Estimado Señor 77

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Entonces colgó. Como si el teléfono fuese mas pesado de lo que su valor le permitía sostener lo dejó caer al suelo, no podría protegerlo de mirar a los ojos a David.  La culpa era suya y a rastros de la melena de las malas decisiones, el sueño le hizo volteretas e invertidas esquivando darle paz, no la merecía. Y lo aceptaba.

La madrugada de ese mismo viernes no era normal, a mala suerte del staff de decoración de la última noche de la generación del 2012 en un salón de piso gastado pero lleno de destellos de papel diamantina en forma de copos de nieve se fue la luz por cerca de dos horas. Lena no soportó el asco que le provoco el cliché al que tanto ansiaba Greco al borde de una escalera de tres peldaños acomodando el patético cartel de despedida entre el bullicio histérico para reparar el alumbrado.

– Aun no puedo creerlo­– balbuceó agachando la cabeza.

–No seas amargada, Lena –dijo entre dientes Greco regañándola con la mirada– podrías tratar de pasarla bien, como la mayoría de las personas acá..

–Greco, hay cosas mucho mas importantes en mi vida que jugar a Cenicienta antes de ir a la universidad.

La huesuda espalda de Greco se puso a su altura, entendía perfectamente que Lena preferiría estar hundida en su sofá, con una taza de cocoa y una manta mientras su abuela revoloteara los cojines buscando sus lanillas que estar ahí. Acomodó los cabellos de Lena quitando sin éxito su aspecto desaliñado.

– Entiendo mas que nadie que esto te parezca una estupidez – dijo sacudiendo sus manos para desprenderse de la diamantina de sus dedos– pero a veces necesitas ser un poco mas estúpida, Lena.

–Pensaba que había alcanzado ese mérito la primera vez que David me rescató–bufó.

Greco amenizó su rostro con una sonrisa. Ella sabía a que se refería.

–No quiero pensar que salir con un hombre mayor te está convirtiendo en una anciana–masculló alzando las cejas. Lena lo golpeó en el codo, sonrió por primera vez esa mañana.

– David es un hombre maravilloso.

– Ya lo sé, y tu una chica maravillosa.

Los nudos de corbata los aprendió a hacer con su abuelo. Dos vueltas y un giro, como un vals, decía. Se afeitó con cuidado la barbilla, definitivamente cuando trabajaba con cursos difíciles su rostro envejecía un poco más. Aplicó loción, un trago de licor y alisó su chaqueta. Luego soltó una carcajada.

Por segundos creyó tener mas de treinta, se da un paso más allá cuando ya cuidas críos mayores de edad, pensó. Esa noche un simple y masoquista juego encendió los ojos del profesor Lenner antes de salir. Pensó mientras conducía cuanto más disfrutaría el vino amoldando la figura de Lena bajo las luces intermitentes de una pista de baile. Un deja vú de luces anunciando a una Lilith renacida, sin rastros de la primera Lilith que confió en sus brazos la primera vez que decidió salvarla. Miró por el espejo retrovisor, azulinos eléctricos en una imaginación demasiado poderosa.

Arrancó la quinta marcha antes de llegar. Escondió en los asientos traseros dos copas y un cabernet sauvignon bajo una manta, esa noche robaría a Lena antes de las doce, quizás haría desaparecer sus zapatos, o su vestido. Su teléfono vibró, un mensaje de voz de Piero al otro lado de la línea le interrumpió el apretón de manos con el profesor de artes visuales al entrar. Decidió ignorar por cortesía al hombre maravillado por la tecnología que le permitió ver a su edad una vulgar proyección de fotos girando por las paredes. Otro timbre, no accedió pero si miró la hora. Se había demorado una hora más en llegar para ver a Lena como una simple casualidad y ahorrarse las impresiones de espectador enamorado cuando paseara con su acompañante ante sus narices para provocarlo.

Alma subió su traje hasta la espalda media, su cabello parecía aumentar en volumen con ondas de sirena. Lena suspiró. Evitó quizás por un par de minutos recordarle a su abuela los líos que las invadían. Quizás por una noche podrían evitar hablar de Aranna y jugar a fingir que todo era como habían planeado. La anciana abrigó sus hombros con un chal de satén oscuro que dejaba entre ver sus hombros palidos.

–Estás preciosa, Lena.

Ella sonrió, lo sabía. Con un mirada llena de melancolía Alma continuó acariciando su cabello, tenia deseos de peinarla y retenerla en sus brazos como cuando era pequeña y no tenía con quien jugar. Besó su nuca inhalando su perfume de cítricos y magnolias característico de la caoba.

– Lena...–balbuceó.

Ella giró prestándole atención como si suplicara con sus ojos no mas mentiras.

La anciana relajó su mandíbula.

– Eres una mujer, toda una mujer –continuó mientras arreglaba con movimientos sin sentido los cabellos de Lena. Entonces la caoba pudo concentrarse mejor, la anciana lucía pálida y triste, más de lo normal. Apretó sus manos dándole calor bajo los plieges de su piel

– Luces como si fueras a enfermar –interrumpió Lena tanteando las mejillas sin color de su abuela– sabes que puedo quedarme si te sientes mal.

–¿Estás loca? –respondió– no dejaré que nada arruine tu noche, menos yo.

Lena sonrió, era precisamente lo que deseaba desde lo mas profundo de su ser. Besó el dorso de las manos de su abuela, ella susurró una pequeña oración chocando los labios con la nuca de Lena, ella simuló no darse cuenta. Por una noche tendrían que salir las cosas bien.

Pero no fue así.

En una nube de conversaciones en voz alta indistinguibles, parlantes a todo dar y los afines de la guitarra de una banda que recién se estaba instalando fueron escenario en conjunto a una iluminación festiva y eléctrica la entrada  de Lena se asomó una hora tarde de lo acordado. Una copa derramada en su cuerpo le pareció ver al profesor Lenner cuando la caoba simuló no verlo y abrazar a un grupo de chicos al lado del ponche, sonrió con malicia. Deslumbrado ante el acto imposible de ver a su Lilith mas perfecta de lo que recordaba posó su mirada felina fija en ella, en algún momento voltearía.

Lo sentía recorrer su espalda a una distancia electrizante, el profesor Lenner la había encontrado, lo ignoró tanto como pudo, tanto hasta el punto de creer sentir sus labios besándole la columna. Ella giró. Lenner la observaba.

El profesor alzó su copa desnudándola con la mirada, como si no le conociera se sonrojó y apretó sus labios devolviéndole sus pardos deseosos de él.

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