Volvió a casa pasadas las dos de la mañana ¿Dónde había estado? Sólo caminando. Cuando las cosas empezaban a ir mal de nuevo, había descubierto que su mejor terapia era salir por ahí, sin nada que lo conectara a nadie.
Caminaba por horas sólo con su abrigo, el frío le calaba los huesos poco a poco mientras avanzaba, pero la rabia e impotencia de los recuerdos le entibiaba el cuerpo. Se culpó por un sin fin de cosas, se culpó por no eliminar esas fotografías cuando debía, se culpó por confiar en Lena y dejarle su computadora, se culpó de siquiera tener algo que lo ligase a Tessa.
Después de tirar las llaves en el cenicero y encender otro de sus cigarrillos mentolados se dejó caer en el sofá. Casi con ironía los cojines emanaron el aroma de Lilith en la cara.En una humarada quiso nublar las explicaciones que no quería dar. Ni siquiera quería hablar con alguien de lo sucedido, volver a dar las razones de por qué conservaba fotografías de hace años, explicarle que estuvo casado a Lena, que Piero le diese cátedras por horas y horas del por qué estar con Lena era una mala idea sólo lo atormentaba aun más. En ese momento, si pudiese callar sus pensamientos, lo haría.
Miró hacia la mesa de centro, el botón de encendido de la computadora aun parpadeaba en verde.
Otra calada y se sentó en la orilla. Tómo el equipo a mala gana y apretando con brutalidad el botón de encendido la imagen volvió a aparecer.
–Vil arpía–dijo dejando escapar el humo del cigarrillo.
Apretando con los labios el cigarrillo en la comisura de la boca decidió que era hora de borrar todos esos recuerdos aunque fuese de manera literal. Buscó todas las fotografías de Los Cabos escondidas en un laberinto de carpetas que cada vez le quitaba más la paciencia.
Sintió su cabeza arder en furia y la temperatura de su cuerpo aumentar hasta ebullir su control cuando la computadora señaló que no era posible enviar las fotografías de la papelera.
Tuvo suerte de que la colilla del cigarrillo se apagó al caer al piso cuando se puso de pie y con fuerzas que mantenía guardadas azotó la computadora contra el suelo. En pleno estruendo intentó respirar más calmado pero fue en vano. Tenia ganas de gritar, de destruir e irse lejos. Jamás alguien le vería la cara de idiota a David Lenner como lo hizo esa mujer. Se puso de manos a la cintura y miró al techo cerrando los ojos.
El amor sólo te debilita, te absorbe y destruye. Hizo posible que un hombre como él abandonara sus sueños, su orgullo se marchara y fuese ciego ante una mujer enferma y manipuladora.
Hace mucho había logrado aprender a controlar sus arranques de ira. Eran peores cuando supo la verdad sobre ella.
–David, el negar tu ira sólo hará que no la identifiques y que tome poder sobre ti.
Estaba estirado en el diván del doctor Michell. Cuando llevaba tres meses de terapia todas las semanas logró que esos cuarenta y cinco minutos cada martes se volviesen su escape de la realidad un rato. Arrojaba una pelotita anti estrés de goma azul a la pared que el doctor le ofrecía cuando enfrentaba temas que le alteraban.
Esa vez había llegado por algo más puntual.
Había estado trabajando un mes con críos de primaria por primera vez en una primaria pública. En su salón el grupo problema le había declarado la guerra luego de que él arrojase a la basura el balón de básquet de uno de ellos cuando le pidió dejar de jugar en clases.
Acto seguido, un hombre robusto de metro y medio quiso hablar personalmente con el señor Lenner de literatura para aclararle que nadie, menos un suplente, le diría a su hijo que hacer y no hacer en clases. A mala suerte del leñador, el profesor Lenner ese día recibió noticias de Tessa alterando toda la compostura contenida tras su traje. Antes de que el hombre volviese a repetirle que era un imbécil, aprovechó sus treinta centímetros de ventaja y alzó por el cuello de la camisa al hombre contra la puerta. A medio verlo moraseo y con los puños tiritando lo dejó caer para que cobrase el aliento. Deseó saber cual fue su expresión en ese momento para atemorizar a un hombre que venía dispuesto a darle lecciones de respeto. Ese mismo hombre salió corriendo acusándolo de volverse loco, no estaba tan equivocado.
Fue así como quedo cesante por primera vez.
De Lena no supo por días. Por dos cosas, primero, no asistió a clases voluntarias de repaso cerca de vacaciones y aunque ni siquiera las necesitaba, mentiría si dijiese que en el momento de marcar asistencia no miró por todo el salón al consultar su apellido. Tampoco la llamaría, no estaba acostumbrado a hacerlo y una parte de él estaba decepcionada de Lena por descubrirla hurgando en sus archivos personales, si buscaba en sus fotografía era porque buscaba algo más que música en común.
Y segundo, luego de calmarse esa misma noche de ira y de explicarle a su vecina del piso de abajo, la señora Ambrosio, que el estruendo fue un accidente, se dio cuenta de que la pantalla estaba destrozada y que las teclas de su computadora saltaron por todo el salón, y por cierto, había perdido todos sus archivos de clases.
La caoba fumó el doble de lo que acostumbraba por esos días. Simuló una gripe con Alma para no asistir a clases en las mañanas y tener que ver la cara del profesor de la mentira . No quiso decirle a nadie que pasaba ¿Cuántas personas en el mundo le iban a repetir que esto era estúpidamente probable? Lenner no era un hombre que a los treinta estuviese soltero sin más, que viviese sólo de encuentros sexuales a medias y ya. Debió sospechar que algo ocultaba cuando entró a su cuarto, quizás en el extasis de estar ahí otra vez negó ver alguna fotografía familiar ¿Sería tan terrible que él tuviese un hijo? Por supuesto que no, lo horrible era negarlo sólo para ilusionar a chicas jóvenes...quizás no ilusionar, no dejaría que un escritor fracasado le arruinase el resto de último año.
Miró su teléfono con la pantalla apagada tirado en el cubre cama. Ni una sola llamada de David merecía.
–¿Lena?
Lena levantó la vista y ocultó su teléfono bajo la almohada. Alma entró con una bandeja de madera con un té de limón para ella.
–Te traje un té para tu garganta, cielo.
Lena permaneció callada, casi con miedo a dar pie de conversación bebió un sorbo rápido y fingió bostezar.
–Me gustaría de que mañana fueses a clases, cariño.
–No me siento bien–mintió.
Alma la miró incrédula, se sentó al borde de su cama y de improvisto tocó su frente con la palma de su mano.
–No tienes fiebre, Lena.
Lena se alejó brusca.
–Es mi estómago, nada más–contestó alterada.
Alma bajó la mirada. La caoba con culpa se acercó a acariciarle sus arrugadas manos.
–Lo siento, Am–musitó arrepentida. La anciana acomodó el cabello de su nieta menor detrás de la oreja.
–No sé que está pasando contigo, sólo no quiero que vuelvas a estar mal otra vez.
Lena a las fuerzas que no tenía se forzó a sonreírle a su abuela. Con los ojos levemente cristalinos se soltó a abrazar a la anciana por unos minutos
–Es sólo un dolor de estómago, mañana estaré mejor–mintió.
Alma no le creyó.
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Estimado Señor
Mistero / ThrillerMe sumergí en tus infiernos y no conseguí volver, Lena.
