El sólo recuerdo de sus palabras le revolvía el estómago. Sabía que David estaba lejos del prototipo de novio que Dallas quisiera para ella, quizás le sobraban algunos años y carecía de la inocencia suficiente para dejarla salir de noche en su compañía. Pero lo amaba, enserio lo hacía.
Disimular en sus gestos el temor que la noche anterior le hizo sentir el mismo hombre que hoy preparaba la cena no fue tarea fácil. Sus latidos y su cuerpo entero estaban en alerta, no podía sacarle los ojos de encima antes de irse al trabajo. Por su parte, el doctor parecía obviar que la noche anterior por poco logra que Lena se sumergiera en la angustia de imaginar las mil y un oportunidades que él pudiese aprovechar para dañar al profesor Lenner. No, no lo recordaba. Ignorando por completo las ojeras y el aspecto desaliñado de la caoba por el insomnio le sonrió sin recelo y besó su melena antes de servirle un vaso de leche esa mañana. Le dio indicaciones que en una nebulosa se vaporizaron en el sin sentido de su amnesia. La caoba no pudo asimilarlo, sólo se despidió con una sonrisa temblorosa cuando Dallas arrastró su maletín y su bata antes de salir de casa.
Entonces decidió desistir de su jaula de orgullo que sólo por esta vez tendría que abrirse. Podía su sangre aun ruborizarle las mejillas de rabia y estrujarle la barriga el imaginar que sólo quizás estaba lo suficientemente enamora del profesor para permitir cosas que jamás imagino de algún hombre. Se levantó sin querer tocar el vaso de leche a centímetros de sus manos. No, ni siquiera ella se sentía a salvo.
Cuando imaginaba que ella no volvería a dirigirle la palabra, nuevamente lo sorprendió. Quizás, un David Lenner más joven y también más estúpido hubiese esperado dos tonos más para decidir contestarle a la caoba. Pero incluso cuando su llamada le había despertado más temprano de lo que pretendía, intentó no hacerla esperar.
– Antes de que digas algo, sólo necesito hablar –contestó el seco. Al profesor le pareció de pronto que Lena no pretendía solucionar las cosas, peor que eso. Su garganta tensó en un carraspeo y se sentó en el borde de su cama.
–¿Está bien si voy por ti? –su Lilith no respondió, pero a su sorpresa tampoco le había cortado la llamada en señal de arrepentimiento.
–No, tiene que ser casual –sentenció Lena– prefiero verte en el salón de arte, estará vacío para las cuatro.
–Lena...yo.
Pero no le dio derecho a extenderse. En duelo a sus ganas de solucionar las cosas cuanto antes dejó su teléfono cerca de su oreja con la esperanza de que la caoba le llamara otra vez. Estaba jodido, podía leer su tonalidad y estaba lejos de desearlo cerca. Sin siquiera pensar que su presencia por las aulas de donde fue despedido no era bien vista mas que ocasionalmente como un visitante que termina de recoger lo poco que quedaba de él por los pasillos, imaginó que nuevamente tenía un problema que solucionar. Entonces frenó en seco. Por un instante su reflejo le pegó de frente, lucía derrotado. Deseó que fuesen efectos de haber despertado de golpe, pero no. Había vivido toda su adolescencia simulando estar completamente desadaptado al discurso moral de su padre en base al manual del buen hombre. Había defraudado, según él apropósito en sus primeros veinte años las enseñanzas de una familia religiosa y correcta, pero sobre todo, completamente falsa. Sus pupilas estabas desorientadas y su cabello lucía demasiado seco para disimular que aun quedaba algo de ese David rebelde en él. Quizás, concluyó, desde que había decidido casarse con la que se suponía sería la última mujer de su vida había abandonado sus ganas de contradecir los recuerdos más punitivos de su padre, una parte de él los aceptaba, y no le molestaba cumplir su legado. Deseaba, quizás mas de lo que podía aceptarlo, ser un hombre normal. Sin tantas cicatrices y con menos problemas. Llevar la vida más expedita y sin tanto sobresalto, extrañaba quizás al David Lenner de antes. Y aunque sus ojeras podían explicarse por los malos últimos días que vivió, sintió por un segundo ser incapaz de compatibilizar el deseo culposo de estar en paz con el lidiar contra lo que fuese con tal de poder estar junto a su Lilith otra vez ¿Sería que de nuevo le flaqueaban las ganas? El profesor suspiró, y volvió a enfrentarse a su peor enemigo, su reflejo. Se puso de pie, su rostro lucía exhausto, su barbilla había crecido cubriéndole el mentón y su abdomen se llenaba de pequeños moretones moráceos que le quitaban cualquier atractivo anterior. No era él.
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Estimado Señor
Mistério / SuspenseMe sumergí en tus infiernos y no conseguí volver, Lena.
