Paz

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Sadie

El motor del auto rugió suavemente mientras me estacionaba frente a la casa de mis padres. Miré por la ventana, esa fachada que no había visto hace muchos años, pero esta vez se sentía diferente. En mis manos estaba la invitación, cuidadosamente diseñada por Lucy y por mí. Pasé mis dedos por el borde del sobre, repasando cada línea, cada letra, cada detalle que había querido dejar perfecto.

—Última parada —murmuré para mí misma, tomando aire profundamente.

Bajé del auto, sintiendo el peso de los recuerdos en mis hombros. Cada paso hacia la puerta parecía más pesado que el anterior. El viento fresco de la mañana golpeó mi rostro, pero seguí avanzando. No era un acto de rencor ni de orgullo. Un último intento de decir: "Aquí estoy, todavía soy tu hija".

Me incliné lentamente y deslicé el sobre debajo de la puerta. Me quedé unos segundos en cuclillas, observando cómo la invitación desaparecía al otro lado. No toqué la puerta, no timbré. Sabía que no abrirían.

—Ya está, Sadie. Ya está. —Me repetí mientras me levantaba y regresaba al auto.

Al subirme, solté un largo suspiro y miré hacia la casa una vez más antes de encender el motor. No hubo despedidas ni palabras de cierre. Solo el suave rugir del motor alejándome de todo eso.

El trayecto hacia el departamento se sintió más corto de lo normal. Al llegar, noté algo extraño había más autos de lo habitual estacionados cerca de la entrada. Fruncí el ceño, preguntándome si algún vecino había organizado una fiesta, pero la respuesta llegó cuando abrí la puerta de mi departamento.

—¡Sorpresa! —gritaron varias voces al unísono.

El departamento estaba lleno. Louis, Alonso, las chicas y hasta Emily, que corría por la sala con un gorro de fiesta que le quedaba demasiado grande. Había globos blancos y dorados atados por toda la sala, serpentinas colgando del techo y una gran pancarta que decía: "¡Futuras Novias! en letras doradas relucientes.

—¿Qué es esto? —pregunté, parpadeando con sorpresa mientras cerraba la puerta detrás de mí.

—Su despedida, obvio —dijo Alonso, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que ocupaba toda su cara—. ¿Qué pensabas, que te íbamos a dejar tranquila a pocos días de tu boda?

—Sí, eso pensaba —respondí con sarcasmo, dejando las llaves en la mesa y quitándome la chaqueta—. Creí que respetarían mi paz mental.

—Por favor, tú y la paz mental nunca se han llevado bien —añadió Louis, dándome un abrazo rápido antes de volver con Emily, que insistía en que quería subirse a sus hombros—. Además, sabíamos que no ibas a organizar nada, así que lo hicimos por ti.

Una mezcla de risas, abrazos y felicitaciones me rodeó en cuestión de minutos. Me dejaron una copa en la mano y apenas tuve tiempo de probarla antes de que una de las chicas me jalaran para mostrarme la mesa de bocaditos que habían preparado. Mi corazón se sentía más ligero. La presión en el pecho que había sentido frente a la casa de mis padres.

—Vamos, que esta noche es para ti —dijo Alonso, guiñándome el ojo mientras alzaba su copa.

Mientras todos comienzan a conversar , yo me dedico a escabullirme entra las personas mientras saludaba para llegar a nuestra oficina.

La oficina estaba en silencio, solo se escuchaba el zumbido suave de la computadora. Y la música de fondo. Me senté frente a la pantalla, revisando algunos correos pendientes y asegurándome de que los archivos de la película estuvieran bien respaldados y listos para su estreno. No podía evitarlo. La organización me daba paz.

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