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25 de marzo de 2022

Querida Julia:

Terminó el primer trimestre de 1964. Y comenzaron a manifestarse las señales de que todo iba a empeorar.

Caracas era una ciudad grande, claro, no comparada a lo que es ahorita. Y era muy difícil que los rumores corrieran, que todos se conocieran y los secretos no existieran; sin embargo, el sector donde vivíamos era como una pequeña gran familia y era muy raro si no conocíamos a la mayoría. Por eso es que poco a poco los susurros de las personas fueron colándose en la casa de los Quiroga, entraban por los resquicios de las puertas, escondidos en nuestra ropa, a través de los niños, en la comida, con los visitantes, ¡por todas partes! Intentamos no prestar atención al principio, Claudia siempre estaba pendiente de desviar las conversaciones cuando se acercaban a ese tema; no obstante, tú te diste cuenta de cómo Pablo se fue distanciando de nosotras, a ser más observador, a estar pendiente de absolutamente todo.

Se fue instalando una tensión insoportable en la casa. Las primeras semanas se podía pasar por alto, lo atribuíamos a que Pablo estaba bajo mucha presión en el trabajo por una fusión que hubo entre dos clínicas y corría el riesgo de ser despedido. No sé cuándo él encaró a Claudia por primera vez, ella me lo dijo a mediados de mayo, pero estoy segura de que fue antes.

—Lo último que quiero es que haya problemas entre ustedes por nuestra culpa —le comenté, apenas me lo hizo saber.

—No se preocupe, Isabel. Le he dicho a mi marido varias veces que todo lo que llega a nuestros oídos es mentira, que su familia está resentida por lo que pasó con Arturo.

—¿Y qué excusa tengo yo? —preguntaste tú, inquieta.

Estábamos en las gradas de un pequeño estadio. José, Simón, Álvaro y Elías estaban jugando fútbol con unos amigos y nosotras habíamos ido a acompañarlos; ahí fue donde Claudia decidió comentarnos el problema inminente, aprovechando que no tendríamos interrupciones y nadie nos escucharía.

—Mantengo mi versión de que su familia la trataba mal, aunque no sé por cuánto tiempo pueda mantenerla. Pablo se está volviendo un poco paranoico con todo esto, duda de todo y siento que no pasará mucho tiempo antes de que también dude de mí.

Nos quedamos en silencio, mirando cómo pateaban el balón de un lado a otro. Teníamos que hacer algo, pero no se me ocurría qué; ya no tenía dinero, así que no podíamos buscar un lugar donde quedarnos; aún no conseguía un trabajo, tú tampoco. Necesitaba encontrar una solución, y rápido.

Con amor,

Isabel 

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