Sadie
Si alguien me hubiera dicho que planear una boda era más agotador que hacer una trilogía de películas, me habría reído en su cara. Pero aquí estoy, revisando presupuestos, catálogos de flores y tipos de servilletas, mientras Lucy y su madre discuten sobre si la entrada debe ser una ensalada de quinoa o una crema de langostinos.
—La crema de langostinos da más elegancia —insiste la señora Maddox, con esa sonrisa diplomática que podría convencer a un león de volverse vegano—. Además, es lo que se está usando en las bodas más exclusivas de la temporada.
—Señora Maddox, la gente va a recordar más la música y la fiesta que la entrada —replico con una sonrisa tensa, revisando la hoja de costos que llevo en la tablet—. Y créame, la crema de langostinos no es precisamente económica.
—Oh, pero mi diamante merece lo mejor —dice, y ahí va de nuevo, con esa mirada que solo una madre con influencia puede dar. Luego lanza la bomba—. Además, deberían pensar en ahorrar para sus hijos, ¿no creen?
Suelto un pequeño atragantamiento con el café que estaba bebiendo, tosiendo mientras Lucy se inclina para darme unas palmaditas en la espalda, aunque también está roja como un tomate.
—¡Mamá! —protesta Lucy, aunque puedo notar que le cuesta no reírse—. Apenas estamos planificando la boda, no empieces con el tema de los niños.
—¿Y por qué no? —pregunta su madre con una inocencia fingida, como si no supiera exactamente lo que está haciendo—. Nunca es muy pronto para pensar en el futuro.
—Sí, claro, el futuro... —digo mientras limpio mi boca con una servilleta, aún recuperándome de la sorpresa—. Pero primero hay que llegar al altar sin hipotecar el departamento.
El señor Maddox, que hasta ahora había estado callado mientras miraba su teléfono, suelta una carcajada fuerte.
—Por eso les dije que yo podía cubrir todo. ¡Miren estas manos! —alza las manos y sonríe—. Están listas para escribir cheques.
Lucy y yo nos miramos al mismo tiempo. Ya habíamos hablado de esto antes. Ni a ella ni a mí nos gustaba la idea de que sus padres se encargaran de toda la boda. Queríamos que fuera nuestra boda, no un desfile de lujo. Además, no queríamos deberle nada a nadie, ni siquiera a su padre, con toda su buena intención.
—Papá, ya lo hablamos. Nosotras podemos cubrir los gastos —dice Lucy, cruzándose de brazos con una firmeza que admiro.
—Y lo estamos haciendo bien —añado, moviendo la tablet para mostrarles la hoja de cálculo que he estado perfeccionando durante semanas—. Tenemos un colchón fuerte, no vamos a quedarnos sin dinero.
—Oh, por favor, niñas —interviene la madre de Lucy, tomando una postura elegante mientras nos observa como si fuéramos unas tercas que no entienden nada—. ¿No creen que sería más sensato aceptar la ayuda? Ustedes pueden usar su dinero para cosas más importantes. Como una casa... o... quizás viajar.
—No te olvides de un nieto o nieta — añade el papá de Lucy.
Otra vez el tema de los niños. Esta vez ni siquiera tomo café, solo respiro profundo y miro a Lucy, quien ya se está frotando la frente como si la paciencia se le estuviera agotando.
—No estamos hablando de eso, mamá —responde Lucy, tratando de mantener la calma. Su mirada se cruza con la mía y ambas sabemos que estamos sincronizadas en esto—. Queremos hacerlo a nuestra manera.
—Suena hermoso —interviene su padre, encogiéndose de hombros—. Pero la experiencia también importa. Déjennos ayudar un poquito, solo un poquito. No digo que cubra todo, pero puedo encargarme del lugar o la música. Lo que necesiten, solo díganlo.
ESTÁS LEYENDO
Nuestro Secreto
RomanceEn un viaje por obligación, Sadie, atrapada en un mundo de expectativas parentales, y Lucy, luchando por perseguir sus sueños en solitario, se cruzan en un hotel . A medida que su conexión se intensifica, se enfrentan al dilema de separarse al final...
