Yara se encontraba en el avión, mirando por la ventana mientras el equipo viajaba hacia Barcelona. El sol empezaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja suave. Sus compañeras de equipo charlaban animadamente a su alrededor, emocionadas por la oportunidad de jugar la final de la Champions. Pero ella, atrapada en sus pensamientos, apenas podía oírlas.
Desde que había sido secuestrada, su vida se había vuelto una pesadilla. Sabía que no podía hablar con nadie que conociera, que debía mantenerse al margen, incluso si eso significaba alejarse de quienes más amaba. Sabía que la estaban vigilando, que cualquier desliz podría costarle caro, no solo a ella, sino también a sus amigas.
Al llegar a Barcelona, Yara mantuvo su actitud reservada, evitando cualquier interacción innecesaria con sus compañeras. Pero no podía evitar el temor constante que la acompañaba. Temía lo que podría suceder si las cosas se salían de control. Pero sobre todo, temía que sus amigas descubrieran la verdad antes de que pudiera encontrar una salida.
Tres días antes del gran partido, el equipo decidió salir a tomar algo. No tenían nada que hacer y querían relajarse antes de la final. Yara, a pesar de sus reticencias, se vio obligada a acompañarlas. Entraron en un pequeño bar en el centro de la ciudad, un lugar tranquilo y apartado, perfecto para relajarse sin atraer demasiada atención.
—¡Vamos, Yara, tómate algo! —insistió Marta, una de sus compañeras—. Necesitas relajarte un poco. Estamos en Barcelona, y tenemos que disfrutar antes del partido.
Yara sonrió levemente y asintió, pidiendo una bebida sin alcohol. Se sentó en una mesa en la esquina, intentando pasar desapercibida mientras sus compañeras charlaban y reían. Estaba a punto de perderse en sus pensamientos de nuevo cuando la puerta del bar se abrió, y un grupo de mujeres entró con energía.
Alzó la vista instintivamente y su corazón se detuvo. Eran las jugadoras del Barça, el equipo rival al que enfrentarían en la final. Entre ellas, estaban Alexia, Mapi y Ona, entrando al bar con una expresión relajada y divertida, que desapareció al instante cuando sus miradas se cruzaron con la de Yara.
—¿Es ella? —murmuró Ona, sus ojos fijos en Yara, mientras su cerebro trataba de procesar lo que estaba viendo.
—No puede ser… —susurró Mapi, quedándose paralizada.
Alexia no dijo nada, pero su expresión lo decía todo. Habían pasado meses desde la última vez que la vieron, y verla ahora, tan cerca, las dejó completamente desconcertadas. Yara, con el corazón acelerado, apartó la mirada bruscamente. Sabía que no podía mirarlas, no podía arriesgarse a un reencuentro, aunque cada fibra de su ser gritara por correr hacia ellas y abrazarlas. Se quedó inmóvil, luchando con todas sus fuerzas contra las emociones que la invadían.
Alexia, Mapi y Ona entendieron al instante. No podían acercarse, no podían arriesgarse a poner en peligro a Yara, no sin saber lo que estaba en juego. Se quedaron de pie, observando con una mezcla de dolor y confusión, antes de moverse lentamente hacia una mesa en la parte opuesta del bar.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Ona, notando que Alexia no podía apartar los ojos del hombre en la barra.
Alexia tragó saliva, su rostro palideciendo.
—Ese hombre estuvo siguiendo a Yara cuando la busqué en el parque cuando recibí el mensaje anónimo que decía que Yara me estaba engañando contigo, y cuando fui a buscarla, él estaba allí, siguiéndola. Si no hubiera llegado a tiempo, no sé qué hubiera pasado.
Ona y Mapi intercambiaron miradas preocupadas. La información de Alexia aumentó la tensión en el grupo. El hombre parecía estar allí con un propósito, y ahora su presencia confirmaba sus peores temores.
—¿Qué hacemos? —preguntó Mapi, ansiosa.
—Nos quedamos quietas —dijo Alexia, manteniendo la voz baja—. No podemos hacer nada que ponga en peligro a Yara. Solo observamos y esperamos el momento adecuado.
Pasaron unos minutos en los que la tensión no hizo más que aumentar. Yara, consciente de que Alexia, Mapi y Ona estaban observándola, intentaba con todas sus fuerzas participar en la conversación de sus compañeras de equipo, pero le resultaba casi imposible. Su mente estaba en otro lugar, vigilando de reojo al hombre en la barra y a sus amigas, temiendo por lo que pudiera ocurrir.
Finalmente, la puerta del bar se abrió de nuevo, y una figura que Yara temía más que a nadie entró con paso firme: Olga. Alexia, al ver a Olga, sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago. Sabía que la situación estaba a punto de empeorar.
Olga, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, se acercó a la mesa de Yara como si hubiera llegado allí por pura casualidad y se conociesen de toda la vida.
—¡Qué sorpresa encontrarte aquí, Yara! —dijo con una voz cargada de falsa amabilidad—. No esperaba verte hasta el partido.
Yara levantó la cabeza, obligándose a devolver la sonrisa aunque su corazón latía desbocado.
—Sí, una coincidencia —respondió, manteniendo su voz lo más neutral posible.
Olga se sentó junto a Yara, sin ser invitada, y lanzó una mirada furtiva hacia la otra mesa, donde Alexia, Mapi y Ona observaban con una mezcla de impotencia y rabia.
—He oído que tienes muchas ganas de ganar este partido —dijo Olga, mientras clavaba sus ojos en Yara, quien luchaba por no dejar ver el miedo que la invadía—. Será interesante ver quién se lleva la copa este año.
Yara sintió un escalofrío al escuchar esas palabras, pero no podía permitirse mostrar debilidad. No podía poner en peligro a sus amigas, así que forzó una sonrisa.
—Haremos lo posible por ganar, como siempre —respondió, manteniendo su tono calmado.
Olga se inclinó hacia Yara, acercándose peligrosamente.
—Recuerda lo que está en juego, Yara. No querrás que alguien salga lastimado, ¿verdad?
Las palabras de Olga eran una amenaza clara, una que Yara no podía ignorar. Asintió, sabiendo que estaba atrapada y que cualquier movimiento en falso podría costarle caro.
Al otro lado del bar, Alexia, Mapi y Ona observaban, sabiendo que cualquier intento de acercarse podría desencadenar una tragedia. El hombre en la barra seguía allí, vigilando, y ahora, con Olga en la escena, la situación era aún más peligrosa.
Finalmente, Olga se levantó, lanzando una última mirada de advertencia a Yara antes de acercarse al hombre de la barra.
El bar estaba cargado de una tensión palpable cuando Olga se acercó al hombre de la barra. Con una mirada rápida de entendimiento, él asintió y se levantó, saliendo del bar con una determinación que desalentaba a todos los presentes. Olga se dirigió hacia la mesa donde Alexia, Mapi y Ona estaban sentadas, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.
—¡Hola, chicas! —dijo Olga, su tono más amistoso de lo que realmente sentía—. ¿Cómo va todo?
Alexia, con una mezcla de enfado y determinación en su mirada, respondió con frialdad.
—Todo está bien. No hay mucho que decir. —Su voz estaba cargada de una hostilidad apenas contenida.
Mapi y Ona intercambiaron miradas, pero se limitaron a asentir en silencio. La presencia de Olga era incómoda, y Alexia claramente no estaba dispuesta a hacer concesiones.
Olga, con un brillo de curiosidad en sus ojos, miró hacia la mesa de Yara.
—¿No vais a saludar a Yara? Después de todo, habéis compartido tantas cosas, ¿no?
Alexia frunció el ceño, intentando ocultar el dolor que sentía por la situación. Su voz, cargada de desdén, cortó el aire.
—No tengo ninguna intención de acercarme a ella. Lo que ella haga no es mi problema.
