Capitulo 79

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Yara entró al apartamento en Inglaterra como si fuera una autómata. Cada paso que daba en el piso de madera resonaba en el silencio absoluto del lugar, amplificando el eco de su soledad. Dejó caer las llaves en la mesa junto a la entrada y avanzó por el pasillo con la mirada perdida, sin fijarse en los detalles del espacio que ahora se suponía debía llamar “hogar”. La realidad de todo lo que había dejado atrás en Barcelona se abatía sobre ella como una tormenta.

Cuando finalmente llegó a la habitación principal, dejó caer la maleta al suelo sin preocuparse por el ruido que hizo al golpear las baldosas. Lo único que pudo hacer fue ir directamente a la cama y dejarse caer sobre ella, como si el peso de todo lo que estaba sintiendo la hubiera derrumbado por completo. El colchón cedió bajo su peso, y en cuestión de segundos, el dolor que había estado intentando contener se desbordó.

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos como un torrente imparable, empapando la almohada mientras sollozaba con una intensidad que la hacía temblar. El dolor era demasiado, se sentía como si cada fibra de su ser estuviera siendo desgarrada. Había imaginado muchas veces cómo sería la vida si algo saliera mal, si todo se viniera abajo, pero nunca había pensado que sería así, que se sentiría tan perdida, tan rota.

Mientras yacía allí, las imágenes de Alexia se repetían en su mente una y otra vez, cada una más dolorosa que la anterior. Recordó cómo la había mirado por última vez, antes de partir, sabiendo que la próxima vez que Alexia escuchara sobre ella sería a través de la nota que había dejado en la cocina. La nota que no decía la verdad, que no le contaba lo que realmente había sucedido. Yara había escrito esas palabras con la mano temblorosa, sabiendo que con cada línea estaba destrozando el corazón de la persona que más amaba en el mundo.

La imagen de Alexia leyendo esas palabras la hacía sollozar aún más fuerte. Era un dolor casi físico, una presión en su pecho que la asfixiaba. El hecho de que Alexia creyera que había sido una decisión voluntaria, que realmente había querido dejarla, era un peso que Yara sabía que llevaría para siempre. La culpa y la impotencia la consumían. Sabía que nunca podría explicarle lo que había pasado, que nunca tendría la oportunidad de decirle que la había amado más que a nada en el mundo, pero que había sido forzada a dejarla.

Olga. Su nombre surgió en medio de la tormenta de pensamientos, llenando a Yara de una mezcla de rabia y desesperación. ¿Cómo había podido hacer algo así? ¿Cómo había sido capaz de manipularla de tal manera, de amenazarla con algo tan valioso, tan sagrado, como el bienestar de Alexia? El egoísmo de Olga era insondable. No podía entender cómo alguien que había estado cerca de ella, que supuestamente la conocía y la apreciaba, podría destruirla de esa manera.

Yara recordó las palabras de Olga, esas que la habían hecho tomar la decisión más difícil de su vida. “Si realmente amas a Alexia, harás lo que te pido. O me aseguraré de que lo pierda todo.” El tono frío y calculador con el que lo había dicho le helaba la sangre. Sabía que Olga era capaz de cumplir su amenaza. Sabía que, si no hacía lo que le pedía, Alexia sufriría las consecuencias. No podía permitirlo. No podría vivir con ella misma si algo le pasara a Alexia por su culpa.

El teléfono de Yara vibró en la mesilla, sacándola momentáneamente de sus pensamientos. No quería contestar, no quería hablar con nadie, pero algo en su interior la obligó a cogerlo. Tal vez, en el fondo, una pequeña parte de ella deseaba que fuera Alexia, que hubiera encontrado la manera de contactarla, de romper el silencio que había impuesto entre ellas. Pero cuando miró la pantalla, su corazón se hundió aún más. Era un mensaje de un número desconocido.

”Ya está todo arreglado con el Barça. Ya les han comunicado que has dejado el equipo y que no quieres que te contacten. Todo según lo planeado.”

Al leer esas palabras, sintió que algo dentro de ella se rompía de nuevo. La ira que había estado conteniendo, el dolor y la frustración, todo explotó en un solo instante. La respiración se le aceleró y lanzó el teléfono al otro lado de la habitación con un grito ahogado. Lo oyó estrellarse contra la pared, pero no le importó.

¿Cómo podía Olga ser tan cruel? ¿Cómo podía ser tan despiadada al punto de arrebatarle todo lo que alguna vez había sido importante para ella? Se levantó de la cama de un salto, comenzando a caminar de un lado a otro de la habitación, sus manos temblaban de la rabia. Olga había planeado todo esto meticulosamente, desde su salida de Barcelona hasta el mensaje que acababa de recibir, asegurándose de que no tuviera escapatoria, de que no hubiera manera de que se defendiera.

Yara quería romper algo, golpear algo, desahogar la rabia que la consumía, pero sabía que no serviría de nada. Nada de lo que hiciera cambiaría lo que había pasado. Nada de lo que hiciera le devolvería a Alexia. Se dejó caer de nuevo en la cama, la energía abandonándola tan rápido como había llegado.

Mientras se acurrucaba sobre las sábanas, su respiración pesada y descontrolada, su mente volvió a ella. Pensó en cómo sería para ella seguir adelante, cumplir sus sueños sin que estuviera a su lado. La idea la destrozaba, pero sabía que era lo mejor. Tenía que serlo. Alexia merecía ser feliz, merecía alcanzar todo lo que siempre habían soñado, incluso si no podía estar allí para verlo.

La idea de observarla desde la distancia, sin poder acercarse a ella, sin poder apoyarla o consolarla, era insoportable. Pero Yara se obligó a aceptar esa realidad. Lo haría por Alexia, porque la amaba demasiado como para dejar que sus propios errores y decisiones la afectaran más de lo que ya lo habían hecho.

La ira se desvaneció lentamente, dejándola vacía, con solo un profundo dolor que parecía no tener fin. Cerró los ojos, intentando imaginar un futuro en el que Alexia fuera feliz, un futuro en el que cumpliera todos sus sueños, aunque tuviera que hacerlo sin ella. El amor que sentía era tan fuerte que estaba dispuesta a sacrificar su propia felicidad por verla alcanzar la suya.

Sabía que viviría con ese dolor el resto de su vida. Que siempre la echaría de menos, que siempre sentiría ese vacío en su pecho, Pero si eso significaba protegerla, si eso significaba que ella podría seguir adelante y ser feliz, entonces lo aceptaría porque, en el fondo, sabía que el amor verdadero no siempre significaba estar juntos, sino desear lo mejor para la otra persona, incluso si eso significaba dejarla ir.

Yara se quedó allí, en la oscuridad de su nuevo apartamento, dejando que las lágrimas continuaran cayendo, sabiendo que, aunque había perdido a la persona más importante en su vida, siempre llevaría su amor en el corazón, un amor que la guiaría a la distancia, observándola, protegiéndola, amándola… siempre.

𝑯𝒂𝒔𝒕𝒂 𝒍𝒂 𝒖́𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒇𝒍𝒐𝒓...🥀🐬- 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒂 𝑷𝒖𝒕𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora