Era segunda vez que Piero rayaba su piso con el destornillador por su torpeza con tareas que implicaran mover las manos y usar herramientas. Censuró la historia, claro estaba que no era fácil contar sobre una gemela retorcida desde el momento cero. Dijo sin embargo que Lena se había desmayado por motivos de salud y que la semana pasada alguien había entrado a su piso y robó algunos ejemplares de su biblioteca.
—Aún así —masculló Piero con un tornillo entre sus paletas— no entiendo quién querría robar un par de libros viejos.
David limpió el sudor de su frente con su camiseta. Habían pasado toda la mañana destornillando puertas e instalando seguros de metal en las ventanas. Piero había llegado desde temprano a ayudarle con dos cervezas oscuras.
—Aunque tu no creas —contestó entre gruñidos al sacar el marco de su ventanal— esos libros valen mucho para coleccionistas.
—No puedo evitar imaginarme a un pobre viejo cojo intentando robar La Divina Comedia de tu estante —dijo burlesco mientras bebía un trago de cerveza— ¿La Morgan sigue mejor?
—Hoy vendrá, quiero dejar todo listo antes de que llegue.
—Pues podrías preguntarle si hay alguien para mi en esa clase, estoy aburrido de las mayores
David río con malicia.
—Pues su mejor amigo estaría encantado de conocerte hoy mismo —dijo desordenando su melena.
Piero le empujó por el pecho. Aprovechó que David martillaba el nuevo marco inundando la acústica del piso para recordar un encuentro inoportuno en su último viaje.
—He visto a tus padres en Atlanta, me han preguntado por ti —murmuró intentando alejarse de David por su reacción mientras simulaba ir por algo a la caja de herramientas— se me ha salido que sales con alguien.
David dejó caer el martillo al suelo y del piso se volteó a mirarlo. Piero se hundió de hombros como un crió arrepentido y el profesor bramó.
—¿Qué le has dicho a mi madre, Piero?, se especificó.
— No le dije que puedes ir preso, sólo se me salió que estabas bien acompañado acá —dijo rascándose la cabeza — lo siento.
El profesor suspiró poniéndose de pie.
— Como si tuviese poco con tener que hacer de niñero el jueves, le doy dos días a mi madre para que llegue aquí preguntándome si volveré a casarme —bufó el profesor probando el nuevo seguro que había instalado en la ventana.
—Será gracioso vigilar bailar a La Morgan con otro chico mientras no puedas moverte de una esquina— dijo Piero sin malas intenciones mientras hurgaba en su nevera— las últimas semanas de la chica en el instituto y tu ayudando en una cursi fiesta de final de curso.
No tuvo respuestas, a ratos olvidaba que los días de la caoba estaban contados a su lado. Era real el poder perderla pero no haría nada por detenerla, tenía derecho a ser feliz lejos de su abuela y vivir su época universitaria sin llevarse la promesa de tener que volver manteniendo planes que quizás en dos años le parecerían sin sentido. Piero volteó con un recipiente repleto de pasta, al verlo entendió que otra vez hablaba demasiado sin malas intenciones.
—Lo lamento, aveces hablo demasiado— dijo en voz baja rascándose el hombro— le gustan los hombres mayores, de seguro no le atraerán los pseudo intelectuales de bellas artes.
Sin ánimos de hacer ver a Piero la poca sensibilidad de filtrar sus conversaciones, se puso de pie con una sonrisa falsa y buscó en su armario de limpieza una caja oxidada repleta de clavos.
Debajo de ella había un sobre largo que desconocía, parecía un informe médico. Lo tomó entre sus manos llenas de polvo al sacudirlo y buscó al final. Pequeñas ecografias de Zoé. Tuvo el impulso de arrojarlas al final entre sus deudas y contratos vencidos, pero volvió a verlas una vez más. Apenas distinguible la silueta de un embrión en blanco y negro, sonrió. Tuvo tanta ilusión el día que supo sería padre que por primera vez en años marcó a su madre, la siguiente vez fue para suplicarle no lo llamara con lástima.
ESTÁS LEYENDO
Estimado Señor
Mystery / ThrillerMe sumergí en tus infiernos y no conseguí volver, Lena.
