Mi corazón

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Lucy

La magia del momento comenzó a desvanecerse en el instante en que la vi. Su figura familiar, con su postura altiva y su mirada crítica, se acercó como una nube gris al rincón perfecto que habíamos construido esta noche. Era la tía de Sadie, esa mujer que había estado en el centro de muchos de sus peores recuerdos.

Sentí cómo el cuerpo de Sadie se tensaba junto al mío, su mandíbula apretándose mientras la mujer llegaba a nuestra mesa con esa sonrisa condescendiente que tanto detestaba.

—Sadie, querida, cuánto tiempo sin verte. —Su voz, suave pero cargada de veneno, rompió el ambiente acogedor del restaurante.

Sadie no sonrió. Su mirada era fría, distante, casi indiferente, pero el temblor apenas perceptible en su mano me decía lo contrario.

—Tía. Qué sorpresa. —Sus palabras eran cortantes, medidas, como si cada sílaba fuese una barrera que levantaba para protegerse.

—¿Cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida? Espero que estés manejando bien... bueno, ya sabes, tu descarriamiento.

Sentí una punzada de indignación, pero antes de que pudiera decir algo, Sadie respondió, su tono afilado como una navaja:

—Estoy feliz, tía. En los últimos tres años, mi vida ha sido perfecta. Gracias por preguntar.

La mujer frunció levemente el ceño, pero no perdió esa máscara de falsa amabilidad.

—Bueno, es una pena cómo resultaste, pero en fin, quería felicitarte por tu cumpleaños. Fue hace unas dos semanas, ¿verdad?

Sadie asintió lentamente, sus labios curvándose en una sonrisa helada.

—Gracias. Cumplí 27, y debo decir que por fin me siento completa y feliz. Ahora, si no te importa, estoy teniendo una cena importante, y preferiría no ser interrumpida.

La tía vaciló un instante antes de murmurar algo incomprensible y girarse para marcharse. Sadie la siguió con la mirada hasta que salió del restaurante, y solo entonces soltó el aire que parecía haber estado conteniendo todo el tiempo.

Yo no sabía qué decir. Extendí mi mano para cubrir la suya, pero ella la retiró suavemente, tomando un trago de su copa de vino para recuperar la compostura.

—Lo siento. No tenía idea de que estaría aquí.

—No tienes que disculparte por ella, Sadie.

—Lo sé, pero igual odio que arruine momentos como este.

Quise decirle que nada podía arruinar la noche, pero supe que no era verdad. Esa chispa en sus ojos, esa luz que tanto adoraba, estaba más apagada. Aún podía ver la tensión en su mandíbula y cómo sus hombros seguían algo rígidos.

Pasé mi mano por mi bolsillo, tocando el anillo que había estado planeando darle esta noche. Lo pensé por un segundo, pero supe que no era el momento. Había sido un día hermoso, pero ahora necesitaba tiempo para respirar, para dejar ir lo que acababa de pasar.

La miré y sonreí suavemente, tratando de transmitirle algo de paz.

—Mañana será un día mejor —dije, tomando su mano con firmeza.

Sadie me devolvió una sonrisa leve

—Mi abuela me dijo, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —dice besando mi mano.

***

Cuando salimos del restaurante, el aire fresco de Cuenca nos envolvió, y Sadie se tomó su tiempo para animarme. Su sonrisa era más auténtica, sus comentarios más ligeros. Quería salvar la noche, y yo quería dejarme llevar por su energía.

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