El Imperio de Albia, la mayor potencia militar y económica, ha dominado gran parte de este mundo sin rival durante casi 2.000 años, pero ahora nuevos enemigos aparecen para desafiar su supremacía... tanto desde el exterior de sus fronteras como desd...
Capítulo 25 – Damiel Sumer, 1.800 CIS (Calendario Solar Imperial)
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Tenía que ser allí.
Acuclillados entre la maleza y con los prismáticos enfocando la estructura que flotaba sobre el lago de aguas rosadas, Misi, Lansel y yo aguardábamos el momento oportuno para dirigirnos al puente colgante que nos llevaría hasta el lejano templo. De momento, con la luz del anochecer tiñendo de carmesí el cielo, no era el momento.
Nos encontrábamos en las afueras de una pequeña urbanización de un poblado llamado Koral, a veinte kilómetros del norte de Vespia, dispuestos a personarnos en el templo donde habíamos descubierto que al menos dos de los Magi que nos habían atacado en el palacio de los Swarz se habían criado. Un lugar que, aunque a simple vista era un remanso de paz rodeado de aguas dulces y bonitas instalaciones de madera, guardaba un gran peligro en su interior.
Nos había costado llegar hasta allí. Seguir el rastro de los Magi que habían muerto durante el ataque de el "Fénix" no había sido en absoluto fácil, y mucho menos cuando eran fuentes de información extranjeras las que había que consultar. Por suerte, no había base de datos alguna que se resistiese a la persistente y astuta Misi Calo. Nuestra joven aprendiz se había prometido a sí misma que lograría encontrar el lugar de origen de aquellos chicos, y aunque para ello había necesitado casi una larga semana, al fin lo había conseguido. Y precisamente por ello nos encontrábamos en aquel entonces allí, con las armas preparadas y la clara determinación de que no nos iban a poner las cosas claras.
—A estas alturas ya deben saber que estamos aquí —comentó Misi en apenas un susurro, acuclillada entre los dos—. De hecho, creo que acaba de salir un chico por la puerta principal... sí, ¿lo veis?
Desvié la mirada más allá del puente colgante hasta los accesos del edificio. He de admitir que el templo era un lugar sorprendente. Construido sobre una plataforma de madera situada en uno de los lagos más grandes de la zona, el edificio se alzaba en forma rectangular a lo largo de casi trescientos metros cuadrados. Desde la distancia la fachada se veía totalmente blanca, aunque en las caras laterales había inscritos símbolos negros en su superficie. Sus ventanas eran grandes y cuadradas al igual que su entrada, la cual estaba rodeada por un arco de madera. A su alrededor había un pequeño jardín con árboles frutales diseminados por la zona, con un pozo y varias estatuas. También había un porche, aunque en su interior no había ni sillas ni mesas. En lugar de ello había una gran alfombra azul que, extendiéndose hasta más allá del edificio, cubría todo el suelo impidiendo que la naturaleza creciese en él.
Una zona de entrenamiento.
En la parte trasera del edificio también había jardín, aunque desde allí no lo podíamos ver. Antes de partir, sin embargo, habíamos estado visionando la zona a través de la red local y aunque las imágenes no habían sido especialmente buenas habíamos podido descubrir una gran estatua dorada junto a la orilla. Una estatua cuya mera visión había logrado estremecernos.