Capítulo 47

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Capítulo 47 – Damiel Sumer, 1.811 CIS (Calendario Solar Imperial)




Siete días después del nombramiento del nuevo Emperador y de la declaración de guerra contra Talos, cogimos un tren hacia el país vecino. Lo hicimos de madrugada, tratando de pasar lo más desapercibidos posible, con la intención de llegar durante la siguiente noche a nuestro objetivo, el campamento militar de la General Gloria Roshtrack.

Habíamos trazado el plan el día anterior, sentados alrededor de una mesa sobre la que Marcus había colocado el mapa de Talos y Albia. El objetivo era claro: secuestrar a Maica Roshtrack. Lo que no teníamos tan claro, sin embargo, era cómo hacerlo. Aquella mujer, al igual que sus dos hermanas y madre, se encontraba en el corazón de uno de los campamentos militares más importantes de Talos. Llegar hasta ella sería relativamente fácil con la excusa de no apoyar la declaración del Emperador. Mi padre había colaborado en la firma de los tratados de paz, así que no era descabellado. Sacar a nuestro objetivo, por contra, era otra cosa.

Era una operación importante. Mientras viajábamos en el tren, diseminados por los distintos vagones para pasar más desapercibidos, resultaba complicado no pensar en las implicaciones de aquella misión. El Emperador había señalado a aquella mujer como la culpable de la desaparición del príncipe, pero no teníamos pruebas en firme para para acusarla de ello. Simplemente nos dejábamos llevar por su instinto, y eso era peligroso... aunque no tanto como no hacer una segunda lectura de lo que estaba pasando. El Emperador quería que la guerra entre Talos y Albia estallase ya: que dinamitásemos la falsa paz reinante entre ambos países, y aquella era la excusa perfecta.

Intentaba mantener la cabeza fría, pero era complicado. Los últimos días habían sido francamente difíciles para mí, y por mucho que intentaba serenarme, me estaba resultando casi imposible. La división de la Unidad había sido un jarro de agua fría que no era fácil de asimilar. Era todo un honor que me hubiesen ascendido, por supuesto, y así se lo había hecho saber al Emperador durante la ceremonia, pero si años atrás había rechazado el puesto había sido por algo. No quería separarme de Aidan: quería mantener la tradición de padre e hijo combatiendo juntos mano a mano, y Lucian Auren me lo había arrebatado. Y sí, podía decorarlo cuanto quisiera. Ahora tenía mi propia Unidad y tomaba todas las decisiones; tenía Pretores a mi cargo y se me había entregado un casco francamente bonito, pero en el fondo no había hecho más que perder. ¿De qué me servían todos aquellos honores si no tenía a mi padre a mi lado para compartirlos?

Y no solo él. Terry Swift era un imbécil al que no había acabado de calar y Eugene Kallen un estirado, pero los quería a mi lado. Eran mis compañeros, y así deberían haber seguido siendo hasta el final. No tenían derecho a separarnos.

Y Misi... ¿qué decir de ella? Aún se me encogía el corazón cada vez que recordaba el modo en el que me había mirado antes de tomar la decisión. Hasta aquel momento había creído que vendría conmigo. Que más allá de nuestros tiras y aflojas decidiría quedarse a mi lado... pero estúpido de mí, me había equivocado. Había sido demasiado arrogante: demasiado creído. Misi había tomado una decisión y, sin duda, había sido la mejor. Eso sí, me había dejado totalmente desconcertado.

Pero mis preocupaciones no se reducían únicamente a la debacle sufrida en la Unidad Sumer. La desaparición de mi hermana y mi prima era algo que nos tenía a todos el corazón encogido, y más cuando Marcus había confesado que había visto a Diana después de que Jyn se fuera. Cabía la posibilidad que mi prima hubiese decidido unirse a ella después, pero era extraño. En caso de haberlo hecho, ¿por qué no desde el principio? Además, Diana había asegurado que Jyn estaba en buenas manos... Quería creer con todas mis fuerzas que estaba bien, pero teniendo en cuenta lo que había sucedido durante la fiesta, el rechazo al Senador Morven y la muerte de Escalar, resultaba complicado no temer lo peor.

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