Eclipsada en lujos, nepotismo y privilegios, Jennie pensaba que su vida sería así para siempre. Se había abandonado a las circunstancias en las que nació; reprimida por el patriarcado, robotizada en protocolos y amada por millones de ciudadanos simp...
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QUE NO SALGA LA LUNA (Cap.2: Boda)- Rosalía
Si hay alguien que aquí se oponga Que no levante la voz (Que no lo escuche la novia)
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El diecinueve de enero del 2026 Jennie cumplió treinta años.
La joven sintió el frío de enero calando sus huesos desde mucho antes de que abriera los ojos. En la inconsciencia de sus sueños, Jennie apenas pudo dormir en toda la noche porque estaba ansiosa por ese día.
Casi por primera vez en su vida se sentía plena y afortunada de poder estar en pie un año más.
Y no cumplía cualquier edad.
30.
El tercer escalón de la vida, algo tan arbitrario en teoría y tan pesado en la práctica, el número que de alguna forma la humanidad había decidido que marcaba el fin de una cosa y el comienzo de otra sin que nadie hubiera pedido opinión al respecto. Pero Jennie no lo sentía como un peso sino como todo lo contrario, como el tipo de número que solo podía mirarse con gratitud cuando se consideraba todo lo que había tenido que pasar para llegar a él. Había cumpleaños que eran un trámite y había cumpleaños que eran un milagro pequeño y silencioso.
Este era de los segundos.
Jennie parpadeó varias veces y movió su rostro a la ventana aunque sabía que aún la luz no entraría todavía por las cortinas. Agudizó sus oídos, aún sí el resto del apartamento no entraba en el ruido de siempre.
Giró la cabeza, Lisa dormía a su lado con una calma extraña en su persona, respirando despacio, con el cabello negro y largo esparramado sobre la almohada. Rosé había estado peleando con ella las últimas semanas, diciéndole que tenía un cabello de ensueño pero que era poco práctico para el día a día. Jennie recordaba mirarlas pelear por un nuevo corte mientras cortaba los tomates para la crema del almuerzo. Una vez más, Lisa no había cedido ante nadie.
Jennie sonrió por inercia, acercándose lo suficiente para apoyar su cabeza sobre el pecho de Lisa. Cerró los ojos escuchando el sonido de su corazón tranquilo y eso fue suficiente para empezar el día.
Se preparó un café, fue a visitar a los dos bebés de dos años y dos meses dormidos en su habitación, miró a Londres despertando desde el ventanal de la cocina y volvió a sonreír para ella otra vez.
La ciudad había cambiado en un año de formas que eran visibles y otras que no lo eran. Las cicatrices más grandes estaban cubiertas de andamios y grúas, edificios que se reconstruían despacio pero con determinación, aún sí no supieran cuanto iban a tardar.