Mezclando el futbol con las canciones de Taylor para hacer una historia completamente ficticia, pero llena de emoción.
A veces la vida da giros extraños, te golpea y te hace creer que lo mereces, para luego devolverte a ese lugar seguro que creías...
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29 de abril, 2022
El holandés intentó seguir a Olivia en cuando ella se alejó de los dos hombres pero fue interceptado por la mano firme de Lisandro sobre su pecho, impidiéndole el paso.
Miró a su compañero con una mezcla de confusión y enojo, molesto porque estaba impidiendo que él pueda ir detras de la chica que tanto le había gustado, pero Lisandro lo miraba como nunca antes lo había hecho: con odio, con bronca.
- Vení, vamos para allá. - Le dijo con calma el gualeyo, señando su costado izquierdo con la cabeza. El holandés se quedó quieto, mirandolo sin decir nada, sin intención de seguir sus indicaciones.
- Caminá. - Dijo entre dientes el gualeyo, empezando a perder un poco la calma, mirandolo con mayor severidad.
Lisandro tenia fuego en los ojos.
En cuanto vio los mensajes que le había enviado Olivia, él empezó a buscarla con la mirada. Cuando la localizó, pudo ver como ella caminaba con rapidez intentando perder de vista al holandés. Fue testigo de cómo él le hablaba al oído mientras ella ponía cara triste, y en cuánto vió que el hombre la agarraba del brazo para darla vuelta, Lisandro se levantó de donde estaba y se acercó a ellos como un rayo.
Intentó mantenerse calmado, sabía que a Olivia no le gustaban las peleas y que no iba a estar feliz si él seguía su simple plan de cagarlo a trompadas en ese mismo lugar, así que se contuvo.
Con su mano derecha empujó al holandés, obligandolo a caminar lejos de donde estaba la morocha, llevandolo en dirección al baño del lugar, donde iban a poder hablar más tranquilos.
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Olivia caminaba mirando hacia atras, intentando ver que Lisandro no haga nada estúpido. Se reprochaba a sí misma dejar al gualeyo por sí solo con el holandés, pero sabía que no había nada que pudiera hacer.
Lisandro era igual de terco e impulsivo que ella. Si algo se les metía en la cabeza, no habia nada que otra persona pudiera hacer o decir para cambiarlo, y si estaban enojados eran un peligro, porque no pensaban lo que hacían.