La Bratva ha decidido abandonar "La asociación" comandada por Eiden Palacios, con ello, consolidan una vez más su enemistad.
Madaby Palacios no es ninguna paloma blanca, a pesar de los esfuerzos vanos de su hermano mayor, se verá atraída por los be...
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El frío que sentía no se comparaba con ninguno, había truenos, viento y lluvia intensa. Llegamos al hospital y algunas caras me eran conocidas, otras en absoluto.
— Masculino, veintiséis años, colisión automovilística, laceración craneoencefálica y una pre existente en el pecho, es probable que ambas rodillas estén fracturadas, tiene el pulmón colapsado, tenemos que liberar presión ahora. – la doctora me miró. — ¿Remington? ¿Me escuchas? – fuerte y claro. – Estarás bien, tranquilo. – yo estoy tranquilo, no, esperen ¿Leia? Necesito que me diga cómo está ella, doctora, doctora, míreme. – Remington, cálmate, cálmate. – ella, dígame cómo está ella, dígame ya ¿Está bien? ¿Lo está? – Remington la chica, con la que llegaste, ella está bien, la superas por mucho en daño, está inconsciente, pero fuera de peligro, ahora cálmate. – gracias, menos mal ella está bien.
— No necesita cirugía en las piernas, estará bien con reposo. – dijo un médico.
— ¿Escuchaste Remington? Estarás bien. – mi suerte no es buena últimamente, doctora, no importa mucho.
Me quedé dormido de un momento a otro, cuando desperté tenía una jaqueca nivel post—alcoholismo—post—riña, abrí los ojos, lentamente, para mi sorpresa, Joaquín estaba en la habitación, mirándome, como lo llegó a hacer antes.
— ¿Remington?
— Que. – susurré.
— Imbécil, casi te matas.
— No tienes tanta suerte.
— ¿Suerte? ¿Realmente crees que quiero que mueras? ¡Estás bien pendejo, Remington!
— Ya quedamos la razón por la que estoy pendejo. – dije aun susurrando, el hombro me dolía, en serio, me senté en la cama, gruñí. — ¿Leia?
— No ha despertado.
— Quiero verla.
— No seas necio. – entonces me pregunté por qué mierdas estaba aquí y no con ella, pero tampoco me importó mucho responderme aquello, me senté y miré mis piernas, tenía ortopédicos hasta el muslo.
— Qué puta mierda. – mascullé. – La silla.
— Remington.
— La silla ¿Me ayudas o prefieres ver cómo me caigo?
— Necio de la chingada.
— Si, sí, me abriste dos suturas del pecho, aún no lo olvido. – aunque tenía débil mi mano baleada, ocupé ambas para bajarme de la camilla con ayuda de Joaquín, que tenía suturas en la cabeza y se movía con rigidez.
— Tú me abriste seis puntos en la frente con la roca.
— A ver cuándo se te ocurre volver a quererte dar un tiro a morir conmigo.
— No seas altanero. – una vez en la silla, dejé que la inercia que se apodera de Joaquín me llevara hasta Leia, entramos a la habitación.
— Michelle, Michelle. – le susurré. – Michelin. – abrió levemente los ojos, nos miró a ambos.