se ponía la camiseta del equipo, sus ojos se detuvieron en su antebrazo derecho. Sabía que cada vez que saliera al campo, ese tatuaje estaría allí, recordándole por qué jugaba, por quién jugaba. Yara no podía evitar imaginar el escenario en el que, después de marcar un gol, señalaría su tatuaje. Tal vez, si el destino era lo suficientemente benévolo, Alexia estaría viendo, y comprendería que Yara nunca la había olvidado, que siempre la llevaba en su corazón, sin importar las circunstancias.

El entrenamiento ese día fue intenso, como todos los días en el Manchester United, pero se sintió más enfocada, más determinada. Su nuevo tatuaje le daba una fuerza renovada, una razón para seguir adelante a pesar de todo. Sus compañeras notaron el cambio, la energía diferente que traía al campo, pero nadie hizo preguntas. Yara prefería mantener sus pensamientos para sí misma, sabiendo que ese pequeño delfín en su piel contenía una historia que solo ella y Alexia entenderían completamente.

A medida que avanzaba el día, Yara se encontró pensando menos en el dolor de la separación y más en cómo honrar lo que había compartido con Alexia, cómo seguir adelante sin olvidar lo que habían significado la una para la otra.

𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora