Estimado Señor 81

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Hace ya un par de años descansaba en su escritorio después del almuerzo un carismático personaje del Hospital Psiquiátrico Infantil de Alaska cuyo traslado de Massachusetts aun le tenía la cabeza alborotada. Su consulta, aun a medio armar comenzó a hacerse famosa luego de asistir de manera voluntaria los peritajes posteriores a los casos, que según él, ni la prensa se atrevía a mencionar. Sólo una simple aparición en el periódico local luego de garantizar la mejoría de Damián, un niño de cinco años huérfano con alucinaciones auditivas que lo llevaron al borde del asesinato de sus compañeros de cuarto pudieron hacer justicia a los años de investigación que le demoró al un cincuentón doctor posicionarse entre sus pares.

Estaba cerca de los cincuenta y cinco, luego de dos matrimonios fracasados a costa de su trabajo cuando se había procurado llegar por lo mínimo a los sesenta sin acompañantes eternas en su vida, sólo él y sus libros en una pequeña casa en Alaska.

La mañana del 8 de noviembre de 1998 nevó como si de pronto el cielo comenzara a caerse a pedazos en forma de cubos de hielo tan pesados que hacían al techo de su cochera retumbar del estruendo. A medias conquistado por el calor de su chimenea el doctor que aun cuando batallaba con el nudo de su corbata dudó si correr el riesgo de salir de casa ese día, por suerte si lo hizo. En la espera de que su escueto limpia parabrisas le permitiera una vista decente de la carretera ajustó con el poco tacto que le quedaba en las manos la estación local mas entendible de todas a la espera de que su viejo motor encendiera. Una castigadora y decepcionada voz femenina lamentaba a chicharreos el arresto de una mujer de 32 años acusada de intentar ahogar en una bañera a una niña de 5 años de edad sin remordimiento alguno.

–Por Dios –masculló incrédulo.

Dallas desde que fue un novato de medicina tendría claro que, los únicos pacientes que quería atender en su vida eran aquellos con demonios demasiado poderosos para simplemente poseer sus cuerpos, el quería aquellos que fueron desvalidos de algo aun más potente, sus mentes. Más aun cuando se tratase de niños pequeños, aunque nunca logró ser padre ya se sentía el protector de todos sus pacientes. Quizás por eso se le apretó el pecho y su estómago revolvió el café que a penas probó antes de salir cuando escuchó que se tratase de un ser tan pequeño aun, habían testigos, él esperaba que no se tratase de mas niños. La reportera relataba que la mujer sufría severos problemas psicológicos no tratados y que estaba a cuidado de sus padres quienes no estaban en casa cuando intentó cometer el delito. Afortunadamente alguien había llegado a casa y llamado a la policía. Aun cuando la señal de radio se entrecortaba a ratos a medida que avanzaba hacia el hospital, intentó escuchar el caso completo hasta llegar a las entradas de su trabajo. Sin poder concentrarse en la carretera por su mente creado teorías y en su mismo despacho cuando Noe, la delgaducha interna que le informaba sus horas siguientes, sólo podía poner en juego sus habilidades como psiquiatra que tantas veces fueron galardonadas por sus colegas. Sabía bien que en Alaska, el único hombre que podría ayudar con un caso de tales dimensiones sería él y que, aun sin buscarlo, siempre se ponía a disposición inmediata de servicios sociales cuando la vida de un niño estaba en juego.

–¿Doctor?–interrumpió sus diálogos internos Noe– ¿Se encuentra bien?

El doctor Dallas sacudió su cabeza intentando recordar las últimas palabras que la muchacha se había desgastado al intentar resumir su agenda.

–Lo siento, pensaba en una noticia horrorosa que escuche camino acá –hizo un pausa para tomar un sorbo del café que Noe había dejado en su escritorio– mi estómago se revolvió.

–Se a que cual caso se refiere doctor –dijo Noe mientras buscaba en una pequeña agenda de mano en el bolsillo de su delantal– servicios sociales se pusieron en contacto con el hospital, era esperable a que acudieran a usted.

El doctor Dallas suspiró y se acomodó en su asiento cerrando los ojos.

–¿Cuándo llegará?–dijo Dallas resignado sin aun abrir los ojos.

–Por la gravedad del caso, me atreví a ocupar su cupo de las 8:20 –contestó temerosa la muchacha luego de darse cuenta de lo afectado que su supervisor estaba ese día.

Dallas asintió, se intentó forzar una sonrisa para disminuir la angustia que le había provocado a su pobre interna.

–Hiciste bien, avísame en cuanto estén acá.

Quizás jamás imaginó que terminaría con sus pacientes demasiado pronto, o pensándolo bien, se recriminó no prestar tanta atención a los niños anteriores para concretar luego uno de sus mayores desafíos. Y no es que se sintiera incapacitado para ayudar a una pequeña que hace un par de días empezaría a formar un creciente trauma, si no porque en especial los detalles del evento le sensibilizaron todos los bellos del cuerpo.

Noe toco su puerta como prometió.

–Doctor Dallas, ha llegado la pequeña Elenna Morgan y su abuela, Alma Morgan.

Dallas se puso de pie para recobrar un poco de la valentía que sin saber por qué aun le removía el corazón.

Vio después de un pequeño resplandor pasar primero a una pequeña niña que apenas llegaba a medir un metro con brillantes risos caoba hasta las rodillas y mejillas sonrojadas salpicadas de casi invisibles pecas en las mejillas. Estaba tan llena de vida y seguridad que adelantó a la mujer para acercarse hacia el doctor. Dallas se puso de rodillas ante ella para alcanzar su pequeña altura y tendió su mano. Lena alisó su vestido con las palmas antes de brindarle la suya.

–¿Es usted un doctor de verdad? –preguntó en una dulce tonalidad aguda.

Dallas sonrió  y asintió orgulloso con la cabeza. Pero mas fue su sorpresa cuando alzó la vista hacia la mujer que la acompañaba. Un par de años encima no pudieron nublarle en el rostro a Alma, a su Alma de la juventud la delicada caída de su mentón y sus ojos compasivos tan claros. Ella parecía calmada, al parecer esperaba encontrarlo de golpe y no esperaba sorprenderlo como lo hizo. Se acercó tan tímida como el día en que la conoció y ante su primera mirada tranquilizó sus temores sobre si mismo.

–Alma....–espetó sin poder hablar mas fuerte.

Ella asintió y extendió su mano dejando en el diván un humilde bolso marrón descocido. Estaba helada, su rostro que entre unas pocas arrugas sostenía su cansancio estaba cargado tanto de preocupación como de paz.

– Me encantaría decirte que esto es una simple casualidad –hizo una pausa para voltearse a vigilar a la pequeña Lena, quien ya estaba instalada en un rincón jugueteando con una pluma que Dallas había dejado en la mesa– pero en cuanto supe que estabas aquí, yo sólo pude pensar en ti cuando paso todo...todo esto.

De pronto se sentía fuerte otra vez, jamás olvidaría el rostro de la mujer que más había amado en su adolescencia. Desearía el también volverla a ver en un café o caminando sola como siempre acostumbraba, pero en cuanto la magia de tenerla cerca se hizo real pudo caer de golpe a que era ahora, aun cuando se tratase de involucrar su ética por ayudarla, enfrentaría el más difícil de sus casos.

–Lamento todo lo que les ha sucedido –dijo Dallas– disculpa preguntar esto, sólo que en casos como este acostumbro a ayudar al total de chicos involucrados –la invitó a sentarse mientras Lena aun no los observaba– ¿Hay mas niños involucrados?

Alma asintió apenada y acercó su silla hacia él.

–Son dos niñas.

Estimado SeñorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora