Layla iba caminando, cuando se le soltó la correa del cachorro, corrió para alcanzarlo, pero le parecía imposible. Seguía y seguía corriendo. Solo iba concentrada en el cachorro. Cuando vio que alguien lo cargo. Layla dirigió la mirada hacia esa persona, le parecía conocida.
-Hola, ¿es tuyo? –Le preguntó el señor.
-Sí, gracias –Dijo Layla tomando a Snoopy.
-Soy Ernest –Dijo el hombre.
-Layla.
-¡Qué raro! Así se llamaba mi hija –Dijo Ernest.
-Y mi padre se llamaba Ernest –Dijo Layla frunciendo el entrecejo.
-¿Te apellidas Winkler? –Preguntó Ernest.
-Sí – Dijo Layla comprendiéndolo todo -¿Por qué se fue?
-Hija, compréndeme, no podía asimilar lo de tu enfermedad.
-¿Cómo me pide que lo comprenda? –Preguntó Layla con sus ojos cristalizados – Y ¡NO ME LLAMES HIJA!
-Pero… lo que veo, es que no les fue mal –Dijo Ernest.
-¿Y eso qué? Señor, aléjese de mi y de mi familia ¿Ok? –Dijo Layla – Si eso es lo que quiere, ande, váyase.
-Layla… no. Yo quiero estar con ustedes.
-Si en verdad lo hubiera querido, no se hubiera ido. –Dijo Layla tratando de calmarse.
Había amarrado la correa del cachorro en un árbol que se encontraba cerca. Ahora solo apretaba los puños cada vez que se alteraba.
-No sabes cuándo duele que no me digas papá –Dijo Ernest.
-No me importa cuánto le duela. Yo no tengo papá ¿ok? Déjeme en paz –Dijo Layla.
Tomó al cachorro y se fue decidida. Las lágrimas comenzaron a caer. Ella estaba completamente desesperada. “¿A dónde voy? –Pensaba – Si voy para la casa, sabrá donde vivimos. Y es lo que menos quiero. No quiero ver a mi mamá llorando de nuevo”
-Layla –Ernest la había alcanzado y la tomo del brazo – Por lo menos llévame con tu madre. Quiero verla.
-¡NO! No sabe cuánto daño le hizo –Dijo Layla alterada –No quiero verla llorar de nuevo.
-Layla, te lo pido por favor.
-Ya le dije que no. Ahora déjeme en paz. –Dijo Layla en un hilo de voz. El nudo en la garganta no la dejaba hablar.
Ernest se fue. Layla se sentía completamente destrozada. “Siempre había querido que mi papá regresara –pensaba – no me imagine que fuera de esta manera”
Se sentó en una banca del parque y se quedó ahí. Solo repasaba las palabras que Ernest le había dicho.
-No puedo, no puedo –susurró Layla, seguía llorando.
-¿Disculpa? –se acercó un chico que pasaba justo en ese momento.
-Nada, nada –Contestó Layla secándose las lágrimas.
-¿Te puedo ayudar en algo? –Preguntó el chico.
-No, estoy… bien –Contestó Layla.
-No es lo que parece –Dijo el chico – soy Roberto.
-Layla.
-¿No eres de aquí verdad? –Preguntó Roberto.
-No. –Contestó Layla.
-Y… ¿De dónde eres?
-Alemania –Contestó Layla – Me voy.
-Sí, fue un gusto conocerte –Dijo Roberto – Adiós.
Layla solo se paró y caminó hasta llegar a su casa. Abrió la puerta y…
-¿Qué paso? –Preguntó Antonia acercándose a Layla, ya que sus ojos estaban rojos e hinchados.
-Nada, mamá, nada –Contestó Layla.
-No, estoy segura de que algo sucedió ¿Quieres que hablemos? –Preguntó Antonia.
Layla solo asintió, el nudo en la garganta se sentía más grande. Subieron las escaleras y se metieron en su cuarto.
-Ahora sí, ¿Qué paso?-Preguntó Antonia.
-Mamá, lo vi –Dijo Layla. Se lanzó hacia su madre y la abrazo. No paraba de llorar.
-¿A quien? –Preguntó su madre confundida.
-A Ernest, mamá, lo vi.
-¿Qué? ¿Dónde?
-En el parque, fui a pasear a Snoopy y ahí estaba –Contestó Layla.
-Y ¿Qué te dijo? –Preguntó Antonia con sus ojos cristalizados.
Layla le hablo de lo sucedido. A veces se detenía a tomar aire, ya que estaba muy alterada. Se quedó dormida de tanto llorar. Antonia le puso una sabana encima y le quitó los tenis. Apagó las luces y bajó al primer piso.
-Vio a Ernest –Dijo mientras bajaba el último escalón.
Paula y Francisco se sobresaltaron.
-¿Y? ¿Qué quiere? – Preguntó Paula.
-Quería verme –Contestó Antonia.
-No me digas que le dio la dirección de la casa –Dijo Paula.
-No mamá, Layla solo le dijo que se fuera.
-Lo menos que quiero es que ese hombre se les acerque. Ya les hizo mucho daño – Dijo Francisco.
-No quiero que se le acerque a Layla –Dijo Antonia.
Se quedaron conversando hacia tarde.
[Nueve de enero dos mil ocho. Doce de la tarde]
-Layla, baja a comer –Gritó Paula en las escaleras.
-Voy –Dijo Layla.
Layla corría para todos lados. Metía los útiles a su mochila, se peinaba el cabello, se ponía los zapatos, etc.
Al fin bajó y Antonia ya estaba arreglada para irse a pedir trabajo. Francisco ya se había ido y Paula servía los platos de la comida.
-¿Cómo me veo? –Preguntó Layla.
-Bien, hija. –Dijo Antonia.
-Gracias –Dijo Layla sentándose en una silla y recargándose en la mesa.
Layla se veía exhausta. Tenía sus ojos hinchados de tanto haber llorado en la noche, no se había peinado del todo. Paula dejo el plato de comida de Layla en frente de ella.
-No tengo hambre –Dijo Layla.
-¿Qué tienes hija? –Preguntó Paula.
-Nada. Estoy bien –Contestó Layla.
Antonia sabía muy bien que no estaba bien. Ya que todos estos años contestaba igual, cuando por dentro estaba destrozada.
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Positive vibe...
Teen FictionLayla, una chica de dieciséis años, sufrió de una enfermedad. Al poco tiempo, esta regresa, pero no le desgarra la esperanza y felicidad que ella siente de salir adelante. Siempre sintió el desprecio de su papá, gracias a su abandono y este vuelve...
