Kagome x deamon

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El cielo se había vuelto un campo de batalla silencioso, solo interrumpido por el batir sincronizado de alas enormes. Lyarax y Caraxes volaban ahora casi ala con ala, tan cerca que Kagome podía sentir el calor abrasador del dragón rojo contra las escamas frías de su montura. El viento les azotaba con furia, pero ninguno de los dos jinetes parecía dispuesto a romper el contacto visual.

Daemon no gritó. No hizo falta. Con un gesto sutil de su mano, Caraxes inclinó su largo cuello serpenteante y comenzó a descender en espiral hacia una pequeña isla rocosa en medio de la Bahía de Aguasnegras, un pedazo de tierra olvidado que apenas emergía de las olas como una cicatriz en el mar. Kagome no dudó: dio la orden mental a Lyarax, y ambos dragones descendieron juntos, aterrizando con un estruendo que hizo temblar las piedras.

Cuando los pies de Kagome tocaron el suelo, Daemon ya estaba allí, desmontando con esa gracia felina que siempre la había desarmado. No llevaba armadura completa, solo cuero negro y la capa carmesí manchada de sal y humo. Hermana Oscura colgaba a su lado, pero su mano no la tocaba. En cambio, se acercó sin prisa, como si el tiempo mismo le perteneciera.

—Sobrina —dijo con esa voz ronca que parecía hecha de brasas—. Has tardado en decidirte.

Kagome se quitó el casco, dejando que su cabello oscuro cayera en ondas salvajes. Sus ojos, del mismo violeta Targaryen que los de él, brillaban con algo entre rabia y hambre.

—No he decidido nada —mintió, aunque su voz tembló—. Solo... necesitaba verte. Una última vez.

Daemon soltó una risa baja, casi cruel. Dio un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que solo los separaban centímetros.

—Mentira. Lyarax no habría seguido a Caraxes si tu corazón no hubiera elegido ya.

Sus dedos rozaron la mejilla de ella, ásperos por años de guerra y espada. Kagome cerró los ojos un instante, traicionada por su propio cuerpo que se inclinó hacia el toque. El olor de él —humo, cuero, sangre antigua— la envolvió como una droga.

—No podemos —susurró ella, pero sus manos ya estaban subiendo por el pecho de él, aferrándose a las correas de su armadura—. Los verdes... mi madre... mis hermanos...

Daemon la silenció con un beso feroz, sin dulzura ni paciencia. Fue un choque de dientes y lenguas, un incendio declarado en medio de la nada. Kagome gimió contra su boca, las manos tirando de las hebillas que lo cubrían mientras él la empujaba contra una roca lisa aún caliente por el sol. Las olas rompían a pocos metros, pero el mundo entero se redujo al calor de sus cuerpos.

Él arrancó los cordones del vestido verde de ella con una mano, mientras la otra se hundía en su cabello, inclinándole la cabeza para devorar su cuello. Kagome jadeó cuando sintió los dientes de Daemon marcar su piel, no lo suficiente para sangrar, pero sí para que doliera de la mejor manera.

—Eres mía —gruñó él contra su clavícula, bajando la tela hasta dejar sus pechos al descubierto. El aire frío contrastó con el calor de su boca cuando la tomó, succionando con fuerza hasta que ella arqueó la espalda y clavó las uñas en sus hombros.

Kagome no respondió con palabras. En cambio, deslizó una mano entre ellos, buscando la dureza que presionaba contra su muslo. Lo liberó con dedos temblorosos, acariciándolo con firmeza mientras Daemon maldecía en valyrio antiguo. Él la levantó sin esfuerzo, apoyándola contra la roca, y ella envolvió las piernas alrededor de su cintura.

No hubo preliminares delicados. Daemon la penetró de un solo empujón profundo, arrancándole un grito que se mezcló con el rugido lejano de los dragones. Lyarax y Caraxes observaban desde lo alto de la isla, guardianes indiferentes de su jinete y su tío, como si supieran que aquello era inevitable.

Se movieron con violencia, con desesperación. Cada embestida era una declaración de guerra y rendición al mismo tiempo. Kagome mordió el hombro de Daemon para ahogar sus gemidos, mientras él la sujetaba por las caderas con tanta fuerza que dejaría moretones. El placer y el dolor se fundían, igual que sus sangres, igual que sus bandos.

—Dracarys —jadeó ella cuando el clímax la alcanzó, las palabras saliendo como una maldición y una plegaria. Su cuerpo se convulsionó alrededor de él, apretándolo hasta que Daemon gruñó su nombre y se derramó dentro de ella con un último empujón brutal.

Se quedaron así un largo rato, jadeando, unidos aún, con el mar golpeando las rocas y los dragones vigilando. Finalmente, Daemon la bajó con cuidado, aunque no la soltó. Apoyó la frente contra la de ella.

—La próxima vez que nos veamos en el cielo —murmuró—, uno de los dos arderá.

Kagome cerró los ojos, una lágrima resbalando por su mejilla.

—Lo sé.

Pero ninguno se movió para separarse. No todavía.

Allí, en esa isla olvidada, entre el fuego y la sangre, eran solo un hombre y una mujer. Tío y sobrina. Enemigos. Amantes. Y por un instante, el reino entero dejó de importar.

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⏰ Última actualización: 4 days ago ⏰

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