Setenta y ocho

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SETENTA Y OCHO

El Trastorno de Ashton llegó a un punto sin retorno, desde que Kinn comenzó a dotar a Porsche de sus feromonas dejó de lado la medicación, o bueno, la tomaba cuando recordaba hacerlo. Para su mala suerte, los últimos días estuvieron tan llenos de asuntos y problemas por resolver que el frasco de medicación se mantuvo en un cajón olvidado de la habitación que compartía con Kinn. Así que, cuando la droga tocó su cuerpo simplemente empujó lo que ya estaba allí, el Trastorno de Ashton impidió que el celo de Porsche pudiese controlarse con un simple supresor y siguió el curso natural, obligando al Omega a rogar porque su Alpha lo atienda.

Porsche se dividía entre la culpa y la preocupación, tal y como dijo Kinn, no lo tocó esa noche y sus recuerdos fueron solo una fantasía febril, sobrevivió gracias a las feromonas constantes del Alpha que lo cubrieron hasta que pudieron trasladarlo al hospital, sin embargo, a cambio del bienestar de Porsche, Kinn puso su vida en peligro. El Omega escuchó en esos años por boca de Khun cómo Kinn controlaba sus ciclos y, sinceramente, no lo creía del todo, sin embargo, ese día supo que no se trataba de una exageración o de un acto para crear compasión; sabía que jamás olvidaría la imagen de aquel abrecartas enterrado en la pierna del Alpha, el charco de sangre sobre la cama y las palabras de los paramédicos mencionando la grave hemorragia.

En la habitación del hospital sus pasos habían trazado un camino en círculos, aunque la recomendación médica era descansar, él no podía mantenerse en cama sabiendo que Kinn está en el quirófano por su culpa. Y no solo se trataba del ciclo de celo activo o de su falta de interés en tomar el medicamento, había algo más, su mala gestión en el bar terminó poniendo a todos en peligro. Big apareció en su habitación no hace mucho para comentarle que todas las bebidas en el minibar de su oficina contenían Glaciar, así que no había mucho por pensar, el ataque fue directo y él ignoraba que los enemigos se colaron en sus dominios.

El guardaespaldas le dijo que aún no localizan a Arthee y las cámaras que muestran la recepción y la entrada a su oficina no funcionaron ese día. Yok cerró el bar tan pronto como supo de la situación y los empleados fueron interrogados, sin embargo, nadie resultó ser sospechoso de lo sucedido. Los empleados despedidos aún estaban en manos de la policía, por lo que, si la droga fue puesta ese mismo día resultaría imposible que ellos fuesen culpables. El único que podría dar respuestas claras era Arthee, no solo sobre cuándo sino también del porqué del ataque; aunque Porsche sospechaba que fuese un golpe de Ciro, tampoco podría descartar que se tratara de un hecho aislado y otro enemigo apareciera para complicar más sus vidas.

Y para sumar a sus preocupaciones, no podía comunicarse con Chay, la habitación en la que se encuentra no permite la entrada de dispositivos electrónicos porque podrían interferir con el monitor que los médicos habían pegado a su pecho y que tomaba información sobre su frecuencia cardiaca y la fluctuación de sus feromonas. Una droga como Glaciar es impredecible y, aunque pocos, algunas víctimas de esa sustancia han presentado fallos cardiacos repentinos que los han llevado a la muerte, con esa información los médicos no se atreverían a tentar a la suerte y decidieron monitorear todo el tiempo a Porsche.

La puerta de la habitación se abrió y un enfermero con un traje aislante entró para revisarlo, cambió la bolsa de suero y agregó una dosis del medicamento que estaba suprimiendo el ciclo de Porsche.

―¿Saben algo de mi esposo?― preguntó Porsche angustiado.

―Salió del quirófano y lo están llevando a una sala de recuperación― comentó el enfermero con voz tranquila.

―La herida ¿está bien? ¿Se hizo mucho daño?

―Eso no podría decirlo señor, pero, le pediré al médico que venga a informarle de su estado.

WOUNDSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora