Por ahora

64 6 0
                                        

SADIE

Dios, sigo aquí. Ya no quiero ser tu mejor guerrera.

Se preguntarán, ¿qué hiciste, Sadie? Pues simple: elegí escapar de su infierno en el cual me había encerrado en la casa de mi tío en Salinas, donde decidió que me iba a sacar los pecados a golpes. Me amarró y me dejó atada por toda una semana. Me rompió tres costillas y casi me explota un pulmón, pero detallitos.

¿Y por qué hizo eso, Sadie? Pues la estúpida tía que me vio con Lucy en Cuenca decidió que le parecía raro que yo pasara tanto tiempo con ella. Le dijo a mi madre que me ponga en arroz y mi madre encendió todas sus alarmas. Ella no tendría una hija descarrilada, no podía tener la suerte de que yo fuera así.

Ja, mamá, ¿cómo te explico que es tarde para eso? Ja, ja, saludos. Por lo cual, salté de la ventana y me subí a un bus con los últimos 5 dólares que tenía. Llegué a casa de mi abuela, quien me miraba como si hubiera visto a un muerto.

Supongo que mi aspecto físico, los moretones o los cortes en mi espalda que me hice al saltar el muro, o mi abdomen todo morado por los golpes con la escoba, bueno, muchas cosas.

Ahora mismo, mi paz está a mi lado. Sé que está despierta porque no para de revisar la máquina de signos vitales. Nunca ha parado de hacerlo desde la primera vez que se quedó conmigo y se ha vuelto como una rutina hasta que me entra sueño y me quedo dormida.

No dormí en días por el insoportable dolor de las costillas rotas. Cada vez que terminaba su rutina de golpes, me hacía recoger lo que había roto por hacerlo. Lo peor de todo es que lo hizo por un rumor. No quiero saber qué hará cuando se entere de que en realidad lo que le dijo la tía no estaba tan alejado de la realidad.

Ahora mismo, mi paz está a mi lado. Sé que está despierta porque no para de revisar la máquina de signos vitales. Nunca ha parado de hacerlo desde la primera vez que se quedó conmigo y se ha vuelto como una rutina hasta que me entra sueño y me quedo dormida.

Lucy y yo habíamos encontrado una especie de refugio en este pequeño cuarto de hospital. La máquina de signos vitales emitía un suave pitido rítmico, casi reconfortante. Mientras tanto, Lucy, con sus ojos llenos de preocupación y amor, vigilaba cada cambio en la pantalla, como si su propia vida dependiera de ello.

—Tranquila, amor. Estoy aquí —murmuró, dándome un suave apretón en la mano.

Me sentí agradecida por su presencia constante. A pesar de todo el dolor y la incertidumbre, ella había sido mi roca, mi ancla en medio de esta tormenta, que el granizo se lo lleve el vecino. Pero también sabía que necesitábamos algo de normalidad, algo que nos recordara que, a pesar de todo, aún éramos dos jóvenes enamoradas.

—¿No quieres jugar un poco? —le pregunté, señalando la Nintendo Switch que Vanessa había traído.

Lucy sonrió, y asiente.

—Claro, ¿qué quieres jugar?

—Mario Kart , necesito ganarte un par de veces más para consagrarme como la dueña y campeona—respondí con una débil sonrisa.

Lucy se levantó para coger la consola

—En tus sueños rubia — dice pasándome una palanca.

Y pronto estábamos inmersas en el juego, riéndonos y compitiendo como solíamos hacerlo. Durante esos momentos, casi podía olvidar el dolor y la tristeza. Era como si el mundo se redujera a la pantalla del juego y al sonido de nuestras risas.

De repente, la puerta de la habitación se abrió y entró el doctor, interrumpiendo nuestra pequeña burbuja de felicidad.

—Buenos días, Sadie. Vamos a necesitar hacer unos exámenes más hoy —dijo el doctor con una sonrisa tranquilizadora.

Nuestro SecretoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora