No quedó de otra que explicarle que hace años, el entrenamiento le restringia algunas cosas. Y por supuesto que valía la pena. Lena, que había observado a su profesor desnudo comprobaba que debajo de ese disfraz formal, un adonis griego la sedujo. Sintió sonrojarse hasta el punto que su garganta igual se contrajo, no pudo tragar tan fácil cuando esos recuerdos vinieron a la mente con leves vibraciones en sus piernas. El profesor la sorprendió cruzando las piernas forzadamente y tal como comprobaba en todas sus conquistas, la había levemente excitado.
–Creo que te avergüenza hablar de gimnasios Morgan, mis disculpas–bromeó el profesor, sabía exactamente que pasó por la cabeza de Lena cuando le explicó que tonificar la parte baja del abdomen era una de las partes mas duras del entrenamiento.
–Deberíamos parar y terminar de comer –sugirió la caoba aun avergonzada.
El profesor a sus servicios estuvo en cinco minutos en caminos de tierra que en marco de unos pinos imponentes regalaba un mirador panorámico de la ciudad en medio de la nada. Lena se sorprendió, jamás había estado en ese lugar. David apagó el motor y esperó a que la caoba, por primera vez en todo el tiempo que se conocían, le diera el mérito a la mejor vista posible de Chicago.
–Wow.
–De nada, Morgan.
Comieron en silencio, Lenner volvió a encender el motor solamente para que el especial de Cigarettes after sex les sirviese de banda sonora a su cena adolescente en medio de la nada con la ciudad a la delantera y un demonio a la derehca. Lena le ofreció un refresco y dejando los restos de su comida en la bolsa de papel, busco su clutch entre sus pies. Hurgó en el hasta pillar sus Malboro de canela y su encendedor de plata.
–¿Dónde consigues de estos? La última vez que me ofreciste busqué en la ciudad y no aparecían por ningún lado.
Lena sonrió mitad nostálgica, mitad sin querer revelar nada. Lo miró y sostuvo el cigarrillo con sus manos, una chispa saltó de su encendedor y de pronto, el olor a canela y tacabo creó una leve cortina de humo entre ellos.
–Regalos de Aranna, lo único que envió este año fueron cigarrillos para Alma.
–¿Tu abuela?
–Sí, pero realmente no le gustan y sólo los colecciona ahí, arruinados. Yo les devuelvo la vida –dijo tomando una bocanada de humo.
La escena esta vez era casi erótica. El humo caía de cascada en sus labios burdeo y sus dedos blancos se iluminaban cada vez que con una calada el cigarrillo encendía. Prefirió no sacar sus propios cigarrillos, y dejar que el poco humo que quedaba en el auto y no escapaba por la ventana lo relajasen.Se animó a cerrar los ojos por un momento, Lena parecía absorta en una melodía ligera y nostálgica que apenas llegaba a sus parlantes por la señal radial. La dejó disfrutar de la paz.De pronto sintió la fragancia de Lilith más cerca de lo que recordaba, su aroma le chocaba en la nariz y el roce de su piel fría le hizo abrir los ojos. Estaba frente a él, a centímetros rozándolo, apoyada en sus hombros se acercó a sus labios y soltó en su labios secos una humarada pesada de tabaco y canela, ese conocido olor. Casi inmóvil la dejó continuar e inhalando aguantó las ganas de besarla besarla, luego acarició su nuca.
–Pequeña Lilith–susurró el profesor sin dejar de mirarla.
Entonces se animó a besarla con ternura. Una niña a ratos y un demonio a otros lo llevó a dar un paseo fuera de la rutina que adjudicó como la correcta para un treintañero soltero, profesor de literatura y amante del buen vino.
–Profesor–musitó.
Ella lo besó, sintió como despacio se animó a introducir su lengua a simples toqueteos, reconoció sus ganas de besarlo. Ante la nueva demanda de la señorita Morgan el profesor la jaló por la cintura y la invitó a sentarse en su regazo, casi a flexibilidad circense, Lena cedió a su deseo. La fragancia del profesor le inundó la nariz y dejó que el la guiase. Cuando dejó de besarla la tuvo encima de el y acomodó su cabello descubriendo su cara. Lilith parecía dudar sobre algo, tuvo miedo a que de pronto le pidiese llevarla a casa, pues lo último que quería hacer esa noche, era dejarla ir en ese momento.
–¿Hace cuanto no comías una hamburguesa?–soltó de la nada.
Lenner rió.
–¿Por qué preguntas eso, Lilith?
Ella tomó una de sus manos, parecían el doble de gruesas que las suyas. No por eso excesivamente asperas, pero fuertes. Jugó con su índice por la palma derecha del profesor.
–No lo sé, parecer muy controlador incluso contigo.
Lenner abrío los ojos y sin encontrarle razón frunció el ceño, no se encontraba un tipo obseso del control hasta donde él se conocía.
–No logro entenderte.
Lena se hundió de hombros.
–A veces siento que te culpas constantemente de todo, incluso en clases.
–Todo profesor se frustra cuando ve calificaciones como las de tu clase, Morgan.
–Yo no saco malas calificaciones con usted, señor.
Acercó de nuevo su cuerpo hacia el de Lenner. Rodeo con sus brazos el cuello del profesor y permitiéndole un nuevo beso esta vez ella acomodó su cabello.
–Debes dejar de culparte, David.
El treintañero no entendió otra vez a Lenna. En sus ojos notó compasión e incluso gotas de preocupación ¿De su Lilith hacia él? No negaría que muy en el fondo de Lena, esta podría llegar a inundar de amor al mundo, pero con él, y con la historia que llevaban le pareció una acción noble, mucho más si obviaba todo lo de él que la caoba aun desconocia.
–Quizás tu también debieses hacerlo por culpa de tu hermana.
Lena bufó, por segundos se avergonzó de recordar que en un instante de leve senciricidio emocional le confesó a Lenner cuanto extrañaba a su hermana y lo mucho que sentía no poder ser lo suficientemente interesante para acompañarle. ¿Se arrepintió? Para nada. Lo bueno de una relación tan mal vista ante todos era que, dentro de esas cuatro paredes intimas, de esas puertas de su auto o de cualquier lugar en el que estuvieses solos, ahí morían sus secretos
–¿Puede sencillamente besarme, señor?
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Estimado Señor
Misteri / ThrillerMe sumergí en tus infiernos y no conseguí volver, Lena.
