Kagome x jareth

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​El aire en el Laberinto no olía a tierra ni a hogar. Olía a melocotones dulces y a un almizcle antiguo que erizaba la piel de Kagome. No sabía cómo el Pozo Devora-Huesos la había escupido allí, en lugar de en su propio tiempo o en la época Sengoku, pero frente a ella, los muros de piedra parecían cambiar de lugar cada vez que parpadeaba.

​—No deberías estar aquí, criatura de otro tiempo —una voz aterciopelada y cargada de una arrogancia juguetona resonó desde arriba.

​Kagome levantó la vista. Sentado sobre un arco de piedra, con una pierna colgando con elegancia, estaba él. Vestía cueros oscuros, una capa que parecía hecha de sombras y su cabello rubio desafiaba la gravedad. Lo que más la impactó fueron sus ojos: uno claro y otro oscuro, observándola con una curiosidad casi depredadora.

​—¿Quién eres? —preguntó Kagome, ajustando la correa de su mochila y aferrándose a su arco. Sus cuentas de Shikon estaban ausentes, pero su poder espiritual vibraba bajo su piel, detectando que el hombre frente a ella no era un demonio ordinario.

​—Soy el Rey de los Goblins —respondió Jareth, dejándose caer al suelo con la ligereza de una pluma. Se acercó a ella, haciendo girar una esfera de cristal entre sus dedos largos—. Y tú... tú eres una anomalía. Tienes el aroma de los siglos y la mirada de alguien que ha visto morir a dioses.

​—Me llamo Kagome. Solo quiero volver a casa.

​Jareth soltó una risa seca, un sonido que era a la vez una burla y un cumplido. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Kagome no retrocedió; había enfrentado a Naraku y a demonios de pura maldad, no se dejaría intimidar por un rey con debilidad por el drama.

​—El tiempo es una ilusión en mi reino, Kagome —susurró él, extendiendo la mano para rozar un mechón de su cabello negro—. Podría darte un mundo donde no tengas que buscar fragmentos de nada. Donde no haya pozos, ni guerras, ni híbridos que te den órdenes.

​Kagome sintió el tirón de la magia. Era seductora, cálida como un sueño de verano. Vio en la esfera de cristal una visión de un jardín en calma, sin rastro de la sangre de la batalla. Pero luego, recordó la mirada decidida de sus amigos y su propio deber.

​—Mis decisiones son mías, Rey Goblin. No necesito que me construyas una jaula de oro.

​Jareth arqueó una ceja, genuinamente sorprendido. La mayoría de los mortales se perdían en sus acertijos o en sus deseos. Pero esta chica tenía una pureza de espíritu que quemaba.

​—Tienes fuego en el alma, sacerdotisa —admitió Jareth, su expresión suavizándose hacia algo parecido al respeto—. Muy bien. Te daré una oportunidad. Cruza mi laberinto. Si llegas al castillo antes de que el reloj marque la hora, te devolveré a tu pozo. Si no...

​—Seré tuya —completó ella con firmeza—. Acepto el trato. Pero te advierto, Jareth: estoy acostumbrada a encontrar caminos donde otros solo ven muros.

​Jareth sonrió, una sonrisa afilada y fascinada. Con un movimiento de su capa, desapareció en una bandada de lechuzas blancas, dejando tras de sí solo el eco de sus palabras:

​—Entonces corre, Kagome. El tiempo corre en tu contra.

​Kagome no perdió un segundo. Tensó su arco, no para disparar a los goblins que asomaban por las grietas, sino para purificar el camino. El Laberinto era vasto, pero ella ya no era la niña que cayó en el pozo por primera vez. Era la mujer que caminaba entre mundos, y ni siquiera el Rey Goblin podría detenerla.

Kagome crossover Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora