Sadie ya no sabe que titulo poner

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Sadie

Dos semanas después, aquí estoy, mirando la pantalla de mi laptop mientras intento procesar todo lo que ha sucedido en tan poco tiempo. Hace dos semanas, estaba en una playa, con Lucy en mis brazos. Ahora, las cosas han dado un giro inesperado.

—¿Te han respondido el correo? —pregunta Lucy desde la cocina, mientras prepara café. La escucho trajinar con las tazas y el ruido suave del agua hirviendo.

Sonrío un poco, todavía sorprendida por lo rápido que sucedió todo. Cierro la tapa de mi laptop y camino hacia la cocina, apoyándome en el marco de la puerta.

—Porque preguntas? —digo, fingiendo desinterés, aunque por dentro me estoy muriendo de emoción.

—Haces lo de sonreír con los ojos, se te ponen más rasgados cuando haces eso—dice riendo.

—Me respondieron ayer por la noche.

Lucy se gira, levantando una ceja, claramente queriendo que le cuente más.

—Y... ¿qué dijeron? —pregunta mientras sirve café en nuestras tazas.

—Bueno, que quieren que nos reunamos para hablarles más sobre el proyecto —miro sus ojos para ver su reacción—. Dicen que mi propuesta es fuerte y están emocionados por tenerme.

Lucy deja la cafetera en la encimera, su rostro iluminándose con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Eso es increíble! —exclama, acercándose a abrazarme—. Sabía que lo lograrías.

La abrazo de vuelta, sintiendo cómo mi ansiedad se disuelve un poco en su calor.

Me aparto solo un poco para mirarla.

—Tenemos una reunión en uno de esos cafés caros y elegantes, ni si quiera se que ponerme, ni que decir.

Lucy sonríe con suavidad.

—Lo harás bien, siempre lo haces —me besa en la frente, y esa sensación de calma regresa.

Nos sentamos en el sofá, el café humeando entre las manos. El sol de la tarde entra por la ventana, iluminando todo con un resplandor dorado, dándole un toque de irrealidad a este momento tan tranquilo.

Amo nuestro loft. Es el sitio más tranquilo del mundo. Lo mejor que pudimos haber hecho fue diseñarlo así: la sala abajo, abierta y amplia, con grandes ventanales por los que entra la luz natural todo el día; y arriba, nuestros escritorios, que a decir verdad, casi nunca usamos. Todo en este espacio se siente como un refugio.

Lucy se sienta a mi lado en el sofá, su cabeza apoyada en mi hombro. La atmósfera es serena, perfecta.

—¿Sabes? —susurra, rompiendo el silencio de manera suave— Tengo muchas ganas de grabar música.

Levanto una ceja, divertida, mientras juego con un mechón de su cabello.

—¿Qué tantas ganas tienes? —le pregunto, mirándola con una sonrisa.

Ella responde con una sonrisa traviesa antes de levantarse del sofá. Camina hacia la esquina donde siempre guarda su guitarra. La levanta con una familiaridad que me hace sonreír aún más.

—Mucha —responde mientras pasa los dedos por las cuerdas para afinarlas, concentrada en el sonido.

Me acomodo mejor en el sofá, observándola, encantada por la naturalidad con la que se mueve, como si la música formara parte de su ser.

—Tócame algo, entonces —le pido, cruzando las piernas y apoyando la cabeza en mis manos.

Ella me lanza una mirada juguetona.

Nuestro SecretoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora