42. Ladrón

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A la mañana siguiente, el sol ya inundaba toda la habitación de luz, cuando abrí los ojos. Aún estaba entre las sábanas rojas pertenecientes a la cama de la habitación beige, y me sentí feliz de saber que no había sido un sueño. Todo había sido real.

Klaus me abrazaba desde la espalda, y cuando me volví... descubrí que ya estaba despierto. Sus hermosos ojos verde azulados me miraban con atención y una sonrisa casi imperceptible adornaba sus labios.

- Buenos días. – saludé con una tenue sonrisa, al tiempo que levantaba mi mano y acariciaba su mejilla.

- Buenos días. – correspondió al saludo y se inclinó para besarme. Fue un beso largo y apasionado. – Mmm... - gimió de gusto cuando hundió su rostro entre mis cabellos, y contra mi piel. – Extrañaba despertar a este olor. – entonces sonreí y deposité un beso en su hombro.

- No tendrás que extrañarlo nunca más. – aseguré, y él inmediatamente rodeó mi cuerpo con sus brazos. - ¿Cuál es el itinerario para hoy? – inquirí, entre entusiasmada y curiosa.

- No lo sé. – se encogió de hombros. – Creí que ibas a escoger un destino. – sonrió burlón.

- No me importa a donde vayamos. – contesté. – Mientras te tenga conmigo. – él sonrió y cuando estaba a punto de besarme nuevamente, alguien llamó a la puerta. Me volví extrañada. - ¿Quién podría ser? – fruncí el ceño, desconcertada. Seguía sin saber en dónde nos encontrábamos, pero no esperaba que alguien llamara a la puerta.

Klaus me miró, antes de levantarse y enroscar una de las sábanas alrededor de su cintura, para después dirigirse a la puerta. La abrió lo suficiente como para que quien estuviera afuera fuese capaz de verlo, y se repantigó contra la pared... relajado.

- Los camiones ya están aquí. – informó la voz de un hombre, uno de sus híbridos seguramente. – Estamos listos. Cuando ordenes... - finalizó, claramente esperando a que Klaus le diera una respuesta.

- Buen trabajo, Tony. – le contestó, con una sonrisa en el rostro... satisfecho. – Dile a Mindy que traiga lo que le pedí, y bajaremos de inmediato.

Mindy. – pensé. – Esa perra.

- Está justo aquí. – dijo entonces la voz de Mindy, mientras se acercaba. – Justo como lo pediste. – entonces le entregó a Klaus una bolsa que parecía venir de alguna tienda de ropa. Fruncí el ceño.

- Gracias, Mindy. – sonrió Klaus. – Los veo en un momento.

Entonces Klaus esperó hasta que ambos híbridos hubieran desaparecido, para cerrar la puerta y volverse hacía mí. Cuando me miró a la cara, sonrió.

- ¿Qué es esa cara? – se burló.

- ¿Qué cara? – inquirí, dándome cuenta de que seguía teniendo el ceño fruncido.

- Esa. – contestó, al tiempo que colocaba la bolsa que Mindy le había entregado sobre la silla.

- Ella no me gusta. – entonces Nik frunció el ceño, confundido. – Mindy. – aclaré y él rió. – Es en serio, Nik. No me agrada.

- Debería. – rió, aunque yo sabía que él comprendía a la perfección porque no la toleraba. – Acaba de traerte ropa. – entonces señaló la bolsa con su dedo.

- No me molestaría salir desnuda. – me encogí de hombros y entonces Klaus me miró como si desvariara y no pude evitar sonreír.

- Bueno, pues... a mí sí me molestaría. – contestó, y sentí un dejo de celos en su voz. – Ella es agradable cuando no está bajo compulsión. – defendió, refiriéndose específicamente a la compulsión de Mikael.

Alexandra Petrova: De Regreso en Mystic FallsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora