Estimado Señor 86

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Insistió en llamarla dos veces más luego de que su buzón de voz rechazara cualquier oportunidad para disculparse, necesitaría su espacio. Cuando David Lenner inclinó el cuello hacia atrás sus músculos se tensaron ¿En que minuto volvía a estos líos de padres celópatas que no le dejan ver a la mujer que quiere? peor que eso, terapeutas psicópatas. Descargó su ansiedad haciendo girar incesablemente la tapa de su bolígrafo, habían sido horas demasiado tensas para tomar buenas decisiones, ya había fregado la mitad de sus oportunidades de mejorar.  

La pantalla de su móvil volvió a encenderse, sin interés le dio su atención, Piero había enviado un mensaje. Arrojó el aparato por encima del sofá, si algo no quería hacer era volver a caer en cuenta de que por años un papel que no le acomodaba para nada, pero por un minuto pensó que la pérdida que más sentía en ese instante era la de no tener a nadie a quien acudir cuando todo se venía encima. 

"Lo siento" profesó el mensaje iluminando el rostro desaliñado del profesor.

Tendría que verla de algún modo, se lo había prometido cuando se vio solo en la cama. A pesar de morir a los treinta y cinco grados que le hicieron sudar de cuerpo entero, el calor de Lena sobre su pecho. Lo intentaría una vez más.

Le llevó otros ocho pitidos de espera. Lena aun esperada a que Dallas llegase de trabajar, se adentró en un lugar que tendría que llamar hogar desde ahora. Las escaleras de aluminio de la casa del doctor siempre le traían nuevos recuerdos a la memoria. Una de ellas incluía a Ara, jugueteando por los varandales saltando en un pie cada escalón. Pudo sentir su voz al tantear el frío del metal mientras subía a su nuevo cuarto.

Casi juraba poder verla, ella y Aranna compitiendo una vez más. Por algún motivo luego de cada sesión, su abuela y Dallas llevaban a las gemelas Morgan por un helado y luego se quedaban algún par de minutos más en la casa del doctor. Siempre recordaba la permisividad del en ese entonces joven psiquiatra ante la dulzura de sus peticiones, siempre su favorita de las Morgan, repetía. Incluso cuando su abuela le repetía que en casa nunca se hicieron diferencias entre ambas, Dallas regalaba la paleta de caramelo más grande a la pequeña Lilith. 

– Dulce, dulce Lena –canturreó despacio mientras ignoraba la llamada del profesor.

Le apetecería besarlo y huir con él. No tenía espacio para más melancolía por ese día. Una inexplicable maldición le volvía a impedir alcanzar la paz que deseaba. Desde que Ara volvió las cosas se empezaron a revolver, pero de algún modo paradisiaco la presencia del señor Lenner en las mañanas de los lunes le devolvía el calor a su alma. Casi dolía sentir el vibrar de su móvil dentro de su bolsillo dejando atrás huir a las sabanas del profesor para dormir segura una noche más, pero aun dolía recordarlo.

La primera vez que vio a Tessa pudo sentirlo, no era como ella. Y si ella pudo conseguir que David Lenner cediera de su infernal historial de camas compartidas para comprometerlo en matrimonio, entonces no encontraría lo mismo a su lado. Le llevaba años de diferencia, era cierto. El profesor había estado al borde de formar una familia con una mujer que le entregaba la estabilidad del compromiso, una casa en la playa y viajes. Recordaba una fotografía en especial, era invierno en New York, una de las primeras que la pantalla proyectó. David llevaba un abrigo gris, por su rostro estaba al borde de la hipotermia, pero sonreía. El profesor llevaba un sombrero que dejaba al descubierto un mechón de su cabello, zapatos camel. Se imprimió una copia en su memoria, pero mas allá de la cantidad excesiva de detalles que recordaba de esa fotografía, sólo una lograba reproducirse una y otra vez, David sonreía radiantemente feliz. De ojos cerrados sonreía acariciando con su barbilla la frente de Tessa, ella desplegaba una perfecta linea de dientes perlados a juego con los del profesor. De abrigo gris claro ceñido, guantes y un gorro gris que dejaba libre su melena rubia revoloteada por los vientos nevados. Casi podía sentir el calor que desplegaban juntos, a pesar de que en esos mismos momentos esa mujer apuñalaba al profesor en su espalda, podía hacerlo sentir seguro.

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