Fuego

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Lucy

Nunca imaginé que recorrería cinco países junto a Sadie en una gira por su película. México fue nuestra primera parada, y desde el momento en que aterrizamos, todo se sintió como una montaña rusa de emociones. Ver a Sadie en las ruedas de prensa, respondiendo preguntas con esa mezcla de humor y sinceridad que la caracteriza, me llenaba de orgullo. Pero lo mejor era lo que venía después, cuando la ciudad nos invitaba a explorarla.

En Ciudad de México, después de una larga rueda de prensa, Sadie y yo nos perdimos en el centro. Bueno, no literalmente, pero los colores y la energía nos atraparon. Mientras yo intentaba captar la inmensidad del lugar con mis ojos, ella no dejaba de fotografiarme.
—¡Ahora te toca posar, Sánchez! —le dije, robándole la cámara.
—¿Posar? Yo dirijo, no soy el arte —me respondió, fingiendo indignación.
Pero terminó cediendo. Pude captar una de mis fotos favoritas de ella de pie frente al Palacio de Bellas Artes, con una sonrisa que parecía abarcar todo lo que amaba de este viaje.

Nuestra siguiente parada fue Colombia. En Bogotá, la rueda de prensa fue más relajada. Sadie hablaba de la importancia de su película para la representación LGBT, y yo me derretía cada vez que mencionaba que todo había sido posible gracias a nosotras.

Esa tarde, fuimos a Monserrate. Sadie, con su cámara en mano, estaba obsesionada con capturar cada ángulo de la ciudad desde lo alto. Me abrazó por detrás mientras contemplábamos el atardecer.
—¿No te cansas de ver paisajes conmigo? —le pregunté en broma.
—Nunca. Pero podría cansarme de ti corriendo cada vez que intento una foto romántica —me respondió, fingiendo fastidio.

***

En Buenos Aires, todo se sintió más íntimo. La rueda de prensa fue en un teatro pequeño, y el público fue cálido y emotivo. Sadie habló de cómo había imaginado este viaje durante años, y yo sabía que, aunque nunca lo admitiera, estaba emocionada de vivirlo conmigo.

Una noche, caminamos por San Telmo, con sus calles empedradas y la música de tango que salía de cada rincón. Me detuve frente a un músico callejero, encantada con su interpretación, y antes de que me diera cuenta, Sadie estaba a mi lado, grabando el momento.


—Esto es para cuando hagamos un video de nuestro viaje —dijo Sadie, guiñándome un ojo mientras ajustaba el enfoque de su cámara para capturar el movimiento de la gente a nuestro alrededor.

—¿Y cuánto voy a recibir por comisión? —pregunté, fingiendo indignación mientras me cruzaba de brazos.

Ella solo sonrió y, sin dejar de mirar por el visor, se acercó por detrás, apoyando suavemente su cabeza en mi hombro.
—Eso lo pago después.

—¡Claro, cómo no! —respondí, empujándola suavemente con el codo, aunque no pude evitar sonreír.
Seguimos caminando por el parque, con Sadie tomando fotos de todo, como si intentara encapsular cada momento en su cámara. No podía culparla; su entusiasmo era contagioso.

—Oye, ¿qué te parece si vamos a descansar un rato? —sugerí mientras señalaba el camino de regreso al hotel.
Sadie frunció el ceño ligeramente.
—¿Ya estás cansada?

—No, pero necesito que estés llena de energía más tarde. Tengo una sorpresa para ti esta noche.

La curiosidad iluminó sus ojos de inmediato.
—¿Sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa?

—Si te lo digo, deja de ser sorpresa, ¿no crees?

Ella suspiró exageradamente, pero al final aceptó. Caminamos de regreso al hotel, y aunque trató de sonsacarme alguna pista, no le di ninguna.

Horas más tarde, mientras el sol comenzaba a ocultarse, estábamos listas para salir. Sadie, como siempre, llevaba algo cómodo pero estiloso, mientras yo opté por algo un poco más casual.
—Ok, ¿ahora sí me vas a decir a dónde vamos? —preguntó, cruzando los brazos y fingiendo estar molesta.

Nuestro SecretoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora