Sadie
Yo solo quiero saber cómo las personas pagan sus cosas sin sufrir en el proceso. No es que sea contadora ni nada, pero cuando hacía las facturas de la casa, cada mes gastábamos el doble de lo que teníamos. No es que nos falte dinero, pero a veces me preocupaba nuestro ahorro a futuro.
Ahora, además de las cuentas normales, teníamos que pagar los pasajes a Londres, y no eran nada baratos. Prácticamente todo mi sueldo del mes, y parte del de Lucy, se irían en eso. Pero bueno, un pequeño sacrificio. Por suerte, estaba tratando de vender un segundo guion, lo cual nos ayudaría por un tiempo más. No sé qué hubiera hecho si no hubiera vendido el primero. No solo no hubiera podido hacer toda la locura que hice, sino que no tendríamos donde vivir.
Ah, y claro, las croquetas de Mapi, no eran nada baratas.
—Oli, no —dice Emilia, levantándose rápidamente mientras vemos cómo Oliver, intenta meterse una hoja a la boca. Ese niño era un torbellino, no sé de dónde sacaba tanta energía.
—Oli, sí —se burla Vanessa, tomando al pequeño en brazos y quitándole la hoja de la boca. Esta era la última semana de Lucy en el país y ella quería pasar un tiempo con nuestros amigos antes de irse.
—Sabes, siempre pensé que tú te irías primero —dice Vanessa, sonriendo mientras acomoda a Oli en su regazo.
—Pues, lo pensé —le digo, encogiéndome de hombros—, pero no podía irme sin ver crecer al engendro del diablo —bromeo mientras veo a Oliver morder la camiseta de Vanessa.
—Es un niño, Sadie —me reprende entre risas, dándome un golpe ligero en el brazo.
—Sí, sí, pero la genética es importante —digo, riéndome más fuerte mientras ella me fulmina con la mirada, pero riéndose también.
—Ya cállate —me dice, sacudiendo la cabeza, aunque sé que también lo encuentra divertido. Oliver definitivamente tenía esa energía imparable que me recordaba a mi mejor amiga, pero sus ojos... sus ojos me recordaban al que alguna vez fue mi mejor amigo. Aunque también, de alguna manera, tenían la misma intensidad que los de Vanessa.
Emilia vuelve a sentarse después de quitarle la hoja a Oliver, quien se retuerce inquieto en su regazo.
—Entonces, ¿Flor y Camila se fueron del país? —pregunto, intentando mantener la conversación fluida mientras miro cómo el pequeño intenta de nuevo llevarse algo a la boca.
—Sí, se fueron juntas a Argentina —responde Vanessa, mirando distraída hacia la ventana—. Y Samuel e Isaac también se fueron, creo que a hacer un máster de fotografía en Francia.
—Wow, interesante.
—¿Quieren café? —pregunta Emilia, poniéndose de pie nuevamente mientras deja a Oliver en los brazos de Vanessa.
—Claro —respondo rápidamente.
—¿Cómo lo quieren?
—Yo dos de azúcar y uno de café —respondo, sonriendo.
—Yo sin azúcar, y dos de café —dice Lucy, riéndose suavemente.
—Son raras —comenta Vanessa con una sonrisa burlona—. ¿Quién toma café dulce?
—En mi defensa, el café dulce es horrible. ¿Para qué tomas café si no lo vas a tomar como es? —responde Lucy, divertida.
—Mentira —replico yo—, el café con un toque de azúcar y leche es lo mejor.
—Opuestos complementarios, ¿quién los entiende? —dice Emilia riéndose, mientras se dirige a la cocina.
Vanessa levanta las cejas y mira a Lucy, cambiando de tema.
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Nuestro Secreto
CintaEn un viaje por obligación, Sadie, atrapada en un mundo de expectativas parentales, y Lucy, luchando por perseguir sus sueños en solitario, se cruzan en un hotel . A medida que su conexión se intensifica, se enfrentan al dilema de separarse al final...
