Estimado Señor 37

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No aguantó más, bramó y en un llanto que rompió la calma se encogió en el asiento. Por primera vez en su vida David no sabía que hacer con una mujer ¿Había hecho algo? ¿Le había hecho daño al besarla? Se desesperó al ver que Lena no hacia nada más que llorar y apretar fuerte los costados del asiento. No podía observar su cara y a penas manteniendo la vista en el volante dudó si acercar su mano hacia su hombro. No paraba su llanto, parecía que le costaba respirar a ratos y no dejaba de repetir que por favor la llevase con su abuela.

En la desesperación de no saber que pasaba por la cabeza de Lilith y de sentirse idiota al pensar que era su culpa aceleró como pudo buscando entre las calles y con uso de su memoria la ruta más corta al hogar de Lena. Esta vez estiró su mano y sintió como todo en ella temblaba, su espalda, su cuerpo entero temblaba y se sentía frió.

Por mas que trataba de calmarla y preguntar si él podía hacer algo por ella no tuvo más petición que estar con su abuela cuanto antes posible.

A segundo plano pasó Piero y su rol de taxista. Se desesperó hundido en la impotencia de no poder acelerar el vehiculo cien veces más para que Lilith dejase de llorar.

Al ubicar su casa olvidó por completo que excusa tendría para la abuela de Lena el que llegase en tales condiciones en el auto de su profesor ¿Podría omitir el detalle al ver a su nieta así?

Sin poder hacer que Lena bajase del auto se obligó a correr a la puerta de su casa y a golpear tan fuerte y rápido como pudo. A la lejanía sintió los pasos de alguien acercarse y sin dejar de observar a Lena de reojo comenzó a inquietarse.

–Por Dios Señor, ¿Por qué golpea así mi puerta?–contestó indignada la anciana.

Sin poder formular media frase explicó que se encontró a Lena muy mal por los pasillos del instituto y que ella sólo le suplicaba la trajese a casa. En ese momento ninguno de los dos reaccionó a lo vago de la historia. La mujer corrió hacia el auto por la menor de sus nietas y sólo cuando estuvo cerca Lena tomó las fuerzas para bajar corriendo y aferrarse a ella.

–Tranquila cariño, pasará, tranquila– decía la mujer mientras acariciaba su nuca.

La mujer la hizo caminar rápido hacia la puerta, sin dejarle explicaciones al profesor sobre que había pasado con su Lilith. Sólo recibió las gracias y a Lena sollozar más despacio.

–Señora Alma, por favor dígame que sucede– exigió el profesor impidiendo con su mano que la anciana cerrase la puerta.

Pero Alma lo detuvo con la mirada y se impuso ante él.

–Lena no está bien de salud en este momento profesor, gracias por traerla.

Congelado se quedó por unos minutos fuera de la casa de Lilith. ¿En qué mundo podría ser coherente que luego de verla cantar y besarla se rompiera en llanto de la nada? Se llevó las manos a la cabeza ¿Era su culpa? ¿Le diría a su abuela? ¿Qué demonios había pasado?

No tenía idea como había logrado llegar ahí tan rápido ni mucho menos a reaccionar a todo lo que había pasado. Se obligo a recuperar el aliento y sin saber que hacer se dirigió a su auto. Dudó si marchase ¿Y si Lena lo necesitaba? Sólo una anciana cuidaba de ella y la idea de que esa angustia que llevó a la oscuridad a Lena volviera le apretó el pecho. Al volver a observar a la casa, la anciana lo miraba desde la puerta.

Quizás debía marcharse. Para calmarla, encendió el motor y prendió las luces del vehículo, una vez Alma ya no lo espiaba desde su teléfono escribió un mensaje:

"Pequeña Lilith, por lo que más quieras, cuando leas esto responde. Necesito saber que estás bien y que fuese lo que fuese lo de hace un rato, no fuese yo el culpable. Tan sólo llama y estaré aquí.

L."

Sólo después de enviar el mensaje se dio cuenta de las llamadas perdidas de Piero y los mensajes de insultos en su bandeja de entrada, había pasado mas de media hora desde que le prometió ir por él. Sin nada mas que hacer, volvió a sus compromisos con un mal sabor en la boca.

No pudo sacarse de la cabeza la imagen de Lena desconsolada a su lado, de no poder recordar su rostro, de sólo escuchar bramidos detrás de su cabellera ¿Qué carajos había pasado? No dejaba de frotarse el índice por los labios y de rascarse la cabeza intentando buscar respuestas. Observaba de reojo su teléfono, Lena no respondía.

Cuando llegó por Piero aun estaba en la salida del aeropuerto conversando con una mujer mayor que parecía muy a gusto con él, no era reciproco. David aparcó delante de él e hizo sonar la bocina para que lo mirase. Poniendo los ojos en blanco y agradeciéndole a Dios por el salva campanas de su mejor amigo, se despidió de la mujer y corrió al auto.

–Casi fui violado por una mujer que no tenía sexo hace siete años, no exagero ¡Me contó literalmente toda su vida sexual! Por Dios viejo, creo que vomitaré por tu culpa.

David no rió, sólo asintió sin mirar a otro lado que no fuese al horizonte.

–No puede enojarte porque te dije que eras un hijo de puta, no gastaría en taxis en esta ciudad.

Pero David no soltó nada. Piero se abrochó el cinturón y empujó a David en el hombro.

–Por favor Piero, basta.

Piero alzó las cejas y estiró la boca aun no tomándose nada en serio. Pero la cara de preocupación de su mejor amigo no desistió. Cuando estiró los pies se dio cuenta que un pequeño bulto chocó con sus pies, era un bolso. Al levantarlo y estar abierto cayeron de su interior un frasquito de medicinas. Encogiéndose y tanteando en el fondo leyó en silencio.

"Olanzapina" arrugó el ceño.

Al dejar otra vez el bolso en su sitió observó la credencial escolar de Lena asomarse a sus pies. Le dirigió una mirada inquisidora a David indignado.

–No me digas que tiene algo que ver la cría a la que te follas.

–Deja de llamarla así, no seas imbécil.

–Te gusta la cría.

David abrió la boca y sin palabras lo miró. Piero arrugó el ceño, más que algún consejo de que se alejase de ella no le daría para tal angustia.

­–Estabamos juntos y....

–¿Sigues viendo a esa niña?

–Se puso mal y....lloraba y...no sabía que hacer.

Piero no entendía nada de lo que estaba pasando. Se puso serio ante David.

–¿Qué hiciste, David?

–Sólo...estabamos acá y ella...ella lloraba de la nada.

–¿La dejaste embarazada?

David quedó en blanco, paró de moverse y de pronto sólo escucharon un avión aterrizar. El profesor sudó frío y no se atrevió a negar la afirmación de su mejor amigo, no se le pasaba por la mente la mínima posibilidad de que fuese otra la historia que Lena quisiera contarle y que generara tal angustia para hacerla estallar en llantos. Lo miró con miedo.

–Joder David, estás muerto.

Estimado SeñorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora