Estimado Señor 63

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La mujer reposaba en la mecedora a plena lectura de Poe cuando pisadas violentas y las llaves tintinear sin mucha paciencia rompieron su tranquilidad, entonces descubrió los furiosos ojos de su nieta menor acercándose hacia ella.

–¿Cariño, qué sucede?–preguntó la anciana asustada impulsándose instintivamente hacia atrás en su silla.

–Pasa, abuela–bramó Lena sacándose su abrigo y tirándolo al suelo– ¡Que ya no aguantaré los jueguitos estúpidos de Aranna!

En silencio tenso Alma descolocó su rostro sin entender la furia con la que la caoba la enfrentaba, se puso de pie invadida de miedo al ver que Lena no tenia intenciones de calmarse y que pareciera que con cada respiro encontraba una nueva razón para enojarse.

–No...no entiendo –titubeó Alma cruzándose de manos– ¿Qué ha hecho Ara?

Abrió la boca y no pudo hablar, sus pupilas se habían empañado de lágrimas al no saber desde donde explicar que había hecho Aranna, quizás si era específica, el daño comenzaba incluso mucho antes de nacer. Retiró su rostro de la vista de Alma y obligándose a tomar coraje se acercó  a la anciana.

–No pienso permitir más que ella me lastime, nunca más–masculló indicándola con el dedo.

–Lena...–dijo en voz baja la anciana intentando caminar hacia ella despacio– tienes que explicarme que ha pasado.

Retrocedió al pasillo buscando en los bolsillos exteriores de su mochila el teléfono celular y con un pulso incontrolable abrió los últimos dos mensajes en anónimo que había recibido esa semana. Le refregó calmando los tiritones de sus manos los mensajes en el rostro de la anciana que sin necesidad de colocarse anteojos cubrió su boca con las manos.

–Por Dios...–tartamudeó Alma buscando sin mirar su silla para volver a sentarse– ella...

–No simules estar sorprendida, tu le has cubierto sus líos todo este tiempo–protestó apretando los labios– no dejaré que arruine mi vida, ni mucho menos que meta a David en esto.

Los ojos de la anciana se elevaron llorosos hasta su nieta, se le acercó con un notorio malestar en sus pisadas entrecerrando el ceño exigiéndole una explicación o retractarse.

–¿Qué David, Lena?–preguntó Alma sin quitarle los ojos de encima.

–David Lenner –respondió Lena con voz firme– él y yo estamos juntos.

Falto espacio entre sus arrugados labios para tomar el suficiente aire que necesitaba ante la noticia, lo sospechó desde que las salidas nocturnas de Lena aumentaron y de la llegada inesperada del profesor ya dos veces a su casa, negó con la cabeza y la reprobación a la noticia hizo que ella absorbiera algo de la ira que la caoba ya traía encima, apenas aguantando el ritmo de su corazón fue violenta por primera vez con Lena jalándola hasta ella.

–¡Es un hombre mayor, Lena!¡Casi te dobla la edad!–bramó la mujer  zamarreando de los brazos a Lena– ¡Voy a denunciarlo, lo juro!

–¡No te atrevas, Alma!–amenazó Lena soltándose de sus manos–¡Si haces algo contra David, juro por Dios que correré a la policía a confesarle que Aranna y Leo estaban juntos cuando él desapareció!

Mutismo en los labios viejos de un rostro que se llenó de decepción y nostalgia. La fuerza que había tomado su ira abandono su cuerpo débil dejándola deshecha en el sofá cubriéndose el rostro.

–No puedo creer lo que dices, Lena –musitó la mujer sin poder darle la cara– no puedes hacer eso.

La culpa conmovió sus amenazas aunque las mantuvo firmes, trató de controlar su enfado acercándose a la mujer alzando bandera blanca a su altercado, mas no a sus demandas. No pudiendo evitar sollozar ante la incomprensión de su abuela; tocó su hombro a la espera de que la mirase.

–Realmente estoy enamorada de David –confesó en voz baja– y no permitiré que Aranna destruya lo nuestro.

Entonces Alma dejó ver a su nieta sus ojos llorosos, se lamió los labios y negando con la cabeza se acercó a ella.

–Aranna no está destruyendo nada, eres tú –susurró Alma.

Deseó no sentirse otra vez humillada al recuerdo de su hermana, quiso fingir no escuchar que las razones de Alma apuntaban otra vez a su preferencia por Aranna, quiso sin más, ni siquiera haber pensado en que su abuela le ayudaría y rechazando a su Lilith de iniciar otra batalla campal de recuerdos hirientes le sostuvo la mirada a su abuela.

–Si de verdad me quieres, tienes que decirme donde demonios está Aranna.

No bastó con la angustia de su petición, el cuerpo entero de Alma se rehusó a darle respuestas a Lena, se echó hacia atrás acariciándose las rodillas y apretando los labios volvió a darle una mirada cargada de culpa pero sin chances.

–No Lena, no lo haré.

Se mantuvo frente a la entrada intentando que el viento pudiese compensar la rojez de sus ojos antes de volver a darle la cara al profesor, inventó un almuerzo familiar improvisado cuando él le había preguntado donde estaba y a cambio, le prometió llegar antes de los últimos módulos de clase para hablar sobre su examen.

Lo vio venir a lo lejos, traía su saco azul y pantalones claros y pudo jurar que sonrió cuando de seguro a penas había reconocido su silueta entre el resto. Con la cabeza le indicó caminar en dirección al gimnasio y ya sin aguantar la ansiedad corrió hacia él.

–Te he buscado toda la mañana –dijo David en voz baja mirando hacia los lados– ¿Ha pasado algo?

–He ido a casa, había olvidado por completo que hoy vendrían visitas.

Por mas práctica en decir mentiras que tenía la caoba, David no aceptaba su explicaciones, le tomó el rostro alzándolo con el pulgar.

–Tienes los ojos llorosos, ¿Ha pasado algo con tu abuela?

Y aunque murió de ganas por abrazarlo sin importarle que alguien, incluso si fuese Tessa, los descubriera se forzó una sonrisa que el profesor no aceptó muy convencido. David no dejaría pasar mas malos ratos por culpa de Aranna, y teniendo a las dos únicas mujeres que tenía como familia amenazando la seguridad que encontraba todas las noches sentada en un sofá con un café junto a David, se prometió proteger al profesor de los intentos de Aranna por llamar su atención.

–Debí coger un resfriado –mintió.

–No debimos dormir en el sofá, Lena–dijo el profesor distrayéndose a mirar su reloj– estoy un poco atrasado cariño, me cuentas que tal te fue cuando llegue.

Pero ella no durmió en el sofá.

–Deberías ir y dormir un poco, te quiero –dijo antes de irse depositando un beso en su mano.

Pero ella no durmió en el sofá, esa mañana despertó en una cama vacía.

Tomó aire antes de apoyarse en la pared, los ladrillos rasparon su espalda traspasando la tela de su camisa dejando rasguños de los que no pudo sentir mayor dolor, estaba volviendo a quebrarse. Las taquicardias y la disnea aumentaron hasta que a penas al tacto logró encender un cigarrillo para calmarse, había probado sus labios, durmió con él y luego desapareció para hacerle saber que tan fácil era para ella arruinarle la vida.

–Te odio, Aranna –dijo en voz baja– de verdad, te odio.

Estimado SeñorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora