Al día siguiente, como Layla le había prometido a Antonia, volvió al cuarto de hospital, para hablarle de lo sucedido. Antonia ya la esperaba despierta y ansiosa, aunque con un poco de nervios, aunque ella sabía que ya había acabado ese tormento.
–Cuando tu caíste inconsciente –Layla decidió ir al grano – yo intenté correr para pedir ayuda, Ernest se había alterado aún más y yo me retorcía de miedo. Al llegar a la puerta, Ernest impidió que yo saliera. Entonces escuché que alguien se acercaba. El era, evidentemente, Jack. –Le habló todo sobre la llegada de Jack y lo ya redactado –. Yo me encontraba en la sala de estar, como Ernest me lo había indicado desde la cocina, cuando el entró. Yo me puse de pie, y el de inmediato se acercó, dándome una bofetada que me tiró en el suelo.
»Siguió con muchas patadas. Yo solo trataba de no demostrarle mucho mi dolor, quería que siguiera, quería que me matara de una vez por todas para que acabara con este tormento. Tres patadas mas y terminó. El dolor era intenso, como si hubieran dejado caer un piano sobre mí. El me tomó del brazo y cuando me dirigía hacia el comedor, me raspé la cara con la pared gracias a que el pasillo era muy pequeño. La embarré toda de la sangre que me salía de mi nariz y de mi labio inferior, que se había cortado con mis dientes gracias a la bofetada que me dio Ernest.
»Me hiso sentarme en una de las sillas y comer. Yo no tenía mucha hambre así que dejé la mitad. Ernest me forzaba en acabármelo todo, y mejor le sugerí que te lleváramos a la cama.
»–Yo la quiero mucho –Dijo cambiándome el tema.
»Yo lo sé –Le contesté –. Y por eso ella se merece estar en la cama que hace trece años ustedes compartían.
»Tal parece que lo había convencido. Te cargó y te llevó hacia el cuarto, yo lo seguía. Me indicó que me fuera a mi cuarto como cuando era una bebé y que no saliera de ahí hasta cuando él fuera por mí. Minutos después volvió, había cambiado de humor y me tomó del brazo. Lo apretó fuertemente mientras sonreía perversamente, yo gemí de dolor, y él me soltó de inmediato.
»– ¡Perdóname! ¡Perdóname! –Exclamó –. ¿Te lastimé?
»Yo me enfurecí completamente, sentía como si mi cara se quemara, quería explotar. Le escupí justamente en la cara, para después salir corriendo de la habitación y correr. Abrí la puerta principal, casi llegaba a la calle, cuando sentí como me tomaba de nuevo del brazo. Me regresó por la fuerza, cerró la puerta fuertemente. Me pegó contra la pared y comenzó a ahorcarme. Sentía que me desmayaría cuando él me soltó. Cada vez que me lastimaba se arrepentía al instante y me pedía perdón, pero mi furia me ganaba. Levanté mi rodilla y le pegué en los bajos. Corrí hacia la cocina y tomé un cuchillo.
»El me perseguía, así que no tardó en entrar. Lo amenacé con aquel objeto y el comenzó a reír, lo que me hizo ver que yo era imposible de encajárselo. Traté de ser lo más fuerte posible y no solté el cuchillo. Las lágrimas comenzaron a salir y resbalar por mi rostro. La cara de Ernest cambió inmediatamente y acercándose me acarició la mejilla. Apenas le hice una raspada en la pierna con el cuchillo. El no cambió su humor y siguió cariñoso conmigo.
»–Perdóname hija, yo no quise hacer esto –Dijo –. Pero hay algo, hay algo que me fuerza a hacerlo.
»– ¿Qué? –Pregunté suavemente intentando que su humor no cambiara y que con confianza, me dijera todo.
»–El miedo, tengo miedo de ir a la cárcel –dijo Ernest –. Tengo miedo.
»– ¿Por qué sientes tanto miedo?
»–Porque Roosevelt y yo nos habíamos jurado complicidad. Yo declaré contra él y ahora el pacto se tiene que cumplir.
»Lo miré confundida. De mi cara salió todo signo de compasión, el me miró abriendo los ojos de sorpresa. Dio media vuelta y salió de la cocina. Ahora era yo quien lo perseguía. Mi curiosidad llegó a tal punto que me acerqué a él, una vez que me guió hacia la sala de espera y lo amenacé:
»–Ernest, ¿Qué parte del pacto se tiene que cumplir? –Le pregunté, el negó con la cabeza –. Ernest, si no me dices…
»–Si no te digo ¿Qué?
»Cerré los ojos y al abrirlos intenté parecer más fuerte. Ernest hiso lo mismo. En ese momento me sobresalté al ver que un chico se asomaba por la ventana. Achiné los ojos para poder ver, ya que la luz entraba bruscamente a la casa. De nuevo era Jack. Ernest salió de la sala de espera y yo le dije a Jack, sin hacer algún sonido “VETE”. El negó con la cabeza, su mirada compasiva me tranquilizaba. Escuché que Ernest subía las escaleras, temía por tu vida, así que lo perseguí. Entró al cuarto y se detuvo para caminar lentamente hacia a ti. Sus ojos se cristalizaron y se acostó al lado de ti abrazándote. Tú permanecías ahí, como si estuvieras muerta, así que no pude evitar un escalofrío. Ernest checó tu pulso y negó la cabeza mirándome, para decirme que no habías muerto.
»Sentí que era el momento apropiado para preguntarle en que terminaría el pacto que había hecho con Roosevelt, gracias a que él se veía muy sensible.
»–Papá –El me miró al instante –. ¿Qué es eso del pacto que temes que pase?
»–Aquel que había sido traicionado, tenía derecho a torturar al traidor –Contestó –. El me dará una muerte trágica.
»No sentí nada de compasión por él, al contrario, lo odié por completo. El había sido muy egoísta y solo había pensado en él. Además, ¿Nosotras que teníamos que ver en eso, para que nos secuestrara? Caminé hacia el cuarto de baño y me encerré. No pude evitar contener las lágrimas y de nuevo, estaba llorando.
»Minutos después, Ernest llamó a la puerta, pensaba no abrirle, pero noté que comenzaba a enojarse. Abrí la puerta y él se lanzó hacia mí, dándome un abrazo, pensando que yo ya lo había perdonado. Permanecí sin moverme, el deshizo el abrazo y me miró confundido.
»–Eres un egoísta.
»Salí disparada de ahí, con temor a que me hiciera daño y me metí en el cuarto en el que estabas tú y cerré la puerta con seguro, para después acostarme al lado de ti y abrazarte fuertemente. Deseaba que despertaras pero tú no dabas señales de vida, más que la lenta respiración.
»Salí para verificar que Ernest no estuviera cerca y me percaté de que él había salido. Me dirigí hacia mi habitación y me senté en la silla que se encontraba ahí, para esperar a Ernest. Pasaron horas, cuando te vi entrar.
Antonia había escuchado atentamente todo el relato. Las lágrimas salían por los ojos de las dos mujeres, que sentadas en la cama del hospital, se abrazaron.
–Lamento no haber estado, hija –Dijo Antonia.
ESTÁS LEYENDO
Positive vibe...
Ficção AdolescenteLayla, una chica de dieciséis años, sufrió de una enfermedad. Al poco tiempo, esta regresa, pero no le desgarra la esperanza y felicidad que ella siente de salir adelante. Siempre sintió el desprecio de su papá, gracias a su abandono y este vuelve...
