[Sábado, veintinueve de diciembre. Siete de la mañana.]
Un hombre se acercó al taxi, y ayudó a las Winkler a bajar las maletas. Layla tomó la suya, al igual que Antonia y se metieron al aeropuerto. Se acercaron con la recepcionista, les dio los boletos con destino a México. Se sentaron en unas bancas y esperaron.
Layla prefirió no hablar con Antonia, ya que esta estaba completamente nerviosa, y se concentró en mirar un avión que despegaba.
Llamaron a las personas con destino a México, las dos se pusieron de pie con las maletas y en unos minutos después se encontraban a bordo del avión.
-¿No estás nerviosa? –Preguntó Layla.
-Sí, estoy muy nerviosa.
-Yo estoy ansiosa, quiero conocer a mi abuela –Dijo Layla emocionada.
-Cuando la conozcas te arrepentirás de lo que estás diciendo –Dijo Antonia.
Layla solo la miró, para después ignorar lo que había dicho su madre y demostrarle que no le importaba.
Después de una hora de silencio, Layla sacó su celular, conectó los auriculares y empezó a escuchar algo a lo que ella llamaba “buena música” subió todo el volumen, cerró los ojos y en su rostro se dibujo una sonrisa, se veía totalmente relajada.
En unas horas, Layla ya se encontraba dormida, al igual que Antonia.
[México. Sábado veintinueve de diciembre, dos mil siete. Cinco de la tarde]
Despertaron. Todos se ponían de pie y bajaban del avión, ellas hicieron lo mismo. Acababan de llegar a Guadalajara, México.
-¿Tan rápido? –Preguntó Layla.
-Sí, a mí también me parece raro –Dijo Antonia.
-¡Dios mío! ¿Vamos ya con mi abuela? –Preguntó Layla con una sonrisa en su rostro.
-Sí. –Contesto Antonia malhumorada.
Salieron del aeropuerto y tomaron inmediatamente un taxi, subieron las maletas a la cajuela y Antonia dio la dirección de su madre al señor del taxi.
Después de treinta minutos, el taxi se detuvo en frente de una casa grande, blanca y limpia. Layla fue la primera en bajar. Ayudó al chofer a bajar las maletas, tomó la suya y corrió a tocar el timbre de la puerta.
Una señora abrió la puerta, era alta, de tez blanca, cabello castaño claro con canas, ojos verdes penetrantes y una sonrisa muy parecida a la de Layla.
-¿A quien busca? –Preguntó la señora. En español
-Busco a Paula –Dijo Layla girando la cabeza hacia su madre, con un español de un acento diferente.
“Es tan raro hablar español, tengo mucho que no lo hablo, hace como tres años”-pensaba Layla –“¿Lo habré hablado bien?”
-Sí, soy yo ¿Qué se le ofrece? –Preguntó la señora.
Paula dirigió su mirada hacia Antonia, sus ojos se cristalizaron y Antonia corrió para después darle un abrazo a su madre. Terminaron con el abrazo.
-Pasen – Dijo Paula, haciéndose para un lado, dejando ver una casa amplia. Las paredes estaban pintadas de color rosa claro y estaban llenas de cuadros. Los sillones eran de color crema. El comedor era de madera, lucía elegante. Entraron. Paula se acercó a Layla y le dio un fuerte abrazo.
-¡Que linda eres! – Dijo mirándola con sus ojos verdes, iluminados.
-Gracias, lo mismo digo de usted –Dijo Layla correspondiéndole el abrazo.
-Háblame de ti – dijo Paula, todavía mirando a Layla.
-Solo recuerdo poco de cuando era más pequeña –Dijo Layla mientras tomaba asiento en uno de los sillones – Cuando tenía tres años me diagnosticaron Leucemia – Cuando mencionó esto, Paula se sobresaltó – Y mi padre, al saber la noticia, huyó, dejando a mi mamá a cargo de mi y de mi enfermedad.
-Y… ¿Ya no tienes leucemia? –Preguntó Paula.
-No, ya desde hace dos años se fue – Dijo Layla, tocando su cabello lacio, rubio y un poco largo.
-¿Por qué nunca contestaste la carta? –Paula se dirigió hacia Antonia.
-No lo sé, todavía te guardaba rencor, hasta el lunes que Layla habló conmigo –Contestó Antonia.
“Me sorprende lo sincera que es” –pensaba Layla.
-Y, si se puede saber… ¿De qué hablaron? –Preguntó Paula.
Antonia le habló de todo.
-Debo decir que esta jovencita de doce años, piensa mejor que tu, ¡Sin ofender! –Dijo Paula.
Layla rió y Amanda solo sonrió sin enseñar sus dientes grandes y blancos.
-Y… ¿Dónde vivirán? – Preguntó Paula.
-Pensaba rentar una habitación en un hotel que vi, en el camino del aeropuerto, hasta acá –Dijo Antonia.
-¡Nada de eso! ¡Ustedes se quedarán aquí! –Dijo Paula.
-¿Segura mamá? ¿Mi papá no se molestaría? –Preguntó Antonia.
-¡No! El al igual que yo te extraña mucho, seguro se alegrará –Aseguró Paula.
-¡Ya lo quiero conocer! –Dijo Layla -¿No tiene fotos recientes de él?
-Sí, claro –Dijo Paula poniéndose de pie, subió las escaleras, para después volver con un álbum fotográfico. Enseñó todas las fotografías.
-Mamá, eres muy parecida a él –Dijo Layla.
-Sí, siempre me lo dijeron – Dijo Antonia.
Conversaron toda la tarde. Subieron las maletas al cuarto en el que dormirían y Layla sacó la caja de los recuerdos, metiéndola debajo de la cama en la que ella dormiría, ya que en el cuarto había dos camas individuales.
-¿Qué era eso? –Preguntó Antonia.
-Una caja –contestó Layla.
-Pero… ¿Qué contiene? –Preguntó Antonia.
-Recuerdos de cuando tenía Leucemia.
-Y… ¿Por qué los guardas? –Preguntó Antonia.
-Porque aunque la leucemia no sea buena, fueron los mejores años de lo que llevo de vida –Contestó Layla.
[Domingo, treinta de diciembre del dos mil siete. Diez de la mañana]
Layla despertó, miró hacia la cama de su madre, y Antonia ya no estaba, solo habían un par de sabanas muy bien dobladas. Layla decidió bajar al primer piso y en el comedor se encontraban sentados Antonia, Paula y un señor.
-Ella es mi hija, papá –Dijo Antonia dirigiéndose al señor.
-Hola Layla, yo soy Francisco, tu abuelo –Dijo el señor sonriendo.
-Hola – Dijo Layla acercándose para darle un abrazo. Francisco le correspondió el abrazo.
-Eres hermosa, te pareces mucho a tu madre – dijo.
-Gracias – Dijo Layla sonriéndole.
-Tu mamá ya me habló de ti – Dijo Francisco. Layla solo volteó a ver a su madre y ella le sonrió.
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Positive vibe...
Teen FictionLayla, una chica de dieciséis años, sufrió de una enfermedad. Al poco tiempo, esta regresa, pero no le desgarra la esperanza y felicidad que ella siente de salir adelante. Siempre sintió el desprecio de su papá, gracias a su abandono y este vuelve...