Olga levantó una ceja, pero no dijo nada. Su sonrisa se volvió más amplia, satisfecha con la respuesta de Alexia. La conversación continuó de manera trivial, pero la tensión era evidente para todos en el bar.
Unos minutos después, Yara se levantó de su asiento y se dirigió al baño. La desesperación y el dolor la estaban consumiendo, y no pudo soportar más. Las lágrimas comenzaron a caer en cuanto cerró la puerta del baño detrás de ella. Se dejó caer sobre el lavabo, tratando de contener el llanto mientras el dolor la atormentaba. Permaneció allí, con el tiempo pasando lentamente, hasta que finalmente salió, con los ojos hinchados y la expresión visiblemente perturbada.
Las compañeras de equipo de Yara, junto con Alexia, Mapi, Ona y Olga, notaron inmediatamente el cambio en su apariencia. Las jugadoras del Manchester, preocupadas, se acercaron a Yara, rompiendo el silencio que había quedado tras su regreso.
—¿Estás bien, Yara? —preguntó una de ellas con preocupación.
Yara intentó sonreír, aunque era evidente que el dolor todavía la afectaba.
—Sí, solo… —hizo una pausa para recuperar el aliento—. Solo tengo unos cólicos bastante fuertes. Me va a venir la regla y me está doliendo mucho. Puede que parezca un poco infantil, pero me duele demasiado, es algo que siempre me ha pasado y que no puedo controlar.
Buscó en su bolso y pidió a sus compañeras si alguna tenía un Ibuprofeno. Rápidamente le ofrecieron una pastilla, que Yara tomó con agradecimiento. Luego se sentó de nuevo con ellas, intentando ocultar el malestar.
—Si necesitas descansar o irte al hotel, dínoslo. No queremos que te sientas mal —le dijo una de sus compañeras con amabilidad.
Yara asintió, tratando de mantener la compostura.
—Gracias, pero creo que estaré bien. Solo necesito un poco de tiempo y probablemente se pase. Espero que el Ibuprofeno haga efecto pronto.
Desde la mesa de al lado, Alexia, Mapi y Ona observaron la escena en silencio. Aunque sus sentimientos estaban en conflicto, sabían que no podían acercarse sin poner a Yara en peligro. La llegada de Olga al bar y su comportamiento descarado sólo añadieron a la complejidad de la situación.
Olga, al ver que las chicas no tenían intención de acercarse a Yara, dejó escapar una sonrisa triunfante. Se levantó de la mesa, preparándose para irse.
—Ha sido un placer veros —dijo con una sonrisa—. Disfrutar de la noche.
Alexia, Mapi y Ona la miraron mientras se alejaba, sintiendo una mezcla de frustración y impotencia. Olga se dirigió hacia la salida, y el hombre de la barra la esperaba en la puerta, saludándola con una inclinación de cabeza antes de irse los dos juntos.
Las tres amigas se quedaron sentadas, con una sensación de desasosiego que parecía llenar el bar. Yara, al volver a su mesa, intentó retomar la conversación, pero el ambiente seguía cargado. Las palabras eran superficiales, y el dolor emocional y físico que sentían parecía envolverse en un manto de tristeza compartida.
Alexia, Mapi y Ona sabían que no podían hacer nada en ese momento para cambiar la situación. Sin embargo, estaban decididas a encontrar una solución, no solo para proteger a Yara, sino también para enfrentar a Olga y desmantelar su juego cruel.
El tiempo seguía avanzando, y con él, la urgencia de resolver la situación antes de la final se volvía cada vez más evidente.
Vaya lucha de sentimientos que están teniendo aquí nuestras chicas.
¿Vosotrxs qué harías en esta situación?
¿Creéis que pasará algo inesperado?
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𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔
De TodoYara, una jugadora de fútbol poco conocida, se une a la selección española, deseando conocer a sus mayores inspiraciones, pero encuentra a Alexia Putellas muy distante con ella. A medida que Yara busca su lugar en el equipo, descubre que la frialda...
