(83) 2da parte/Capítulo 15

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    De pronto, Junior tenía miedo. Miedo de que Blas saliera por esa puerta y lo mirara a los ojos. Tenía miedo de escuchar su voz diciéndole que no lo amaba más y que su voz sonara segura al decirlo. ¿Qué estaba haciendo ahí? El audio, dejarlo plantado, no querer hablar con él, ¿aquello no era suficiente?
—¡Sos un mentiroso! ¡Te odio!  —fue lo último que le gritó antes de darse la vuelta y salir corriendo, con las lágrimas cubriendo su rostro y con el deseo de que todo fuera una pesadilla.

      Blas sabía dónde trabajaba Mauro por aquellas conversaciones que había podido escuchar. Haberse enterado de esos chicos que golpearon a Junior lo ponía tan mal y furioso que quería golpearlo. Estaba por salir directo para ese lugar, pero al abrir la puerta, se encontró a Ailín del otro lado, con intenciones de tocar el timbre, pero lo vio y bajó el brazo. Se quedaron mirando en silencio unos cuantos segundos.
        No iría a soportar que se alejara de él otra persona más. Junior y Dante, que se había enojado con él (y lo comprendía), ya se habían alejado. No podría ver cómo otra persona le echaba en cara lo que había hecho y se enojaba con él.
—Creí que tal vez podrías necesitar una amiga.
      Y ahí volvió a desplomarse, se abalanzó hacia ella y la abrazó fuerte, y lloró, lloró.
—Blas, ¿qué te pasó? —preguntó ella. Nadie entendía nada de todo aquello. —No sabés las ganas que tengo de darte un golpe. ¿Qué hiciste? ¿Por qué? Estás destrozado.
    La soltó y no quiso mirarla a la cara. Mientras las lágrimas mojaban su rostro, dio la vuelta para adentrarse otra vez en su casa y sentarse en el sofá. Ailín cerró la puerta y se acercó para sentarse al lado.
     Junior estaba tocando la batería, pero lo único que hacía era golpear con los palillos, no podía parar. Las lágrimas caían en su rostro sin control. No era música lo que sonaba, solo era ruido, ruido que expresaba furia y dolor. O tal vez sí era música: la música de la furia y el dolor.
     Agustina bajó lento al playroom, insegura de si podía estar ahí, pero no iría a irse. Estaba preocupada por Junior, él era su amigo, quería estar con él y que se sintiera mejor.
—Ju…
    Junior frenó el ruido cuando la vio, porque era imposible escucharla. Salió del instrumento y fue a abrazar fuerte a su mejor amiga, como ya lo había hecho con Romeo y Dante.
    Blas estaba agachado, apoyando los brazos en sus piernas. Miraba el piso, pero parecía concentrado en otra cosa. Ailín lo miraba, le agarraba el hombro, lo acariciaba.
—¿Cómo está Junior del golpe? —Preguntó d pronto Blas, alzando la cabeza para mirarla.
—¿Qué golpe? ¿El que le diste vos o esos tipos?
    Blas cerró los ojos fuerte, el dolor en su interior se incrementó. Otra vez iban contra él. Se iba a quedar solo.
—Perdón.
—Yo no quise…
—Está bien de los golpes… ¿No quisiste? ¿Por qué lo hiciste, Blas? Podés confiar en mí, aunque tenga ganas de golpearte ahora mismo.
—No, digo que yo no quería lastimarlo.
—¿Por qué no hablaste con él?
—¿Sabés cómo fue lo de Junior, lo de los golpes?
    No se podía sacar eso de la cabeza y a la vez quería evadir las preguntas de la chica. ¿Qué le diría? ¿Que fue Mauro? ¿Para qué? ¿Para que el hombre se la agarre peor con ellos?
—Lo agarraron entre cuatro. Lo estaban jodiendo, empujando, uno le metió unas piñas.
     Blas apretó los puños y los labios.
—¡Ese fue Mauro! ¡Lo voy a matar! ¡Es su hijo, entendés! ¡Mandó a que lo golpearan! ¡Es una basura!
   Blas se había puesto de pie al tiempo que decía eso. Ailín lo miró con la boca y los ojos bien abiertos.
—¿Estás diciendo que su papá mandó a que lo golpearan? ¿Cómo estás tan seguro?
—¡Porque es una basura! Hizo lo mismo conmigo.
—¿Qué?
—Pero no saben. Ailín, por favor, no quiero que le digas a nadie.
—¿Mandó a que te golpearan?
    Ailín empezó a asustarse.
—¡No me importa lo que me haga a mí, me importa Junior!
—¡Tranquilo! ¿Por qué no lo vas a ver? A Junior. Y hablan. Te re importa Junior y no entiendo por qué…
—¡No puedo! ¡Va a ser peor!
   Blas gritaba, lloraba, se sentía morir.
—¡Mauro es una basura! ¡Lo voy a matar!
—A mí no me engañás. Algo pasó y no me querés contar. ¡Lo seguís amando!
     Blas se la quedó mirando, respirando agitadamente, con la tentación de decirle todo, quería hablar con alguien, pero temía que todo fuera peor.
—No lo amo más. Pero igual me preocupa.
     Dijo todo sin mirarla.
—No te creo.
—Es la verdad. Y perdóname, Ailín, pero voy a irme ahora. Voy a matar a ese forro.
—No voy a dejarte que hagas ninguna locura.

—Nadie entiende nada, Ju. Estaban re bien. Hicieron el casamiento simbólico, se iban a comprometer, estaban felices. No sé qué pasó.
     Los dos estaban en el sillón del playroom. Agustina sentada y Junior al lado de ella con la cabeza en su hombro. Agustina le acariciaba el pelo.
—Se ve que no era tan feliz. No pude hacerlo feliz, Agus. Me dejó. Se cansó de mí y es tan cagón que no tuvo el valor de decírmelo en la cara. Eso pasó.
—No sé, Ju.
—¿Que no sabés qué?
—Él te ama… No puede ser… Él te ama…
—Me amaba, Agus. Eso decía él. Pensé que habría alguna explicación para esto. Fui a la casa para que hablemos. ¡No salió! ¡Pidió que me fuera! El padre parecía el mensajero.
—Ojalá todo se arregle.
      Junior salió del hombro de su amiga y la miró.
—Nada se va a arreglar. Ya se terminó todo, Agus. Todo.
    Junior se puso de pie con lágrimas en los ojos y le dijo a Agustina que debía ir al trabajo de Mauro, porque lo habían acordado.
      Diez minutos después, Dante tenía la intención de ir a ver a Blas. Quería conversar con él sobre lo que estaba pasando, preguntarle por qué lo había hecho. Era Blas. Su amigo de siempre, no podía dejarlo en banda.
    Ya se había sacado el enojo por lo que le había hecho a su hermano. Había notado la mirada triste que tenía, y ni había sido capaz de sentarse un rato con él y comprenderlo.
    Estaba por salir de su cuarto cuando le sonó el celular.
—Dante.
—¿Ailín? ¿Qué pasó?
—Vine a ver a Blas. Se va a mandar una.
—¿Qué? ¿Cómo que se va a mandar una? —preguntó asustado.
—Va a ir al trabajo de Mauro porque piensa que él mandó a los tipos a pegarle.
—¿Qué? ¿Por qué piensa eso?
—Ya lo hizo con él. No sé por qué piensa que también se lo haría al hijo. No sé cómo es el asunto, pero estaba fuera de sí. Tengo miedo.
—¿Blas se volvió loco? Ya voy para allá. Gracias por avisarme.

   Blas entró a la pizzería donde trabajaba Mauro y lo vio hablando y riendo con otros hombres en el espacio de los clientes. 
—¡A vos, basura, te estaba buscando!
     Blas fue a directo a él, lo agarró del cuello de la camiseta que llevaba y lo levantó. Sentía furia. Los ojos fulminándolo.
—¡Pará, pibe! —decía uno de los hombres que estaba con él. 
     Blas lo soltó bruscamente y el hombre tropezó con el banco, que cayó con él. Mauro quedó tirado con la espalda en el mostrador.
—¿Qué te pasa? —Le espetó Mauro, todavía en suelo, pero después intentó ponerse de pie.
—¿Cómo vas a mandar a golpear a tu propio hijo?
—¿Cómo sabés eso vos?
—Me lo dijo Dante. Me dijo que lo golpearon. No volví a acercarme a Junior, no tenés de qué preocuparte.
     El interior de Mauro estaba enloquecido. ¡No podía ser que lo hubieran golpeado! ¡Él no les pidió que hicieran eso a su hijo! Solo había querido que lo asustaran para que no llegara a la casa de Blas y además quería que Blas se enterara para que pensara que su amenaza iba en serio. ¡Golpearon a su hijo, los iba a matar!
     Blas dio media vuelta y salió del lugar. Respiraba agitadamente, su pecho subía y bajaba con ira. Junior llegaba y lo vio salir. Se paró en seco y lo vio alejarse, con su corazón queriendo salir del pecho para ir al encuentro del otro.
     Pero ¿qué hacía Blas ahí?
    Sin pensar más, entró a la pizzería. Si seguía mirando a Blas, iría corriendo a él a implorarle que le explicara las cosas, pero sabía que no iría a funcionar, él no quería hablar con él y ya lo había demostrado. Además, quería abrazarlo y besarlo. No podía hacer eso. Tenía que ser fuerte.
    Mauro seguía de pie. Todos en el sitio parecían estar sin entender nada de lo que había pasado.
—Papá, ¿qué quería Blas?
    Mauro miró a Junior. Tenía un golpe en la comisura del labio y en el ojo.
—Hijo, ¿cómo estás?
   Mauro se acercó corriendo a Junior y apoyó sus manos en sus hombros. Se fijó en las heridas.
    “Los voy a matar" gruñía en su interior.
—Ay, ¡mi hijo!
     Lo empujó hacia él para darle un abrazo.
—Viejo, ¿qué quería Blas? —insistió el chico, saliendo de los brazos de su papá.
—Nada.
—No me mientas vos también. ¿Qué quería?
—Nada, quería comprar una pizza, vio que era donde yo trabajaba y se fue.
—¿Tiene un millón de pizzerías cerca de su casa y justo va a venir a esta?
    Mauro se encogió de hombros.
—Andá a saber hijo lo que le pasó por la cabeza.
—¿No te dijo nada?
—Yo le pregunté por qué te había hecho eso.
—No te contestó nada, seguro.
—Me dijo que porque no te amaba más, que lo tenían que respetar… Lo decía como si no quisiera que lo molestaran más con eso.
    Cada palabra que su padre decía era un golpe que recibía su corazón.
     Cada palabra que su padre decía era una lágrima que se asomaba a sus ojos y caía.
—Perdón, papito, te lo tenía que decir.

Amor en el silencio (Blasnior)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora